Los días pasaron volando al entretenerme recorriendo la hacienda. A cinco días de que las vacaciones de la Rosalía terminen, le digo a mi tío que debo marcharme con mi familia al día siguiente, porque el viaje de retorno es largo y no quiero que mi bonita vaya a trabajar ni bien baje del bus que nos lleve a Lima.
—No te preocupes, Avelino, irán en avión a Lima —Me quedo mirando a mi tío con preocupación. ¿No será que la cabeza le está fallando por la edad?
—Pero tío, ¿cómo nos vamos a ir a Lima en avión? —me río, y mi tío me mira con burla. Creo que hay algo que no se me ha sido compartido.
—En la provincia tenemos un aeródromo del cual parten y llegan avionetas que nos conectan con Tarapoto, desde donde pueden tomar un vuelo directo a Lima.
—Y dígame, tío, ¡¿cómo ha podido mantenerme oculta tremenda información?! —Mi tío ríe mientras yo lo miro algo molesto.
—Simplemente, se me olvidó.
—¿Y por qué mi tía, primos y sus familias no hicieron el recorrido que me indica para llegar a Lima?
—Porque en esas fechas no había avionetas disponibles, ya que necesitamos tres para trasladar a toda la familia. ¿Ya te dije que solo parten de ahí avionetas? —pregunta con ironía. Mi tío, cuando quiere, es bien burlón y pícaro.
—¡Ya entendí! —digo mientras blanqueo los ojos—. ¿Y a dónde hay que llamar para separar espacio en una de esas avionetas?
—No te preocupes, que Abelardo ya contrató una para que nos lleve a Tarapoto y de ahí tomaremos un vuelo a Lima. Los boletos del segundo viaje ya están comprados —Creo que he escuchado mal.
—¿Nos lleve?, ¿tomaremos? —repito los verbos que me hacen entender que el tío piensa viajar conmigo, la Rosalía y Rosaura pequeñita a Lima.
—Sí. ¿Qué creías, que irías a Lima sin que yo te siguiera? —El tío me lanza una sonrisa burlona, de esas que si proviniera de cualquier otro me gustaría romper con un puñetazo, pero el viejo es familia, y ya voy entendiendo su humor ácido.
—¿Y quién se va a quedar manejando la hacienda, el Abelardo? —pregunto mucho más irónico que mi tío.
—¡No! ¡Ni Dios lo quiera! —suelta el tío con burla y una carcajada que complementa el chiste—. Mi primogénito es un abogado muy capaz, de los mejores, pero es un desastre como hombre de hacienda. ¡Moriría a las horas de que lo dejemos solo en estas tierras! Él también vendrá. Y no te preocupes sobre quien se hará cargo de la hacienda, que Leandro y los demás capataces son bien competentes cuando les dejamos detalladamente indicadas las labores que deben hacerse y ellos supervisar.
—Lo tenías todo fríamente calculado, ¿no? —pregunto mientras entrecierro los ojos y sonrío pícaramente. El tío Abelardo vuelve a soltar una risotota que me contagia la alegría, y termino imitándolo.
—Sí y no. En un principio, pensé que llegaría el día que me dirías que ya debes regresar a Lima con tu familia para cerrar todo asunto que tengan en la capital para regresar a instalarse definitivamente en la hacienda, pero como nunca mencionaste fecha de retorno, preferí adelantarme a un posible olvido tuyo al estar encantado de estas tierras que te vieron nacer, y le pedí a Abelardo que coordine el alquiler de la avioneta, así como que compre los vuelos de Tarapoto a Lima con fecha abierta.
Ahora creo que si no me daba cuenta que ya era tiempo de regresar a Lima, el tío me hubiera dicho un día antes de terminar las vacaciones de mi bonita que debíamos irnos, y así como estuviéramos, nos subía a la avioneta y luego al avión que nos llevaría a Lima.
—Gracias —Es lo único que le puedo decir. Mi tío sonríe complacido de haberme ayudado con la organización del retorno a Lima. Él siempre me dice que cuento con él para todo lo que necesite, que siempre estará para ayudarme en lo que yo requiera porque es su manera de recuperar en algo lo que por años no pudo hacer por mí. Mi tío es un viejo sentimental.
Al llegar con la noticia a la Rosalía sobre que mañana debemos ir a Mendoza para subirnos a la avioneta, viajar a Tarapoto, y ahí partir en un vuelo más largo hasta Lima, mi bonita pone cara de espanto, como si acabara de ver a un espíritu maligno.
—¿Qué pasa, bonita? ¿Has visto algo raro o qué? —pregunto, y ella cambia la expresión de espanto por una de burla—. ¡Ay, no me mires así! ¡¿Cómo no quieres que te pregunte si has visto algo raro si pones cara de terror ante lo que acabo de contarte?! Además, como dicen que las mujeres tienen desarrollado el sexto sentido, supongo que, si te lo propones, podrías ver fantasmas y diablitos.
—Avelino, ¿alguna vez has viajado en avión? —pregunta la Rosalía con cara de estar aburrida. Esa cara siempre la pone cuando quiere evidenciar algo que no pude notar, aunque es demasiado obvio.
—No —digo con cara de ofendido, pero no me dura mucho porque caigo en la idea que mi bonita detectó en un inicio y a mí se me pasó—. ¡Carajo! —Y empiezo a sentirme nervioso.
—¡¿Ahora ya te das cuenta de por qué mi cara de terror?! ¡Ni tú ni yo, menos Rosaurita, alguna vez hemos viajado en avión!
Yo llegué a Lima después de tres días de viajar escondido en un camión. La Rosalía llegó a la capital después de dos días en bus desde su pueblo en Madre de Dios. Nunca hemos salido de la Lima, más que algunas escapaditas de enamorados a Chosica, que está a unas horitas en auto, por lo que nunca hemos subido a un avión.
Editado: 17.01.2026