En lo alto del Olimpo, donde el cielo parecía fundirse con los templos dorados y las nubes formaban caminos de luz, se encontraba Melodía, la diosa de la música. Sus cabellos plateados brillaban con reflejos azules, y cada paso suyo parecía marcar el compás de una melodía que solo ella podía escuchar. La música no era solo su pasión; era su esencia, su manera de alegrar el mundo y de mantener la armonía entre los dioses y las criaturas del Olimpo.
Hoy, Melodía había decidido visitar a su hermano, Apolo, el dios del sol. Sabía que estaba ocupado en asuntos de los dioses, pero la curiosidad y el deseo de escuchar su consejo la impulsaban. Mientras caminaba entre jardines de flores eternas y fuentes cristalinas, tarareaba una canción alegre, y hasta las aves parecían seguirle el ritmo.
—¡Qué día tan brillante! —dijo Melodía para sí misma, inhalando profundamente el aire puro que siempre parecía embellecer su estado de ánimo.
Al llegar al gran salón del dios del sol, lo encontró conversando con un hombre alto y musculoso, de cabello naranja y ojos azules intensos. Su porte era imponente, pero sus gestos transmitían nobleza y calma. Era Hércules, quien había acudido al Olimpo por un encargo de Zeus.
Melodía se detuvo unos pasos, observando la escena con curiosidad. Nunca había visto a un dios humanoide con tal combinación de fuerza y serenidad. Sus dedos tocaron suavemente las cuerdas de su lira invisible, como si la música quisiera saludarlo también.
—¡Hola, Apolo! —exclamó con entusiasmo, entrando al salón—. Vine a verte un momento…
Apolo giró, siempre dramático y elegante, con su largo cabello rosa cayendo sobre su torso. Sus ojos brillaron al verla, y con un gesto exagerado, la saludó:
—¡Hermana querida! —dijo con teatralidad—. Justo a tiempo. Estábamos conversando de asuntos importantes… y mira a quién tenemos aquí.
Melodía levantó una ceja, y su mirada se encontró con la de Hércules. Él la observaba con serenidad, una sonrisa tranquila asomando en sus labios.
—Saludos, diosa Melodía —dijo Hércules con voz profunda—. Soy Hércules, he venido por un asunto que Zeus me pidió.
—¡Encantada de conocerte, Hércules! —respondió Melodía, su energía iluminando la sala como notas de luz—. No esperaba encontrarme con alguien tan… imponente en mi camino hacia Apolo.
Hércules sonrió suavemente, y la calidez de su mirada hizo que Melodía sintiera una sensación nueva, una curiosidad que no había sentido antes.
—No es mi intención asustarte —dijo él, con humildad—. Solo… cumplir con lo que me pidió mi padre.
—Lo entiendo —respondió Melodía, inclinando ligeramente la cabeza y sonriendo—. Es… agradable conocer a alguien que tiene un sentido tan fuerte de justicia y propósito.
Apolo, viendo la natural conexión que se formaba entre ellos, decidió no intervenir, como era su costumbre. Se quedó a un lado, ajustando su toga y observando la interacción con una mezcla de orgullo y diversión.
—Supongo que no hay nada más que hacer aquí —dijo finalmente Apolo, con su voz melodiosa y su sonrisa característica—. Hermana, no te entretengo más, y tú… Hércules, que tu visita sea fructífera.
Melodía caminó hacia un ventanal que daba a los jardines dorados del Olimpo, dejando que la brisa jugara con su cabello. Hércules la siguió unos pasos, manteniendo una distancia respetuosa, pero sus ojos azules se mantenían atentos a cada movimiento de la diosa.
—Es… realmente hermoso aquí —murmuró Melodía, sin darse cuenta de que hablaba más para sí misma que para él.
—Sí —respondió Hércules, con voz calmada—. Es un lugar digno de quienes lo habitan.
Por un momento, solo se escuchó el viento, el murmullo de las fuentes y el canto lejano de los pájaros. Ninguno de los dos necesitaba más palabras; la tranquilidad del Olimpo parecía hablar por ellos.
Mientras tanto, en otras partes del mundo, comenzaban a tejerse historias paralelas. Iris, la humana, se encontraba atrapada en medio de una guerra desatada por Ares, el dios de la guerra. Sus ojos se abrían con miedo y asombro, pero el dios la salvó de un destino fatal, mostrando un interés que no solía tener por los mortales.
Y más allá, en ríos y mares cristalinos, Eumaria, la ninfa de agua, se preparaba para encontrarse con Poseidón, el temible dios de los mares, cuyo carácter frío contrastaba con la calma y alegría que ella emanaba.
El Olimpo, brillante y majestuoso, comenzaba a entrelazar destinos. Melodía y Hércules habían tenido su primer encuentro, casual y sereno, mientras los hilos del destino comenzaban a moverse para Iris y Eumaria, preparando los primeros acordes de una sinfonía que sería mucho más grande que ellos mismos.
Y así, en la cima del mundo, donde la música, la guerra y el poder se entremezclaban, comenzaba la historia de Amor en el Olimpo, un relato donde la pasión, el honor y la magia de los dioses darían forma a la vida de aquellos que habitaban entre lo divino y lo humano.
Mientras en lo alto del Olimpo Melodía experimentaba su primer encuentro con Hércules, en la Tierra los ecos de la guerra resonaban con fuerza.
Campos ennegrecidos por el fuego y el humo cubrían la región, y los cuerpos yacían dispersos sobre la tierra. La guerra de Ares había dejado su marca: destrucción, gritos y caos. En medio de todo esto, caminaba Iris, una joven humana con el corazón lleno de coraje pero los pies heridos por la violencia que la rodeaba. Su cabello castaño se pegaba a su rostro sudoroso, y la respiración le costaba cada paso que daba.
De repente, una sombra se movió con rapidez sobre ella. Iris se giró y vio a un hombre alto, musculoso, con piel rojiza, ojos violáceos y cabello largo que caía como una cortina oscura sobre sus hombros. Su armadura negra y violeta brillaba con el reflejo de la guerra, y en su mano sostenía una lanza de proporciones imponentes. Era Ares, el dios de la guerra.
Ella retrocedió, temblando, aunque en su interior algo le decía que no debía mostrar miedo.