Amor de padre

Salvando ángeles: Capítulo VI

Cuando llegamos con don Gilmer y el Práxedes a la Hacienda Ticona, mi tío y familia se preparaban para salir hacia el cementerio. Con dos horas de retraso, pero acompañados por mí, mi bonita y mi bebita, ahora vamos a rendir homenaje a mi hermana, a María Constanza.

Cuando salimos de la casona, todos los empleados que pudieron llegar tras recibir el aviso de que el hijo perdido de Avelino Ticona Amasifuen había regresado me esperaban. Ni bien la veo, reconozco a la cocinera y a su esposo borrachín. Ella llora cuando la llamo por su nombre y le pregunto si alguna vez llegó a romperle la cabeza a su marido con la sartén de hierro. Clarita —así se llama la cocinera— me abraza fuerte. Pude recordar su rostro de hace treinta y tres años entre las arrugas y canas que ahora posee, pero olvidé que esa mujer era muy fuerte, y claro, para levantar las sartenes de hierro fundido como si fueran plumas debía de tener brazos poderosos que aún pueden dan abrazos tan llenos de cariño como el que me está dando.

—Doña Clarita, a mí me sirven mis costillas, no me vaya a romper alguna —digo bromeando. La cocinera me suelta, se seca las lágrimas con el mandil que viste y se dispone a responder mi pregunta.

—No he necesitado romperle la cabeza al Leandro con la sartén porque después de lo que sucedió esa noche que desapareciste, niño Avelino, mi esposo dejó de beber. Él y otros hombres se dedicaron a buscarte, día y noche, por años —A Clarita se le quiebra la voz; no sé si es porque las emociones actuales, o las pasadas, no la dejan hablar.

—¡Niño Avelino, volviste! —escucho a Leandro, el borrachín—. Dios es bueno. Te buscamos por tanto tiempo. Yo pensaba lo peor, por eso siempre iba al río o bajaba al abismo porque, si habías muerto, yo te encontraría y te llevaría a que descanses con los tuyos. ¡Me alegra que estés vivo!

—Gracias, don Leandro —Y lo abrazo porque las lágrimas de un hombre a su edad, ya rozando los setenta, son muy sinceras—. Solo espero que la alegría de saber que vivo no haga que vuelva a beber como lo hacía cuando era niño.

La broma hace que todos rían, menos doña Clarita. Ante la cara que pone la cocinera, me suelto a carcajadas. Leandro mueve asustado la cabeza después de ver la cara de culo que ha puesto su mujer. Si tenía miedo a las amenazas que ella lanzaba cuando eran jóvenes, ahora, que ya están viejos, esa cara de doña Clarita le debe producir terror.

—Ya no tomo, niño Avelino, ¡lo juro!

“Niño Avelino”, así me llamaban todos los empleados de la hacienda. Ellos, según como me aparecía por los rincones de estas tierras, me cuidaban y se preocupaban de que llegue completo a la casona. Más de una vez alguno de ellos evitó que el gallo me picoteara, algún perro me mordiera o una mula me pateara. Y no es que los animales fueran malos, sino que yo era bien ladilla con ellos, me gustaba jugar mucho y no aceptaba que se cansaran, de ahí que más de una vez buscaron con picotazos, mordidas y patadas que me aleje. Yo jugaba con sus hijos; comía acompañados por ellos, y más de una vez compartí cama con sus pequeños, siempre como iguales. Ahora me doy cuenta que ellos también eran mi familia, una que perdí cuando me fui y que estoy recuperando con mi regreso.

Como el tiempo pasa, las panzas empiezan a gruñir por el hambre, pero no es posible comer si antes no vamos a visitar la última morada de María Constanza, dejamos para después el poder saludar y conversar con todos los empleados, que son muchos. Mi tío indica que hoy, aunque recordamos con tristeza y amor a quien se fue para no volver más, debemos celebrar mi regreso, así que le pide a Clarita y a Leandro que utilicen toda la carne, verduras y frutas que hay en la casona para hacer un gran almuerzo que congregue a todos los que trabajan y viven en la hacienda.

De uno de los empleados que se encarga de la fabricación del guarapo sale la idea de que todos traigan la comida que ya han preparado en sus casas para que compartamos juntos. A mí me parece lo mejor que se puede hacer, en vez de recargar de chamba a doña Clarita y su equipo, ya que imagino que ahora ella es una especie de jefa de cocineras. A mi tía le parece bien la idea, pero añade que hay tiempo para encender brasas y asar carne, toda la que haya disponible en el congelador de la casona, para complementar lo que cada familia traerá.

Mientras los miembros de la familia nos subimos a las camionetas y caballos para partir hacia el cementerio, los empleados corren por aquí y por allá para preparar la gran mesa donde todos almorzaremos juntos a nuestro regreso. Mi tío me ofrece ir montando a caballo, para que lo acompañe durante el viaje.

—Habré pasado la mayor parte de mi vida en España, viviendo en ciudades modernas, pero mis raíces están aquí, y cada vez que estoy en esta tierra, me movilizo a caballo, pero nadie de mi familia me acompaña.

—¿No les enseñó a mis primos a montar a caballo? —pregunto curioso.

—¡Sí, ellos saben montar!, pero no guardan el sentimiento que yo tengo cuando me subo a un caballo. Para ellos es incómodo, prefieren ir en camioneta. Para mí es sentir la libertad cuando el viento golpea mi rostro —Hay demasiada añoranza en las palabras de mi tío. Debe extrañar a mis abuelos y a mi padre como yo los extraño.

—Hace mucho que no cabalgo, desde que me fui. En Lima no he tenido oportunidad de hacerlo —digo, y noto en la mirada de mi tío un poco de tristeza—. Sin embargo, puedo hacer el intento, a ver si yo también siento la libertad que tú vives cuando montas una bestia.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.