Ryder
El dojo de Venom Strike seguía abierto incluso después de las diez de la noche.
Las luces blancas del techo iluminaban los tatamis negros marcados con líneas rojas, mientras el eco de los golpes resonaba contra las paredes cubiertas de espejos y banderas de campeonatos anteriores.
A diferencia de Ascend, aquí nada lucía impecable.
Había vendas olvidadas sobre las bancas.
Botellas de agua tiradas junto a las paredes.
Y el ambiente siempre parecía más agresivo, como si el lugar entero estuviera acostumbrado a recibir impactos.
Me coloqué frente al makiwara, una tabla vertical de madera acolchada utilizada en karate tradicional para fortalecer los nudillos, mejorar la precisión de los golpes y endurecer el impacto de los puños con cada entrenamiento. Estaba fijado contra la pared del dojo, marcado por años de uso y pequeñas grietas en la superficie.
Ajusté las vendas alrededor de mis manos.
Respiración estable.
Postura firme.
Giré apenas la cadera y lancé un gyaku-zuki, un golpe directo ejecutado con el puño contrario a la pierna adelantada, usando la rotación del cuerpo para aumentar la potencia.
El impacto resonó seco.
Volví a atacar.
Otra vez.
Otra.
La madera vibró bajo mis nudillos.
—Como sigas entrenando así, mañana no vas a poder mover las manos —comentó Mason desde una de las bancas.
Estaba recostado contra la pared con una bebida energética entre los dedos y el uniforme de entrenamiento abierto hasta la mitad, completamente relajado.
Lo ignoré.
Di un paso atrás.
Flexioné las rodillas.
Y ejecuté una combinación rápida.
Primero un jab, un golpe veloz lanzado con la mano delantera para medir distancia y desorientar al oponente.
Después un low kick, una patada baja dirigida hacia el muslo externo, utilizada para desequilibrar y reducir movilidad.
Y finalmente un rodillazo ascendente, impulsando la rodilla hacia arriba con fuerza desde la cadera para impactar el abdomen o las costillas a corta distancia.
Todo seguido.
Sin pausas.
El sudor me recorría la nuca mientras intentaba sacar de mi cabeza la conversación con Scarlett en el parque.
No estaba funcionando.
Seguía recordando su edificio viejo.
La forma en que evitó mirarme cuando habló de la beca.
La tensión en su voz al decir que no podía fallar.
Solté aire lentamente.
Mierda.
Ahora entendía por qué entrenaba como si cada combate fuera una cuestión de vida o muerte.
—Sigues pensando en ella —dijo Mason.
Giré hacia él con fastidio.
—¿No tienes otra cosa que hacer?
—Sí. Burlarme de ti es mi actividad favorita.
Tomé una toalla del suelo y me limpié el rostro.
—No estoy pensando en Scarlett.
Mason soltó una carcajada.
—Claro. Y yo soy un monje vudú.
Antes de responder, la puerta principal del dojo se abrió.
El ruido metálico hizo que varios estudiantes levantaran la vista.
Mi padre acababa de entrar.
La energía del lugar cambió al instante.
Derek Knight tenía esa clase de presencia que llenaba cualquier habitación apenas aparecía.
Cabello oscuro peinado hacia atrás.
Mandíbula marcada.
La cicatriz sobre la ceja izquierda resaltando bajo las luces del dojo.
Caminó directo hacia mí.
Sin apuro.
Sin saludar.
—Pensé que estarías en alguna pelea clandestina —dijo observando alrededor.
Tomé la botella de agua sin apartar la mirada de él.
—Qué lindo verte también.
Mason murmuró un:
—Yo voy desapareciendo.
Y se alejó hacia otra zona del dojo.
Traidor.
Mi padre observó el makiwara golpeado.
Las vendas de mis manos.
Mi postura.
Como si pudiera leer exactamente qué tan mal estaba mi cabeza.
—Hayashi dice que estás entrenando con más agresividad de la normal.
Solté una risa irónica.
—Hayashi dramatiza todo.
—No. Tú estás volviendo a hacerlo.
La frase cayó pesada.
Apreté la mandíbula.
Porque sabía exactamente a qué se refería.
Años atrás, después de la muerte de mi madre, empecé a pelear con cualquiera que me provocara.
En torneos.
En la calle.
En escuelas.
No importaba dónde.
La rabia siempre encontraba salida.
—Estoy bien —respondí.
Mi padre cruzó los brazos.
—¿No vine hasta aquí para sermonearme, verdad? —murmuré.
Mi padre tardó unos segundos en responder.
—Vine porque no pienso verte cometer los mismos errores otra vez.
El comentario se sintió pesado.
Durante unos segundos solo se escucharon los impactos de otros estudiantes entrenando al fondo del dojo.
Uno de los chicos practicaba yoko geri sobre un escudo de impacto sostenido por su compañero.
Más allá, otro grupo repetía secuencias de kihon frente al espejo bajo supervisión del instructor.
Todo seguía moviéndose.
Pero mi atención estaba fija en mi padre.
—No soy tú —murmuré.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Eso dices cada vez que pierdes la cabeza.
Apreté la mandíbula.
Sabía a qué se refería.
Las peleas.
Las expulsiones.
Las veces que terminé usando los puños antes que la cabeza.
Pasé una mano por mi cabello húmedo de sudor.
—Estoy bien.
—Golpear a personas en fiestas no parece estar bien.
—Luca se lo buscó.
Mi padre soltó aire por la nariz.
—Siempre encuentras una razón para pelear.
Rodé los ojos y me aparté hacia el tatami central.
Tomé un par de focus mitts —almohadillas pequeñas usadas para practicar precisión y velocidad— y las dejé nuevamente en el estante solo para mantener las manos ocupadas.
Odiaba esta conversación.
Odiaba que me analizara como si todavía tuviera quince años.
—Escuché que estás entrenando con Scarlett Vale —dijo de pronto.