—Bueno, creo que ya es hora de retirarnos —dice doña Perla mientras deja el cómodo sofá de la casa de Miraflores de la familia Ticona—. Avelino, sube a mi auto las maletas con ayuda de mis muchachos. Hoy día descansemos, ya mañana hacemos las mudanzas de tu cuarto y el de Rosalía para mi casa.
—Disculpe, doña Perla, pero mi sobrino y familia se quedarán a vivir aquí —comenta de inmediato mi tío, casi interrumpiendo a la doña—. Avelino también es dueño de esta propiedad.
—Puede que sea así, pero Avelino me dio su palabra de vivir bajo mi techo y cuidados mientras arreglan todos los temas pendientes en Lima que tengan él y Rosalía. Y como hay que esperar para que el Ministerio de Salud otorgue el cese sin goce de haber, ese tiempo vivirán conmigo. Yo seré quien cuide de Rosaura mientras sus padres están ocupados en sus pendientes.
La doña es chiquita y menudita, pero cuando quiere algo, se hace inmensa. Mi tío mira al Abelardo con esa expresión facial que ruega por ayuda. Mi primo le responde con otra expresión, la que dice que no sabe cómo confrontar lo dicho por doña Perla. El Abelardo será abogado, pero no tiene recursos para refutar lo dicho por la doña: yo le di mi palabra de vivir con ella los últimos días que deba de estar en Lima, y no pienso romper mi promesa.
—Tío, doña Perla vive en Santa Beatriz, en una casota que está entre Emilio Fernández y Montero Rosas. Ahí solo vive con el Charlie, su hijo menor y único soltero; las dos señoras del servicio doméstico, la Doris y la Amparo, y los dos hombres que le brindan seguridad, que ya conociste. Vamos a estar bien con ella —señalo para que mi tío no vaya a insistir. Yo ya quedé con la doña.
—Además, don Abelardo, para mí es mejor vivir en Santa Beatriz, que está más cerca del hospital donde trabajo —añade la Rosalía, y ahí veo que la cara le cambia a mi tío.
—Bueno, en eso tienen razón. Santa Beatriz está más cerca de las vidas que aún tienen en Lima, no se puede negar —dice mi tío serio, pero no resignado—. Sin embargo, exijo que también pasen tiempo conmigo mientras estoy en Lima. Abelardo viajará en unos días a España porque hay imprevistos que tiene que atender, y a mí no me gusta estar solo, al menos no en la capital, donde no hay mucho que pueda hacer.
—Entonces, cuando su hijo viaje, vénganse al puesto en el mercado. Ahí siempre hay algo que hacer —dice la doña, y yo la miro con cara de «qué pasó».
—Doña Perla, pero ¡¿qué podría hacer mi tío en el mercado?! —pregunto bajito, para que solo la doña me oiga.
—Pues, aprender sobre el negocio de la fruta —responde la doña a todo pulmón. Con ella no fue lo de pasar desapercibido—. Tú me has contado que en la hacienda de tu familia las cosechas de frutas son de grandes cantidades, que esos sembríos se cuidan solos porque la tierra es tan buena y sana que lo que sobra es fruta por todas partes. Pues, creo que es necesario que tu tío aprenda que de la fruta también se gana buen dinero.
—Son varios los factores que limitan que la familia Ticona se haya inclinado por el negocio de la fruta, mi estimada señora —responde el Francisco con ese estilo serio y elegante que siempre mantiene—. Hay cuestiones climáticas y geográficas que truncan por temporadas el traslado de ciertos productos de la hacienda hacia los canales de distribución.
—Pero, si sacan el café sin problemas de la hacienda, y todo el año, ¿por qué no hacer lo mismo con la fruta? —La pregunta que hace la doña es obvia y pone en jaque al Francisco.
—Con Avelino hemos hablado sobre este tema, doña Perla, y, tanto mi hijo como yo, hemos aceptado que, si no apostamos en explotar las hectáreas de frutales, ha sido más por desconocimiento en el tema que por limitaciones económicas —indica mi tío. Es verdad, con el dinero que se tiene pudieron implementar una planta de producción de jugos, mermeladas, deshidratados o lo que fuese para, en la misma hacienda, darle valor agregado a la fruta y evitar así que se pierda cuando la lluvia maltrata los caminos que conectan con las carreteras de la costa o selva—. Por tal motivo, acepto su propuesta de ir a diario al puesto que tiene en el mercado para conocer sobre ese negocio.
—No solo veo lo del puesto cuando estoy en el mercado, don Abelardo. Soy la presidenta de la Asociación de Propietarios del Mercado de Frutas Nicolás Ayllón. Ahí conocerá más que el proceso de venta, sino también sobre reglamento sanitario y demás temas que debemos considerar a la hora de vender fruta —explica la doña, y a mi tío se le nota más interesado.
Con algo de pena por mi tío, que se vino a Lima detrás de mí para asegurarse que no vaya a cambiar de opinión sobre aceptar mi herencia y encargarme de la hacienda, me despido de él, del Abelardo y del Francisco. A este último le encargo que vea el tema de las fechas en el municipio y en la iglesia que tanto doña Perla como mi bonita han elegido. El Francisco me asegura que en un par de días máximo tendrá una respuesta, que ya lo marcó como un pendiente dentro de sus labores profesionales.
Ya en el auto de doña Perla, donde vamos cómodos porque es amplio, dejamos Miraflores para ingresar a Santa Beatriz. Vamos por toda la avenida Arequipa, pasando por los distritos de San Isidro y Lince. Ya cuando llegamos a la altura de la calle Emilio Fernández, el Jhonny dobla a la derecha y a unas cuantas cuadras, antes de cruzar el jirón Montero Rosas, llegamos al caserón de la doña. La Doris y la Amparo salen para darnos la bienvenida, ambas emocionadas porque habrá más gente en la casa. Yo no sé ellas, pero a mí me jodería mucho tener más gente a quien atender, pero a ellas, que son bien conversadoras, les debe parecer genial el que haya más gente con quien poder hablar.
Editado: 02.02.2026