Scarlett
El autobús avanzaba bajo la lluvia y las luces de la ciudad se desdibujaban detrás del vidrio empañado.
Apoyé la frente contra la ventana, agotada.
Todavía sentía los músculos tensos por el entrenamiento con Ryder.
Y eso me irritaba más de lo que me gustaría.
Cerré los ojos un segundo mientras el vehículo giraba hacia los barrios alejados del centro.
Blackwood Academy quedaba a casi cuarenta minutos de aquí.
Dos mundos completamente distintos.
Allá:
uniformes impecables,
autos de lujo,
apellidos importantes.
Aquí:
edificios antiguos,
luces parpadeantes,
negocios pequeños sobreviviendo como podían.
El autobús se detuvo con un chirrido suave.
Bajé ajustando la mochila sobre mi hombro.
El aire frío golpeó mi rostro.
Caminé dos calles hasta llegar al edificio donde vivía.
Era pequeño.
Viejo.
Y el ascensor llevaba meses sin funcionar.
Subí las escaleras escuchando voces apagadas detrás de algunas puertas y el sonido lejano de una televisión encendida.
Cuando llegué al tercer piso, abrí lentamente la puerta del departamento.
El aroma a sopa caliente llenó el ambiente.
—¿Scarlett? —preguntó una voz desde la cocina.
—Sí, soy yo, mamá.
Dejé la mochila junto al sofá.
El apartamento apenas tenía espacio suficiente para tres habitaciones pequeñas, una cocina estrecha y una sala donde los muebles ya mostraban el paso del tiempo.
Nada se parecía a las enormes casas de los estudiantes de Blackwood.
Y aun así… era mi hogar.
Mi madre apareció secándose las manos con un trapo de cocina.
Llevaba el uniforme de la cafetería donde trabajaba haciendo turnos dobles casi toda la semana.
Sus ojeras eran más visibles de lo normal.
Eso hizo que algo dentro de mí se encogiera.
—Llegaste tarde otra vez —dijo con una sonrisa cansada.
—Entrenamiento.
Ella asintió como si ya esperara esa respuesta.
Siempre era entrenamiento.
Siempre Blackwood.
Siempre el torneo.
—Te guardé comida.
—Gracias.
Me senté en la pequeña mesa junto a la ventana mientras ella servía sopa en un plato.
—¿Cómo estuvo la academia? —preguntó.
Tomé aire antes de responder.
—Bien.
Mentira.
Nada estaba bien desde la fiesta.
Ni desde Ryder.
Ni desde Luca.
Mi madre se sentó frente a mí.
—Hoy llegó otra carta de la academia.
Levanté la mirada de inmediato.
Ella sacó un sobre doblado de su bolso.
Mi estómago se tensó apenas reconocí el logo.
—Es sobre la renovación de las becas deportivas.
Claro que era eso.
Tomé el papel lentamente.
“Los estudiantes deberán mantener excelencia académica y rendimiento competitivo para conservar los beneficios institucionales del próximo ciclo.”
Las palabras parecían pesar más cada vez que las leía.
Mi madre observó mi reacción con atención.
—Scarlett…
—Voy a conservarla.
Ella suspiró.
—Lo sé. Solo me preocupa la presión que estás cargando.
Bajé la mirada hacia el plato.
No podía perder esa beca.
Simplemente no podía.
Blackwood costaba más dinero del que nosotras podríamos pagar en años.
Sin el apoyo deportivo:
no habría academia,
no habría torneos,
no habría futuro universitario.
Nada.
Por eso entrenaba hasta que los músculos me ardían.
Por eso necesitaba ser perfecta.
Porque fallar no significaba solo perder un trofeo.
Significaba perderlo todo.
—Las otras chicas de la academia no tienen que preocuparse por esto —murmuré sin pensar.
Mi madre frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué quieres decir?
Me mordí el labio antes de responder.
—Muchas de ellas llegan en autos que cuestan más que este edificio entero.
Ella no respondió.
Porque ambas sabíamos que era verdad.
En Blackwood casi todos venían de familias millonarias.
Yo era la excepción.
La chica becada que debía demostrar constantemente que merecía estar ahí.
—Escúchame —dijo mi madre inclinándose un poco hacia mí—. No tienes nada que demostrarle a esas personas.
Pero sí tenía.
Porque Blackwood nunca dejaba olvidar quién pertenecía realmente ahí… y quién no.
Después de cenar fui directamente a mi habitación.
Las paredes estaban cubiertas de horarios de entrenamiento, fotografías de torneos y apuntes pegados cuidadosamente sobre el escritorio.
Los trofeos alineados sobre los estantes blancos.
Las medallas colgando junto al escritorio.
Todo ahí reflejaba años de esfuerzo, sacrificios y horas interminables de entrenamiento.
Me senté sobre la cama y dejé escapar un profundo suspiro, sintiendo el cansancio acumularse en cada músculo de mi cuerpo.
Entonces el teléfono vibró entre mis manos.
Chloe:
“¿Sigues viva?”
“Lamentablemente sí.”
Envié el mensaje al mismo tiempo que me dejaba caer de espaldas sobre el colchón, mirando el techo de mi habitación.
“Eso no sonó muy convincente.”
Antes de responder, otro mensaje apareció debajo.
Número desconocido.
Fruncí el ceño y abrí el chat.
“¿Siempre entrenas tan tensa o hoy era algo personal?”
Me quedé mirando la pantalla unos segundos.
¿Ryder?
¿Cómo demonios consiguió mi número?
“¿Quién te dio mi contacto?”
La respuesta llegó casi al instante.
“Mason tiene talentos de hacker.”
Rodé los ojos.
“Voy a bloquearte.”
“Tú no bloqueas a personas que te caen bien.”
Idiota.
Apagué la pantalla sin responder más.
Pero cinco minutos después terminé poniéndome una sudadera y saliendo del apartamento.
Necesitaba despejar la cabeza antes de volverme loca.
El pequeño parque del barrio estaba casi vacío a esa hora.