Amor de padre

Salvando ángeles: Capítulo XII

Después de desayunar con mi tío, la Rosalía aprovecha el tiempo para ver unos pendientes sobre la boda con el Francisco, ya que los proveedores han solicitado definir pequeños detalles, algo sobre flores e iluminación. Como yo lo mío no es la organizar eventos, salvo que se hable sobre lo que se va a comer, para eso sí llámenme, dejo toda decisión en manos de mi bonita. Yo me quedo con Rosaura pequeñita, quien me acompaña mientras converso con mi tío sobre la hacienda. Los estudios solicitados sobre la calidad de la tierra de cultivo ya han arrojado unos primeros resultados, los que nos confirman que el terreno cuenta con sustratos propios que favorecen al crecimiento de los frutales, así como con un sistema natural de control de plagas por la variedad de insectos que hay en esas tierras y favorecen a los cultivos.

—¡Qué buena noticia, tío! —digo muy contento por lo que se deja leer en el primer informe que ha llegado—. Lo mejor es que no tengamos que usar químicos para evitar plagas, sino medios naturales para cuidar y preservar los cultivos, para que la fruta no vaya a asimilar ningún componente que sea dañino y prohibido para el consumo humano.

—Me imaginaba que los resultados saldrían de esta manera. Cuando me hice cargo de la hacienda, los capataces me informaron sobre el tipo de abono y el proceso artesanal que utilizaban para mantener fecunda la tierra de la hacienda, costumbre que heredamos de generación en generación —comenta mi tío mientras no quita la mirada a ese informe, el que ratifica que por siglos esas tierras han recibido un buen mantenimiento.

—¿Entonces? —El tono de pregunta busca que mi tío me comente el siguiente paso a dar.

—Aún no puedo darte mi opinión sobre las opciones que tendríamos para negociar con la fruta, ya que el análisis de la calidad de esta aún no ha culminado. Es importante saber si lo que se cultiva y cosecha en la hacienda cumple con los requisitos que los mercados internacionales exigen para importación de fruta fresca. Además, debemos esperar también el informe de los ingenieros que están analizando los caminos. Según los resultados de esos dos análisis, vamos a tomar decisiones importantes.

—Pero la primera decisión ya la podemos tomar —digo, y mi tío me mira con cara de no entender a lo que me refiero—, que es un hecho que el negocio de la fruta va porque va.

—¡Claro! Por la cantidad de producción, siempre hay la opción de venta, aunque sea en mercado local y nacional. Cómo lo haremos, si en materia prima o producto manufacturado, ya lo veremos después.

—La partida económica para este nuevo negocio, ¿ya está aprobada? —consulto porque sé que la opinión de mis primos también pesa en estos asuntos de la hacienda, hasta que se formalice el traspaso de la herencia.

—Sí. A tus primos les hace mucha ilusión que toda la buena fruta que comen cuando están en la hacienda pueda llegar a más personas. Y te digo que ya están pensando en un nombre para los posibles productos manufacturados que podríamos lanzar al mercado —Mi tío sonríe porque este es la primera vez que todos sus hijos, incluidos los yernos y nueras, participan de alguna manera en temas de la hacienda.

—Tío, por más que yo sea el nuevo dueño de las tierras y demás propiedades de la herencia de los Ticona, ¿usted y mis primos me apoyaran en todo? —Es la primera vez que hago esta pregunta.

—¡Por supuesto, Avelino! —exclama mi tío mientras se acomoda en su asiento—. Si bien es cierto que tus primas Amanda y Begonia, así como Jordi y Ramón, no trabajan en temas relacionados con la hacienda, están dispuestas a ayudarte en lo que requieras, tanto en los negocios como en la vida misma. Ellas, así como tus primos Abelardo y Santino, tu tía Pilar y yo queremos apoyarte en todo lo que podamos porque es la manera que tenemos de recuperar en algo el tiempo que perdimos cuando no te encontramos en la hacienda.

—Y es un hecho que el Abelardo como el Santino seguirán trabajando como abogado y promotor de los negocios de la hacienda en Europa —preciso, y mi tío confirma con un movimiento de cabeza.

—Y yo seré tu principal asesor. Cuenta con nosotros sin dudar, sobrino, para temas de la hacienda como familiares y personales. Recuerda que nosotros somos tu familia, que no estás solo. Todos estamos dispuestos a apoyarte en lo que sea y dar la cara por ti.

Tras terminar la Rosalía de tomar algunas decisiones sobre pendientes de la boda, nos despedimos de mi tío, el Francisco y de las personas que trabajan en la casa de Miraflores. Antes de regresar a la casa de Santa Beatriz, decidimos pasear un ratito por Miraflores, por este distrito que forma parte de Lima, pero que es muy distinto a la zona de la capital donde crecí y me acostumbré.

Mientras paseamos, vemos varias tiendas bonitas que venden ropa. Ahí se me ocurre buscar alguna que se especialice en ropita de bebé, ya que Rosaura pequeñita necesita «ampliar el guardarropa”, como diría doña Perla. Al encontrar una en un centro comercial ubicado en plena avenida Larco, comenzamos a ver modelitos. La vendedora —una jovencita vestida con un uniforme que la hace ver elegante y profesional— nos atiende con mucha amabilidad y verifica tener la talla y el color en los conjuntos que elegimos, pero cuando nos acercamos a la caja para pagar, el comentario que suelta la mujer —ya en sus treintas— encargada de llevar las cuentas de ese negocio me molesta muchísimo.

—¿Por qué no ha venido con la mamá de la bebé? —me pregunta directamente la cajera. Esta mujer solo habla conmigo e ignora por completo a la Rosalía.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.