La madrugada caía sobre la ciudad cuando Abigail Brown inició el protocolo quirúrgico preliminar.
El silencio en la sala era absoluto, apenas interrumpido por el sonido rítmico del monitor cardíaco que registraba los latidos irregulares pero constantes de Raphael Decker. Indicaba dolor. La morfina había sido retirada por órdenes del comité médico.
Los directivos del hospital se negaban a utilizar recursos en un posible asesino en serie, aun cuando la atención del sospechoso había sido ordenada por el fiscal del distrito.
Abigail había protestado con firmeza. No importaba lo que el hombre hubiera hecho: era humano y debía ser tratado en igualdad de condiciones. Pero no todos los médicos ni las enfermeras compartían su postura.
Aun así, Raphael Decker, pese a las quemaduras y al dolor insoportable... se negaba a morir.
Abigail revisó una última vez las radiografías, los análisis de sangre y los primeros injertos realizados por el equipo de emergencia. Necesitaba un panorama claro antes de decidir por dónde comenzar la reconstrucción.
—Las quemaduras no son tan profundas como parecían —murmuró, más para sí que para los dos residentes que la acompañaban—. Necesitaremos injertos temporales hasta que cicatrice lo suficiente para la cirugía reconstructiva.
Uno de los residentes asintió.
—¿Cree que sobrevivirá para llegar a la intervención mayor, doctora Brown?
Ella observó al paciente con atención. Aquel rostro devastado, y con respiración asistida.
—Sí —respondió con firmeza—. Va a sobrevivir.
Como si la hubiera escuchado, Raphael movió ligeramente la cabeza. Un sonido ronco escapó de su garganta. Abigail se acercó.
—Tranquilo —susurró—. No debe preocuparse. Está bajo cuidado médico.
Los residentes intercambiaron una mirada que ella no notó. El monitor mostraba un patrón curioso: los latidos del paciente solo se estabilizaban cuando era ella quien hablaba. Las enfermeras lo habían asistido antes. Otros médicos tambien habían pasado a revisarlo. Pero su cuerpo solo parecía relajarse con la voz de Abigail.
—Doctora, ¿puedo preguntarle algo?
Abigail observó cómo el residente se frotaba las manos, un gesto evidente de nerviosismo. Le dedicó una sonrisa leve para tranquilizarlo.
—Adelante.
—Si el testigo confirma que este hombre causó la explosión... ¿dónde quedamos nosotros? Seríamos los médicos que le devolvieron el rostro a un criminal.
Abigail guardó silencio unos segundos. Era una pregunta válida.
—Nosotros hacemos nuestro trabajo —respondió finalmente—. Somos médicos. Él es nuestro paciente. Lo que ocurra fuera del hospital no nos incumbe.
—Aun así... es difícil ignorarlo.
Ella miró nuevamente al hombre en la camilla.
Sí. Era difícil.
Porque aquel hombre era peligroso. Y el peligro siempre traía consecuencias.
A media mañana, mientras se preparaban para retirar los vendajes y evaluar el daño con mayor detalle, la puerta se abrió.
Un hombre de traje oscuro y porte elegante ingresó con paso decidido. Cabello castaño, ojos grises y expresión calculada.
—¿Doctora Brown? —preguntó con cortesía—. Soy Samuel Scott, abogado del paciente.
Abigail lo observó apenas.
—Scott. Bienvenido.
—Confío plenamente en que Raphael es inocente de la explosión. Puede haber aceptado trabajos... poco convencionales. Pero jamás pondría en riesgo civiles. Tiene un código.
Abigail levantó la vista con frialdad.
—Entonces es cierto. Es un sicario.
Samuel tensó ligeramente la mandíbula.
—Prefiere el término "contratista autónomo en situaciones de alto riesgo".
—Yo prefiero llamarlo por su nombre —respondió ella con serenidad—. Asesino a sueldo.
El abogado exhaló con resignación.
—No niego su profesión. Solo digo que no es un psicópata y no detonó esa granada. El testigo afirma que fue el otro hombre. Pero con ambos rostros irreconocibles... no pueden saber cuál fue.
Abigail volvió a concentrarse en su tarea.
—Mi responsabilidad es médica. Yo reconstruyo rostros. No investigo vidas.
—Lo sé —replicó Samuel, suavizando el tono—. Solo necesito que Raphael llegue al juicio respirando. Y, si es posible, con un rostro identificable.
Sin responder, Abigail comenzó a retirar cuidadosamente los vendajes. La piel quemada quedó expuesta: rojiza, inflamada y frágil. Limpió las heridas con delicadeza antes de cubrirlas nuevamente con vendas nuevas.
Samuel observó en silencio unos instantes.
—No imaginé que alguien pudiera tratar a un sicario con tanta humanidad.
Ella no reaccionó al comentario. Por un momento incluso olvidó que el abogado estaba allí. Solo veía tejido dañado, dolor y un cuerpo intentando sobrevivir.
Editado: 04.09.2026