Amor de padre

Salvando ángeles: Capítulo XIV

No es la primera mañana que despierto y tengo a mi bonita a mi lado, pero es la primera, de tantas que habrá, como mi esposa. La mañana es gris, como siempre lo es en Lima durante el mes de julio, pero hay un brillo único, especial, que soy capaz de notar. De seguro es así cómo se ve la felicidad. Toparte con quien en verdad te ama y que sea justamente quien nació para que tú ames, debe pasar una vez en un millón de casos. Y a mí me tocó, así que soy feliz, muy feliz.

Amo tanto a la Rosalía que me paso varios minutos contemplándola mientras duerme. Se ve tan calmada, en paz, que parece un ángel descansando entre las muy blancas sábanas que semejan nubes. En las iglesias, los ángeles se ven rubios y con rulitos en las pinturas que decoran las paredes, pero mi bonita, con ese hermoso cabello negrito chivillo y bien lacio, también parece uno. «De ser pintor, me basaría en tu retrato para representar a los ángeles», pienso mientras sonrío como un cojudo por lo dichoso que me siento al tener a mi lado una mujer que me ama y es bien guapa.

Con suaves movimientos, la Rosalía deja el sueño y empieza a despertar. De a poco abre sus ojazos, que por haber dormido lucen bien marrones, oscuros, pero al encontrarse con mi imagen sonriéndole, la felicidad la inunda porque su mirada se torna bien amarillita. Esos ojos de la Rosalía no mienten, dejan ver cómo ella se siente, y me alegra saber que ahorita, conmigo a su lado, ella es feliz.

Tras nuestro primer duchazo juntos como marido y mujer, nos cambiamos, y antes de bajar a tomar desayuno, contemplamos el paisaje que se ve desde la ventana de la suite. Que Lima sea una capital costera es un lujo que los peruanos gozamos cada vez que miramos hacia el oeste y encontramos el mar perdiéndose a lo lejos al unirse con el firmamento, mezclándose con el gris, azul o rojizo que predomina en el cielo.

—A la doña le tenemos que hacer un buen regalo antes de irnos a la hacienda, en agradecimiento por todo lo que ha hecho por nosotros en estas últimas semanas —le digo a la Rosalía mientras disfrutamos del buen desayuno bufé que ofrecen en este hotel pitucazo.

—¿Crees que con eso podremos reducir en algo la pena que sentirá al saber que nos tenemos que ir lejos de ella? —pregunta mi bonita con un tonito triste que hace que enfoque toda mi atención en ella.

—No, pero ya la vida nos dará la oportunidad de llevarla a la hacienda, y ahí sí que le haremos saber y sentir todo lo agradecidos que estamos con ella y con don Ernesto, por todo lo que ambos hicieron por nosotros —La Rosalía sonríe, pero con los ojitos vidriosos por las lágrimas que se acumulan al pensar en la tristeza que experimentaremos cuando tengamos que dejar la casa de Santa Beatriz para ir a la hacienda en Limabamba.

Cuando ya nos estábamos retirando del comedor, una amable señorita se acerca a nosotros, nos felicita por nuestro reciente matrimonio y nos recuerda que tenemos pendiente la mañana de spa que forma parte del paquete de noche de bodas que la doña pagó para nosotros. Al explicarle que recién hemos desayunado y que sería incómodo acostarnos para que nos hagan masajes, la señorita nos explica que primero empezarían por el servicio de masajes en pies y piernas, que lo dan mientras estamos sentamos en unos sillones masajeadores, y luego siguen con el de manos y brazos. En ambos, incluyen el servicio de pedicura y manicura. La Rosalía, que sabe de estas cosas, abre los ojazos que lucen más amarillitos que nunca, y yo acepto someterme a ese servicio que pondrá a prueba mi hombría porque no estoy acostumbrado a que me estén masajeando y haciendo las uñas. Esto solo lo hago por mi bonita, ya que el servicio es en pareja.

La señorita nos lleva a una zona del hotel cuyo ambiente ayuda a que uno se relaje. Creo que esta zona tiene las paredes antiruidos porque no se escucha nada de bulla como en el comedor y la recepción, solo una musiquita suave que invita a dormir. Nos entregan unos pijamas, o eso me parecen, y unas babuchas para cambiarnos la ropa. Después de guardar lo que llevábamos encima en los vestidores, pasamos a una sala donde hay sillones relajantes colocados a medio metro por encima del nivel del suelo. Las masajistas tendrán nuestros pies y piernas a una altura adecuada para realizar su trabajo mientras nosotros no tenemos que echarnos o elevarlas.

Al principio, no me siento cómodo con una mujer que no es mi bonita tocándome los pies, pero los masajes en mi espalda por parte del sillón donde estoy sentado hacen que me relaje y deje de preocuparme de quién son las manos que están ocupándose de mi pedicura. En algún momento debí quedarme dormido porque la Rosalía me despierta entre risas, de ella y de las señoritas que atienden en el spa, para llevarme a otra sala donde seguiremos sentados en esos buenísimos sillones masajeadores y nos harán la manicura y el masaje de manos y brazos.

Antes de que empiece con eso de la manicura, le digo que no quiero que me pinten las uñas. Mi bonita y las señoritas se ríen porque el servicio para varones no incluye diseño ni pintado de uñas. Con ese detalle bien en claro, me siento y dispongo a dormir un ratito más, lo que dure la manicura y el masaje. Nuevamente, la Rosalía me despierta bonito y nos vamos a otra sala, donde ya nos echaremos en unas camillas especiales para que nos brinden masajes relajantes en la espalda, pecho y cabeza.

La musiquita suave, el aroma rico, la luz tenue y los masajes que comienzan a darme en el cuello y cabeza hacen que duerma una vez más. Esta vez, cuando mi bonita me está despertando, escucho el comentario de una señorita sobre que debo estar muy cansado para quedarme inmediatamente dormido con los masajes. Mi ahora esposa señala que mi trabajo como administrador de un puesto de frutas que tiene venta mayorista y minorista implica que trabaje desde temprano y hasta muy tarde, por lo que debo tener cansancio acumulado.




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