Amarnos de nuevo

Huracán de categoría 5 + terremoto 9.5= Cataclismo de amor

⚠️ALERTA DESASTRE NATURAL⚠️

Darla Leclerc Reyes a su mayoría de edad es una joya inalcanzable. Mientras crece va perdiendo sus rasgos aniñados. Su espíritu de desastre no muere, al contrario. La categoría en la escala de safil Simpson se ha duplicado. Es imparable. Nadie se mete con ella o los suyos sin salir traumado.

El huracán ahora es categoría 10.5. Delinea sus labios por última vez con su labial color frambuesa que recién se digna a usar. Se manda un beso a través del espejo. Asegura que su vestido crochet esté en su lugar.

Su teléfono suena. En su rostro se cruza una mueca de desagrado. Decide apagarlo. Él no va a arruinar su diversión ni buen humor.

Al salir de su habitación y llegar a la playa, el salistre lame su rostro. La brisa marina como una bandera de proclamación ondea su cabello largo y su flequillo. El aroma salado la hace suspirar de gusto. El atardecer poco a poco va ocultándose para darle paso a la noche.

A lo lejos distingue a sus padres sentados en una banca, con su madre recostada en el hombro de su padre. Perfecto, no necesita más. Mueve su rostro para ver a Darlenys y Darren muy ocupados haciendo castillos de arena. Solo por las mañanas se le unen, hoy busca diversión diurna. No divisa a sus compinches marinos por ningún lado, probablemente están coqueteando con alguna chica de su edad para tener su romance de verano.

El tacto de la arena envía ondas de relajación a su piel ligeramente roja luego de haberse bronceado un poco. Camina como si el mundo se inclinara a su favor. Anda en modo cazadora. Viendo que todo ser masculino es de su completo interés.

Ya se ha alejado lo suficiente de su familia. No la molestarán. Todos saben que sabe cuidarse sola y que cualquiera que intente pasarse de la raya jamás olvidará la marca que ella le dejará por listo.

Romo observa a su alrededor. De vez en cuando, algunos hombres intentan llamarle la atención, pero ella apenas les dedica una mueca antes de seguir caminando. Lo que menos soporta en esta vida son los hombres babosos y ofrecidos.

Está a punto de regresar y caminar hacia el otro lado de la playa para ver qué encuentra, porque quedarse encerrada en la habitación del hotel es lo último que desea hacer.

Sin embargo, entrecierra los ojos cuando una espalda pecosa y tatuada entra en su campo de visión.

—¡Oh là là! Qué bueno que no me fui.

Una sonrisa ladina aparece en sus labios.

—Bueno, creo que ya encontré mi presa.

Aquel cabello rojo le recuerda a un niño que nunca ha vuelto a ver. No sabe si se ha mudado de la ciudad ni qué ha sido de su vida. La última vez que logra encontrarse con Azriel es durante una función de cine al aire libre, donde pasan horas admirando las estrellas hasta recibir juntos el amanecer.

A veces se pregunta qué habrá sido de él. Si sigue conservando aquella sonrisa tranquila. Si aún mira el cielo con la misma fascinación de antes.

Y, por alguna razón, al observar aquella cabellera rojiza mecida por la brisa marina, el recuerdo regresa con una claridad inesperada. Cuando el desconocido voltea, a Darla se le va el aliento por un segundo. Luego sonríe con todavía más entusiasmo.

Es él.

Su terremoto.

Después de tantos años sin verlo, lo reconocería en cualquier lugar.

El pelirrojo, por su parte, la ha observado desde que llega a la playa. Sabe de inmediato quién es. Su huracán.

No pierde el tiempo y se acerca con una sonrisa maliciosa.

—Hola, Darla.

Azriel se cruza de brazos.

—Oh, cuánto tiempo. Pensé que habías desaparecido de la faz de la Tierra —ataca burlona la futura arquitecta.

—¿Desaparecerme y dejarte en paz? No, eso sí que no. Aunque admito que tengo muchas explicaciones que darte.

Luego la señala con el dedo.

—Pero ¿qué haces viéndome de esa forma tan inapropiada? Esa mirada debería ser ilegal, huracán.

—Es mi mirada de inspección.

—¿Inspección?

—Claro. Tengo que comprobar si lo que pienso llevarme vale la pena o no.

Sus ojos descienden sin ningún pudor por el torso del pelirrojo.

—Y por lo que veo, sí. Me sirves bastante.

Azriel suelta una carcajada.

—Parece que los años te han tratado de maravilla.

—Tú tampoco te quedas atrás.

Y es verdad.

Darla sigue teniendo esa energía indomable, esa vibra traviesa e incansable que siempre lo ha atraído de una forma peligrosamente irresistible.

La ha perdido una vez. Ha perdido su rastro. Y no está dispuesto a permitir que vuelva a suceder.

—Ya que me encontraste, vámonos. No tienes nada más que buscar.

—Ah, no. Espérate ahí —Darla levanta una ceja desafiante.

—Que te quede claro que a mí nadie me da órdenes. El que tiene que venir eres tú.




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