I
El abogado Samuel Scott llegó a la habitación, con el teléfono en mano vibrando sin parar y el ceño fruncido. Su tensión, era notable y comenzaba a inquietar a Raphael y a Abigail igual.
—Doctora Brown—saludó, visiblemente alterado—. Tenemos un problema.
Abigail se quitó los guantes.
—¿Qué pasó?
—El clan Richilieu ya sabe que Raphael sobrevivió.— El cuerpo del sicario se tensó, incluso antes de que Samuel terminara la frase.— Alguien filtró el estado de los dos sospechosos al entorno narco. Si saben que Raphael vive, saben también que puede testificar y hundir al resto de los sicarios, como también a los jefes narcos.
—¿Es decir que el está en riesgo?
—Lo están buscando. Y no por justicia, doctora. Por venganza.
Hubo un silencio denso en la sala. Raphael apretó los puños.
—No me van a encontrar —gruñó.
—Raphael… —Samuel lo miró con impotencia—. Te quieren muerto. A ti y a quien esté cerca.
Abigail parpadeó antes esa sutil advertencia. Fue apenas un movimiento.
Pero Samuel lo notó.
—Doctora Brown. Cuídese.
Raphael levantó la cabeza con brusquedad.
—A ella no la van a tocar.
Abigail lo miró con sorpresa. Ese tono mostraba un instinto que era propio de alguien que ya la había puesto en su círculo íntimo sin pedir permiso.
—No se preocupe —respondió ella, intentando mantener su calma profesional—. Estoy acostumbrada a tratar con casos peligrosos.
Samuel negó con la cabeza.
—No de este tipo, doctora. Los Richilieu son otra clase de peligro.
Abigail tragó saliva, pero no retrocedió, ella no era alguien que se daba por vencida jamás. Había prometido ayudar a Raphael y estaba dispuesta a cumplir con esa promesa.
—Igual voy a terminar mi trabajo —dijo con firmeza—. Y voy a reconstruir su rostro. Cueste lo que cueste.
Raphael la miró, y sus ojos brillaron con algo que Abigail no había visto en ellos hasta ese momento: Devoción, pánico y algo parecido al amor.
Esa noche, mientras Abigail preparaba la última tanda de curaciones, Raphael rompió el silencio.
—Doctora Brown… si algo me pasa… —dijo él con voz baja y algo áspera—. Quiero que sepa que… estoy agradecido por lo que ha hecho por mi
Abigail dejó los instrumentos.
Se acercó y lo miró directo a los ojos.
—Nada va a pasar. No voy a dejar que te pase nada —respondió con un tono que ella misma no reconoció, y cuando su mano rozó la suya por accidente, ninguno de los dos se alejó.
La tormenta que se avecinaba no era propia del clima. Era la que se forma cuando dos destinos que no deberían encontrarse… ya no pueden separarse.
Y en algún lugar de la ciudad, una mujer sonreía mientras preparaba su venganza.
El Hospital Mount Sinai había reforzado la seguridad luego de la alerta del clan Richilieu. Hasta el FBI se había involucrado en el caso, con la idea de que Raphael entregará información de la red de narco a cambio de libertad condicional si iba a juicio. Era una cuestión que todavía estaba pensando, pues la idea de Raphael era desaparecer del mapa cuando el juicio terminara.
Esa mañana, la reconstrucción había avanzado más de lo previsto. La piel injertada comenzaba a adaptarse y la hinchazón disminuía lo suficiente como para insinuar el perfil de un hombre, aunque aún había mucho por hacer era un gran avance en tan poco tiempo.
Pero lo que más inquietaba a Abigail no era su rostro. Era la forma en que Raphael empezaba a mirarla.
Como si ella fuera lo único que lo mantenía anclado a la vida.
Ella intentaba ignorarlo.
Por ética profesional y por su propia seguridad pero cada vez le costaba más, el hacerlo. Porque ella misma, comenzaba a sentir algo que no tenía nada que ver con una relación profesional entre paciente y médico.
—Hoy necesitamos revisar los injertos de la mejilla izquierda — anunció mientras preparaba los instrumentos.
Raphael asintio. Había dormido poco, atormentado por la idea de que el clan Richilieu pudiera lastimar a la única persona que no le había dado la espalda.
—¿Te duele?— preguntó Abigail, al ver la tensión en los hombros vendados.
—He sentido cosas peores — respondió Raphael— Esto es solo fuego. El verdadero dolor... es otra cosa.
Abigail no levantó la vista, pero su garganta se tensó.
—¿Y cual sería el verdadero dolor?
Él dudó. Pero cuando habló, lo hizo con una honestidad tan brutal que la dejó inmóvil.
—Vivir sabiendo que no merecés que nadie te toque con la intención de curarte.
Abigail detuvo su trabajo.
Por un segundo, olvidó como respirar. Sus ojos se encontraron. Y ahí, entre el olor a desinfectante y la luz blanca de la lámpara quirúrgica, comenzaba a surgir algo que ninguno se atrevía nombrar con palabras.
—Raphael... — comenzó ella.