Amarnos de nuevo

Epílogo

Dos años y pico después.

Son un matrimonio sólido que ha tenido sus altas y sus bajas. Pero, ¿acaso existen los matrimonios perfectos? Claro que no; no tendría sentido. Tiene que haber discusiones para que exista comunicación. Aunque las peleas entre ellos suelen ser algo absurdas y se reconcilian a los treinta minutos, continúan amándose como desde el primer día.

La piel canela de Danielle brilla bajo la luz. Sus rizos enmarcan un rostro que ahora mismo refleja puro resentimiento hacia su esposa. Su prominente barriga de seis meses, donde crecen sus mellizos, no la vuelve sensible ni llorona; al contrario, parece enfadarse a cada segundo.

—Izan, ¿tú me vas a hacer que un día se me salgan los muchachos del pique? —grita la morena—. ¿Vas a seguir negando que te comiste mis galletitas de coco?

Izan se limita a silvar mientras finge examinar la estructura cercana. Ni él mismo sabe qué le pasa. Desde que su amada flor canela queda embarazada, el hambre no le da tregua. Aunque sabe perfectamente que comparte algunos de los síntomas, se niega a admitirlo. No quiere despertar la ira de Danielle y mucho menos arriesgar el picnic.

—No sé de qué galletitas de coco me hablas, mi amor. Preguntémosle a nuestro huracán, quizá ella nos sepa decir.

A Danielle le tiembla un ojo.

—Mira, si vas a hablar habladorías, por lo menos hazlo bien. Límpiate las migajas de la barba.

En automático, él se pasa la mano por la barbilla.

—Mira, si los muchachos me salen vainas, va a ser por tu culpa. Por tu culpa. Tú quieres comerte todo lo que yo hago.

—Mi amor, cálmate.

Izan se acerca, la abraza y le llena una mejilla de besos. Danielle gruñe.

—A mí no me des besitos para endulzarme.

—Tú sabes que te encanta.

La besa en los labios.

—Vamos, mi amor, no estés molesta. Le vas a hacer daño a los chicos.

—Ellos también están enojados.

Su esposa pone una mano sobre el vientre y, como si la escucharan, los mellizos comienzan a moverse.

—¡Oigan, traidores! ¡No se apuren, cuervos! Se supone que soy yo quien los está llevando, aguantando su peso. Me tienen con náuseas, de mal humor, y ustedes se ponen del lado de papá. No se preocupen, que ustedes nacen.

—Ya, mi amor.

Izan la alza en sus brazos y comienza a besarla para disipar su enojo. Su enojona favorita.

Se separan cuando escuchan unos pasos acercándose.

Su princesa Huracán aparece muy campante y sonriente, llevando de la mano a su hermana Darlenys. La pobre niña, de apenas un año, se frota los ojitos mientras sostiene su chupete rosa. Mira hacia todos lados, todavía somnolienta. Su hermana mayor la ha despertado.

—Darla, ¿cuántas veces te he dicho que no molestes a Darlenys?

—Mami, yo no la estoy molestando. Ella estaba durmiendo.

—Ella estaba durmiendo. Eso se llama molestar —refuta su madre.

—Es que la quería arreglar. Mira qué linda quedó.

Y Danielle no puede negarlo.

La pequeña se ve adorable con la ropa que su hermana le ha escogido. Un vestido rosa clarito que casi parecía blanco. A Darla le encanta ser hermana mayor. No deja de consentir a Darlenys, jugar con ella, protegerla, cantarle canciones de cuna y pasearla en el coche, siempre bajo la supervisión de sus padres.

Además, su hermanita parece reflejo de su amada madre: piel canela y rizos heredados de su amada madre.

—Princesa, dame a tu hermanita.

El arquitecto procede a tomar a su amada hija en brazos para ir a ponerle los zapatitos.

—Estén listas, que casi nos vamos —anuncia Izan mientras se retira la habitación de su hija iba dándole besos en las manitos.

—Está bien. Recuerda que cuando salgamos del parque tenemos que ir a ver a Pamela y Ricardo. De paso, pasar por la cafetería. No puedo dejarles todo el trabajo a las chicas.

D & D Coffee no tenía nada que envidiarle a nadie. Era una cafetería próspera, con excelentes ventas y reseñas. Muchas marcas querían asociarse con ellos y vender sus productos allí.

Danielle era meticulosa con cada detalle. Siempre verificaba que todo fuera orgánico. No le gustaba ofrecer productos artificiales a sus clientes, sin importar cuánto dinero le pusieran sobre la mesa.

Darla se acercó a la barriga de su madre para besarla y escuchar a sus hermanos. Los mellizos patearon felices al sentir a su huracán cerca.

—Mira, mamá, están pateando. Están felices de verme.

Danielle acarició la sedosa cabellera de su niña, que cada día estaba más larga.

—Sí, mi amor, porque te aman.

—¿Nos arreglamos juntas? —pregunta haciéndole ojitos.

—Por supuesto que sí, mi amor. Ven, vamos.

Le toma la mano a su retoña y ambas van a cambiarse juntas. Incluso terminan combinadas, usando vestidos rosados con pequeñas florecitas.




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