Valentina
No vendí nada hoy.
La frase se me repite en la cabeza mientras miro la pantalla del celular como si, por insistir lo suficiente, fuera a aparecer una notificación de la nada.
Pero no.
Nada.
Solo mi reflejo en el vidrio oscuro: ojeras suaves, el pelo atado en un rodete desprolijo que ya se está cayendo, y esa cara de cansancio que no es solo físico.
Exhalo lento y dejo el celular sobre la mesa, haciendo un pequeño ruido seco.
—Bueno… mañana será —murmuro.
Pero ni yo misma me lo creo.
Me levanto de la silla arrastrándola sin ganas. El sonido raspa el piso y me hace fruncir la cara. Camino hasta la cocina. El piso está frío, como siempre, y se me mete por las plantas de los pies.
Abro la heladera.
Me quedo mirando adentro unos segundos.
No busco nada en realidad.
Solo… la abro.
Como si eso fuera a solucionar algo.
La cierro.
No tengo hambre.
Tengo otra cosa.
Un nudo raro en el pecho. Como si algo estuviera trabado ahí adentro, sin salir.
Frustración.
—¿Vendiste algo?
La voz llega desde el living, tranquila, casi distraída.
Me apoyo contra el marco de la puerta y la miro.
Mi mamá está sentada en el sillón, con las piernas cruzadas, mirando la tele como si nada. Tiene el pelo castaño claro suelto, un poco ondulado, cayéndole sobre los hombros. Siempre fue prolija sin esfuerzo.
Nada que ver conmigo.
—No… hoy estuvo re tranquilo.
Ella asiente apenas, sin despegar la vista de la pantalla.
—Tenés que tener paciencia, Vale. Todo cuesta al principio.
Aprieto los labios.
—Sí… ya sé.
Pero no lo digo convencida.
Ella finalmente me mira. Sus ojos son claros, como los míos. Eso sí lo heredé.
—¿Subiste cosas hoy?
—Sí.
—¿Historias también?
—Sí, má.
—Bueno… entonces ya va a salir.
Habla con calma, con esa seguridad que tienen los adultos cuando creen que todo tiene solución.
Cómo si fuera fácil.
Como si no doliera ponerle ganas a algo y sentir que no pasa nada.
—Elena, dejá de interrogarla —dice de repente ella misma, medio riéndose, levantando una mano—. Perdón, hija… es que quiero que te vaya bien.
La miro.
Y por un segundo se me afloja un poco el pecho.
—Ya sé…
No digo más nada.
Vuelvo al comedor.
Y ahí está.
La caja.
La dejo ahí cuando llegué, como si no tuviera importancia… pero desde que entré no dejo de mirarla de reojo.
La traje de la casa de mi abuela. Bueno… de lo que quedó de su casa.Todavía no me acostumbro a pensar en eso.
Me acerco despacio y me agacho frente a la caja.
Paso la mano por el cartón.
—A ver qué hay acá…—La abro con cuidado. El cartón cruje, seco, viejo.
Adentro hay de todo.
Fotos amarillentas, sobres, retazos de tela, botones sueltos, cosas que claramente fueron importantes para alguien… pero que ahora están acá, mezcladas, como olvidadas.
Empiezo a revolver.
Una foto.
Otra.
Una carta cerrada.
Un pedazo de encaje.
Y entonces lo veo.
El cuaderno.
Lo saco despacio.
Es más pesado de lo que esperaba.
De tapa dura, marrón oscuro, gastado en las puntas. Tiene marcas, como si hubiera pasado por muchas manos… o por mucho tiempo.
No es como los de ahora.
Es… distinto.
Me siento otra vez en la silla con el cuaderno en las manos.
Paso los dedos por la tapa.
Está fría
Lo abro.
Nada.
Las primeras páginas están completamente en blanco.
Frunzo el ceño.
—¿En serio?
Paso otra hoja.
Y otra.
Todo vacío.
No entiendo.
¿Para qué alguien guardaría algo así tanto tiempo sin usarlo?
Estoy por cerrarlo cuando me quedo quieta.
Pensando.
Capaz…
Puedo usarlo yo.
Me encojo de hombros, intentando restarle importancia.
—Total… nadie lo va a leer.
Agarro una lapicera de la mesa.
La hago girar entre mis dedos.
Dudo.
No sé qué escribir.
No sé ni por qué quiero hacerlo.
Pero igual bajo la punta al papel.
Y escribo:
Hola… sé que nadie va a leer esto. Pero igual quiero escribir algo.
Me quedo quieta.
La tinta todavía está fresca.
Se siente raro.
Como hablar sola.
Como decir cosas en voz alta… pero en silencio.
Sigo.
Hoy fue un día medio feo. Estoy intentando que mi emprendimiento funcione, pero siento que no avanzo.
Trago saliva.
…A veces pienso que no soy lo suficientemente buena.
La lapicera se detiene.
Respiro hondo.
Miro lo que escribí.
Es triste.
Pero es verdad.
Cierro el cuaderno de golpe.
Como si alguien pudiera haber leído por encima de mi hombro.
—Ya está.
Me levanto rápido, como escapando de eso.
Llevo el cuaderno a mi pieza.
Mi cuarto es chico, pero ordenado dentro de lo posible. La ropa doblada en una silla, un espejo apoyado contra la pared, algunas bolsas de mi emprendimiento en un rincón.
Me miro de reojo al pasar.
Soy bastante parecida a mi mamá… pero más apagada.
El mismo color de ojos.
El mismo tono de piel.
Pero donde ella tiene seguridad… yo tengo dudas.
Dejo el cuaderno en la mesa de luz.
Me tiro en la cama sin cambiarme.
El techo.
Siempre el mismo techo.
Pero hoy pesa más.
Pienso en la plata.
En si voy a poder vivir de esto.
En si estoy perdiendo el tiempo.
El celular vibra.
Lo agarro rápido.
Nada importante.
Lo dejo otra vez.
—Qué ganas de que algo cambie… —susurro.
Cierro los ojos y sin darme cuenta…Me duermo.
La alarma suena, estiro el brazo medio dormida y la apago sin mirar.
Me quedo quieta unos segundos, mirando el techo.
Hasta que algo me cae.