Cuando dejé mi hogar, uno que había sido destruido, el deseo de sobrevivir a mis siete años para regresar a vengar a mi hermana hizo que yo no llore durante todo el camino hacia Lima, el cual recorrí escondido entre cajones de fruta. Ni el frío ni el hambre o el cansancio hicieron que yo desistiera de mi deseo de mantener mi vida a salvo. Era solo un niño, uno que no había pasado por necesidades, pero ahí estuvo el ángel que envió Dios para cuidarme y poner en mi camino a quienes quisieron ayudarme porque se vieron reflejados en mí.
Hoy, treinta y tres años después, con cuarenta años, hecho un hombre, el cambio que llega a mi vida me asusta y me duele. Hoy, que se supone que soy fuerte y puedo con todo, lloro. Sé que no me estoy equivocando en dejar la vida hecha en Lima para aceptar la herencia que me corresponde, pero hay algo que aprieta aquí, en medio del pecho, y no me permite gozar como quisiera de este momento.
La llamada que hice a doña Perla me demostró que en esta oportunidad no dejaré el que reconozco como mi hogar para salvar mi vida. Barrios Altos, el Mercado de Frutas Nicolás Ayllón, el Centro Histórico de Lima, todas esas calles que recorrí amparado por el Pelos Parados, los Petisos, don Ernesto y doña Perla serán un bonito recuerdo cuando regrese a la Hacienda Ticona como el dueño. Pero a la vez, ese recuerdo dolerá porque los extrañaré demasiado.
Cuando don Ernesto murió, lloré por un mes completo. Creo que a mí me dolió más que a sus propios hijos la muerte de ese gran hombre que no dudó en darme la mano cuando necesitaba apoyo en el inicio de mi vida como joven adulto. Y no es que ellos no quisieran a su padre, me consta que lo amaban, pero yo, que no pude crecer al lado del mío; que se me negó seguir escuchando las historias de mi abuelo, que pudieron convertirse en consejos; que perdí las caricias de mi abuela, que con el tiempo se convertirían en consuelo, la muerte de don Ernesto fue volver a perder a alguien que yo quería, admiraba y era para mí el ejemplo de hombre al que debía aspirar.
Por don Ernesto lloré lo que no pude por mi padre y abuelos. A los cinco años no entendí con certeza lo que significaba no volver a ver a quienes hacían de mi mundo un lugar feliz. Ya de adulto, cuando el don falleció, era consciente de lo que perdía. Quizás me dolió más también porque el don se murió de un día para otro. Un paro cardiaco fulminante fue lo que acabó con su vida. Quién se iba a imaginar que un hombre tan bueno y humano tenía el corazón enfermo. Ironías de este mundo cruel.
Y ahora, que estoy terminando de secar las lágrimas que la llamada con doña Perla causó, analizo la situación y, por primera vez, siento que la vida me sobrepasa. Si bien es cierto que dolió mucho despedirme de don Ernesto, lo pude superar sin darme cuenta porque el trabajo en el puesto me absorbía por completo al querer reemplazarlo en todo lo posible con respecto al negocio. El apoyo que doña Perla necesitaba no solo era emocional, sino también laboral, y eso como que contribuyó a que, mientras estaba ocupado, me olvidara de la pena, que solo llorara en mi cuarto, hasta que un día ya no lloré más.
Sin embargo, ahora siento que me va a costar mucho superar la tristeza de dejar Lima, a todos a quienes quiero y me quieren. Y ese tiempo que la doña quiere compartir conmigo, la Rosalía y Rosaura pequeñita al vivir en su casa, al final va a hacer que despegarme de Lima sea mucho más complicado. «Pero no puedo rechazar la oferta de la doña, una que ya acepté con mi silencio y lágrimas por lo conmovido que me siento por todo el cariño que esta mujer tiene para mí, el que es propio de una madre», me digo mientras unas cuántas lágrimas más caen.
—¡Ay, Avelino! ¡¿Qué tanto haces en el cuarto que te demoras?! —escucho decir a la Rosalía. Ella entra a la habitación con un tono de regaño, pero cuando nota los ojos y la nariz roja por la lloriqueada, cambia de cara. Ahora luce preocupada—. ¿Qué sucede, amor? ¿Por qué lloras?
—Buscando ropa limpia en la maleta, encontré mi celular, lo encendí y había cientos de mensajes sin leer y llamadas perdidas de la doña —digo y me callo un ratito porque siento que un nudo aparece de repente en mi garganta.
—¿Y qué te dijo la doña? —pregunta la Rosalía. Ella espera atenta mi respuesta mientras se sienta a mi lado y empieza a acariciar mi espalda.
—Don Gilmer le contó lo que descubrió cuando miró mi DNI. Ella ya sabe que un día tendremos que dejar Lima para vivir en la hacienda, para tomar posesión de mi herencia.
—Y eso, que vas a dejar de trabajar en el puesto, la puso triste —completa mi bonita, y yo vuelvo a llorar.
No vayan a creer que yo soy un llorón porque no es así. Yo soy bien valiente, todo un hombre, pero hay sentimientos y emociones que no valen la pena tragarse. La tristeza enferma si no la hablas, si no la lloras, si no la sacas de tu cuerpo como sea, y lo que menos puedo estar ahora, que soy padre, es enfermo. Así que, sin reparos, suelto la tristeza que implica para mí dejar Lima, ciudad que me acogió cuando en donde nací corría un gran peligro; lugar en el que encontré una nueva familia, me enamoré y hasta me hice padre.
—¿La doña no quiere que te vayas, que la dejes? —pregunta la Rosalía mientras me consuela en sus brazos.
Yo estoy abrazado a su cintura, con la cara sobre sus pechos que ahora no me provocan deseo. Esta mujer es el amor de mi vida porque con ella puedo expresarme libremente y me acepta tal y como soy, sin criticarme ni desvalorarme.
—Ella acepta que un día tendré que dejar la administración del puesto para tomar las riendas de la hacienda. Solo que me ha pedido algo que no pude negarme porque con eso me demuestra una vez más el amor que tiene para mí, mejor dicho, que tiene para nosotros, incluida Rosaura pequeñita —La Rosalía pone cara de no entender ni pepas—. La doña me ha pedido que, al regresar a Lima, vivamos con ella. Así, tú y yo regresaremos a nuestras labores, para arreglar todo antes de renunciar, mientras ella cuida de Rosaura pequeñita.
Editado: 17.01.2026