El salón de la mansión Ferraioli era un campo de batalla silencioso, saturado con el aroma de la desesperación y el eco de las recriminaciones. La noticia de las cuentas suizas congeladas, un golpe financiero y reputacional sin precedentes, había desatado un infierno mediático que se expandía por toda Buenos Aires. El comportamiento errático de Rodrigo en la fiesta del hotel, con su arrebato de celos y su confrontación pública con Lluvia, no había hecho más que echar leña al fuego de la humillación familiar. Don Daniel, el patriarca, consumido por la vergüenza y una ira impotente, apenas salía de su estudio, sus días transcurriendo entre el coñac y la relectura obsesiva de informes de abogados. Su esposa nueva se refugiaba en un torbellino de compras compulsivas y quejas histéricas, su voz una sirena constante en la mansión. Camilo, el más joven, intentaba inútilmente mantener una apariencia de normalidad, aferrándose a la esperanza de que la tormenta pasara, mientras Juan, silencioso y cada vez más distante, se hundía en el abismo de sus propias y devastadoras verdades.
Pero fue precisamente en medio de este caos generalizado que una chispa inesperada se encendió en la mente perturbada de Rodrigo. La rabia inicial por el beso de Lluvia y Tamara, y la humillación subsiguiente, comenzó a ceder el paso a una fría y calculadora obsesión. Demasiadas coincidencias. Demasiada "mala suerte" en tan poco tiempo. El desplome repentino de la empresa, las filtraciones precisas, el comportamiento gélido y, a la vez, provocador de Lluvia... todo se sentía extrañamente orquestado. Rodrigo, a pesar de su inestabilidad emocional y sus vicios, poseía una aguda mente para los negocios turbios y las intrigas palaciegas. Era un depredador natural, y ahora, algo primario y peligroso había despertado en él.
Incapaz de ignorar las crecientes inconsistencias que lo acosaban, Rodrigo decidió investigar por su cuenta, con una determinación febril. Se encerró en su estudio privado, dejando de lado los reproches de su madre y la desesperación de su padre, ignorando las llamadas de abogados y socios. Empezó a revisar antiguos registros financieros de la empresa, reportes de seguridad olvidados, incluso las viejas agendas de su padre, Don Daniel, buscando algún patrón, alguna conexión. Su obsesión por Lluvia, que antes era un simple juego de celos y una necesidad de control, se transformó en una necesidad imperiosa de desentrañar la verdad detrás de su repentino regreso y de la devastación que los acechaba.
Recordó la aparición repentina de Lluvia en Buenos Aires, su entrada triunfal en el mundo empresarial, su aparente conexión con la nueva y poderosa Empresa García y el enigmático Emiliano. La frialdad inquietante en sus ojos, el cambio radical en su apariencia y en su forma de ser... Era como si una persona completamente diferente hubiera regresado, usando el mismo rostro. Conectó los puntos, uno por uno. El accidente de Camille, la supuesta muerte, el ascenso meteórico de García, las filtraciones de información sensible, el beso en la fiesta que lo había humillado... La secuencia de eventos se desplegaba ante él como un macabro rompecabezas, piezas que encajaban con una precisión aterradora.
Rodrigo recuperó de una caja empolvada los viejos expedientes del "accidente" de Camille, releyó con una atención obsesiva los informes policiales de la época, los artículos de prensa que daban cuenta de su fallecimiento. Había algo que no encajaba. Una contradicción sutil. Un detalle menor que antes había pasado por alto, que su mente nublada por el dolor y la culpa había ignorado. La investigación lo acercaba peligrosamente a la verdad. La posibilidad de que Lluvia fuera Camille, y que todo este calvario fuera una venganza orquestada con una meticulosidad implacable, comenzó a tomar forma en su mente, como una sombra que crecía. Era una teoría descabellada, digna de una película de suspenso, pero encajaba perfectamente con el nivel de devastación que estaban experimentando los Ferraioli. La intuición de un depredador no suele fallar.
Su investigación, cada pista que desenterraba, cada conexión que hacía, no solo ponía en riesgo el plan meticuloso de Lluvia y Emiliano, sino también su propia vida. Rodrigo estaba jugando con fuego, y el cerebro detrás de esta compleja venganza, un enemigo invisible y despiadado, no perdonaría a quien se interpusiera en su camino, o quien amenazara con desvelar sus secretos. Su mente, aunque dañada y teñida de locura, era ahora un arma peligrosa, y el verdadero peligro no era solo lo que descubriría, sino lo que, en su desesperación, haría con esa información. La presa había comenzado a cazar al cazador.
Mientras el peligro se cernía sobre Rodrigo, Lluvia seguía librando su propia batalla interna. El encuentro inesperado con Micaela la había dejado temblando, reabriendo heridas que creía cicatrizadas, una punzada de la antigua Camille que la asaltaba en los momentos más inoportunos. La necesidad de mantener su identidad secreta, de negar su pasado, se había vuelto una carga insoportable, sumada a la fatiga crónica y los insomnios que la carcomían sin piedad. Se sentía atrapada en la red de engaños que ella misma había ayudado a tejer, una prisionera de su propia venganza. La imagen de Micaela, tan parecida y tan diferente a la vez, se repetía en sus pensamientos, añadiendo una capa de ansiedad a su ya frágil estado mental. Cada minuto era una lucha por mantener la concentración en el plan, por no permitir que el pasado la arrastrara.
En su departamento, Juan seguía absorto en su investigación, el caos de su descubrimiento inicial aún resonando en su mente. Las revelaciones de que Lluvia era Camille y la conexión de Emiliano con fraudes pasados lo habían dejado en un estado de shock y profunda reflexión. La desconfianza hacia su propia familia, que había crecido con las noticias de la cuenta suiza, se mezclaba ahora con una nueva e inquietante incertidumbre sobre Lluvia y sus verdaderas intenciones. No había dicho nada a nadie, ni una palabra a Rodrigo o a Camilo, ni a sus padres, a pesar de la situación insostenible en la mansión Ferraioli. Sentía que había una verdad más profunda, más siniestra, que aún se le escapaba, una que ligaba a Emiliano, a Lluvia, y a los Ferraioli de una forma que trascendía la simple venganza. Su silencio era una mezcla de cautela extrema y la búsqueda obsesiva de la verdad completa, una necesidad de entender cada matiz antes de hacer un movimiento que podría cambiarlo todo.