Cuando la Rosalía ya debe regresar al trabajo, deja a Rosaura pequeñita al cuidado de doña Perla, la Doris y la Amparo con tristeza. Mi bonita suelta sus lagrimitas mientras pide a estas tres mujeres que la cuiden como si fuera la hija de alguna de ellas. La Doris y la Amparo no llegaron a tener hijos, pero son capaces de entender a la Rosalía porque, de algún modo u otro, saben lo que es dedicarse a otros y cuidar de ellos. La doña le asegura a mi bonita que puede ir tranquila al hospital porque Rosaura pequeñita está en las mejores manos.
Junto con el Mario la llevo al hospital. Este día, al sospechar que la Rosalía estaría algo sentimental por despegarse de nuestra bebita, preferí no ir al puesto y quedarme para acompañar a mi mujer en el proceso de separación. Rosaura pequeñita no se ha dado cuenta de que su mamá no está a su lado porque estaba dormidita cuando mi bonita la dejó encargada; solo espero que mi bebita no haga tanto drama como lo está haciendo la Rosalía, quien sigue llorando camino a su chamba.
—No llores, bonita. Tus pacientitos se van a poner más tristes de lo que ya deben estar por las enfermedades que padecen —le digo, y la Rosalía se seca las lágrimas con cuidado, para que no se le corra el poquito maquillaje que se ha puesto en los ojos.
—Tienes razón, Avelino. Los pacientes ya tienen muchos problemas por estar enfermos como para que yo les dé uno más. Además, mi bebita está bien, solo que me da penita separarme de ella.
—Eso es normal —dice el Mario mientras nos mira por el espejo retrovisor—. Recuerdo que mi mujer lloró más que mi hija cuando esta empezó el jardín de niños a los tres años. Mi mujer me dijo que le dolía separarse de nuestra niña, algo que sucede por el amor y la costumbre.
—Sí, me acostumbré a cuidar de ella, a pasar mis horas dedicándome a velar por que esté bien. Ahora, ya estoy completamente segura que quiero pedir la licencia sin goce de haberes.
—¿En algún momento lo dudaste? —pregunto algo sorprendido porque la Rosalía me dijo semanas atrás que quería dedicarse a cuidar de nuestra bebita.
—Sí. Es que llevo años dedicada a esta labor, a cuidar de otros y tranquilizarlos para que el miedo no les gane durante el tiempo que están hospitalizados, que por un momento pensé en pedir mi traslado al centro médico que vimos en Limabamba, pero ahora sé que lo que quiero es quedarme con Rosaurita, cuidar de ella, de mi hijita.
La Rosalía estaba dividida entre dos amores: su profesión y su hija, pero ahora que ha sentido esta profunda tristeza al separarse momentáneamente de nuestra pequeñita, ya sabe cuál es el amor que pesa más y le importa de verdad. Mi bonita es buena madre, y eso que Rosaura pequeñita no nació de ella.
Tras dejarla en el hospital y prometerle que vendré a buscarla con el Jhonny después de terminar de chambear, me regreso a la casa de Santa Beatriz. Podría irme al mercado para dar una chequeadita a lo que están haciendo los muchachos en el puesto, pero quiero saber cómo la está pasando Rosaura pequeñita lejos de la Rosalía. No necesito bajar del auto para escuchar que mi bebita tampoco está llevando bien esto de la separación de quien reconoce como su madre.
—A los minutos que se fue Rosalía, la bebita se despertó y empezó a llorar —me explica nerviosa la Amparo porque no sabe cómo calmar a mi pequeñita—. Estoy segura que no llora por hambre o porque esté sucia.
—De seguro llora porque extraña a su mamá. Los bebitos son muy sensibles, Amparito. Y Rosaura pequeñita, que ya está creciendo, ya es capaz de reconocer a sus papás. Debe estar extrañando a la Rosalía.
Tomo en brazos a mi bebita, y por unos segundos deja de llorar al sentir mi calor. Ella abre los ojazos azules y me mira, comienza a voltear la cabeza, lo que sus casi dos meses de vida le permite: está buscando a la Rosalía, y al no encontrarla, el llanto vuelve a retumbar por toda la casa.
—Rosaura pequeñita, mamá ha ido a trabajar. Las mujeres como la Rosalía, tu madre, son multifacéticas: tienen profesión, son trabajadoras y mamás amorosas a la vez, además de que también son buenas compañeras de vida, hijas, amigas y ciudadanas. Tu mamita está ayudando a otros niñitos que llegan enfermitos al hospital, chiquititos que no entienden lo que les pasa y por qué les tienen que hincar tantas veces los bracitos por los exámenes de sangre.
Mi bebita deja de llorar, pero está con las lagrimitas acumuladas en sus ojitos y el puchero bien marcado en la boquita. Le sigo diciendo que no se sienta abandonada porque su mamita solo la ha dejado un ratito para atender a los pacientes del hospital, que por eso su mamá estudió mucho para hacerse una buena profesional. De a pocos, Rosaura pequeñita, como si entendiera lo que le digo, se tranquiliza.
—Muñequita, no llores. Aquí tus tías Amparo y Doris, así como tu abuelita Perla, te vamos a cuidar —le dice la Doris mientras me la pide, y yo coloco en sus brazos a mi bebita—. Nosotras también te queremos, y mucho.
—¿Ya ves, Rosaura pequeñita? Cada día que pasa y más personas te conocen, tienes más tíos y tías que te quieren mucho y van a cuidar. Por ahora, mientras que tu mamita está trabajando, lo harán la Doris con la Amparo, y por ratos doña Perla. Y te digo esto porque papito también tiene que ir a trabajar. Hay que ganar dinero para comprarte tus pañales, tu fórmula, tu ropita y demás cositas que necesites.
Mi bebita es tan buenita que deja de llorar. Ya tranquilita, se entretiene con la Doris y la Amparo, quienes juegan con ella, la hacen reír y le dan un nuevo biberón. Ellas me aseguran que todo estará bien con Rosaura pequeñita, que me puedo ir tranquilo a hacer lo que tenga que hacer. Así que me voy al mercado, para supervisar que todo esté yendo bien en el puesto. De camino, el Francisco me llama.
Editado: 02.02.2026