Amor de padre

Salvando ángeles: Capítulo VII

Antes del almuerzo, la tía Pilar y el resto de mis primos se enteran del verdadero origen de mi bebita. Esto lo sé porque al salir del cuarto con la Rosalía y Rosaura pequeñita nos encontramos con los yernos, nueras y nietos de mi tío en la sala. Ellos esperaban que los reunidos salgan del estudio para pasar al comedor.

Durante el festejo de ayer y el desayuno de hoy, con quienes he conversado y encontrado parecida forma de pensar son el Abelardo, el Santino y el Jordi, el esposo de mi prima Amanda. Aunque de cada diez palabras solo le entiendo dos, se ve que el Jordi es buena gente. Él es diez años mayor que mi prima, o sea, está en sus cuarenta y ocho. Me contó que, al principio de su relación, a mis tíos no les gustó mucho que digamos que él, un hombre varios años mayor que su hija, la enamorara, pero la Amanda ya era bien grandecita cuando empezó a salir con el Jordi.

Mi prima tenía veintiocho años cuando conoció a un soltero Jordi de treinta y ocho. Mis tíos, y hasta mis primos, sospechaban que el Jordi no era tan buena persona como se pintaba ante la Amanda porque es raro que un hombre llegue soltero a esa edad. Llegaron a pensar que quizás no era bueno como pareja, por eso no consolidó ninguna relación con el matrimonio, o que era del otro bando, que intentaba tapar sus preferencias con que lo vean paseando por aquí y por allá con una guapa y triunfadora mujer, como lo es mi prima, ya que la Amanda es una respetable odontóloga.

Bien mal pensados resultaron mis tíos y primos. Yo tengo cuarenta y no me he casado, ¿eso me hace un mal partido o un cabro asolapado? ¡No jodan! Hay miles de millones de motivos para que un hombre llegue a los cuarenta sin matrimonio ni hijos. En el caso del Jordi fue que la mujer con la cual se había comprometido y amó muchísimo murió tres meses antes de la boda. Cuando el Jordi tenía treinta años se iba a casar, pero un accidente de carretera le arrebató al amor de su vida. Sanar esa tristeza debió tomarle tiempo, y recién se animó a retomar la vida amorosa cuando conoció a la Amanda, ocho años después.

Si al Jordi no le entiendo mucho lo que habla es porque él, cuando está en familia y entre amigos, mezcla el catalán con el español, y yo que no sé nada de catalán y me falta mucho por aprender sobre el buen español, termino más confundido que huevo en ceviche.

—Disculpa, Avelino, es que se me olvida que no hablas catalán. Como te pareces mucho a mi suegro y cuñado, se me pasa que recién nos conocemos y que no has crecido en España —me dice el Jordi con esa sonrisota que tiene y a la Amanda le encanta.

Con el Ramón no pude hablar mucho. No se le ve mala persona, pero hay algo en él que no sé qué es, ¿tristeza, vergüenza, miedo? Lo que sea, no le permite que se muestre como él es, de ahí que los demás, que no saben leer a la gente, puedan pensar que es creído, alucinado mal, como dice el Charlie, pero no creo que por ahí vaya la cosa.

Luego, de las mujeres, la Amanda es la prima que al toque se me acercó y hasta me enseñó a comer cosas diferentes, como la alcachofa. Con la Begonia no he hablado mucho, pero mi bonita sí. La Bego —como le dicen a mi prima— estaba encantada con mi Rosaura pequeñita, de ahí que paraba detrás de la Rosalía para pasar tiempo con mi bebita. La Fátima y la Almudena, las esposas del Abelardo y el Santino, se ven buenas, querendonas con sus esposos e hijos, y mujeres reservadas, serviciales, muy parecidas a la tía Pilar. Dicen que los hijos varones buscan mujeres parecidas a la madre para casarse, y creo que en esta familia se cumplió esa regla.

Los niños festejan ver a Rosaura pequeñita, quien quiere levantar la cabeza para ver a sus primitos mientras yo la tengo en brazos. Como todos quieren acercarse a mi bebita, me pongo en cuclillas para que los niños vean los ojazos de mi hija y suelten el «¡oooh, qué bonita!» que siempre dicen por lo bella que es mi pequeñita. Todo era risas y estábamos pasando un buen momento, pero nos callamos de golpe y nos pusimos en alerta cuando se escucha que la Begonia grita molesta.

—¡No, papá, Ramón no tiene por qué firmar ese acuerdo! —Se escucha clarito que la Begonia dice con reclamo.

—No hagas esto, Begonia. En vez de proteger a tu marido lo estás excluyendo de la familia —Es la Amanda aconsejando a su hermana menor.

—¡¿Firmar un contrato sobre una verdad que solo le importa al recién llegado sobrino perdido?! —Ah, es por ello que discuten.

—Avelino no nos conoce. Debemos demostrar que puede confiar en nosotros, por eso lo del acuerdo —La voz del Abelardo ser escucha firme y tajante, sin ganas de querer negocias con su hermana.

—¡Nosotros tampoco lo conocemos a él! —La Begonia eleva la voz, y todos en la sala escuchamos—. Es más, ¿por qué están tan seguros de que ese hombre es quien dice ser? Deberían hacerle una prueba genética para saber si en verdad es el hijo del tío Avelino.

—Begonia, por favor, hija, cálmate, que no es para tanto lo que tu padre y hermano piden para la tranquilidad de Avelino —La tía Pilar trata de razonar con su hija.

—¡Pero por qué tienen que incomodar a mi marido con la firma de un contrato! —Otra vez la Begonia reclama.

—Dime lo que estás ocultando —La voz del tío Abelardo se escucha tranquila, pero con el peso de la autoridad que le da el ser el patriarca de esta familia.

—Yo no oculto nada, papá —dice la Begonia, pero en su voz se nota que está nerviosa.

—Algo pasa en tu matrimonio, algo que no nos has dicho y pretendes ocultar —La voz de mi tío va subiendo de tono, y eso es preocupante—. Dinos lo que no quieres que sepamos. ¡Ahora!




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