El tiempo se había evaporado en la cadencia rítmica de mi trabajo. La columna de ingresos, el balance de gastos y el inventario de libros pendientes por encargar. Cada tarea terminada y cada número que cuadraba se convertía en un ladrillo pequeño que ayudaba a restablecer mi paz interior. Fuera, la noche de Bellefontaine se entregaba al primer destello tenue del alba.
Fue en ese momento que el estruendo de una llave rayando la cerradura de la librería rompió el silencio.
La puerta se abrió de manera violenta, provocando que la campanilla tintineara frenéticamente, como si fuera una alarma, y bruscamente, mi cabeza se levantó. Mi corazón se hundió al saber que solo otras dos personas tenían una llave. Mi padre apareció en el umbral, una silueta oscura y furiosa contra el gris azulado de la madrugada. Mi mamá se encontraba detrás de él, con un rastro de preocupación.
—¿Qué demonios crees que estás haciendo? —bramó, su voz un trueno en mi diminuto y callado mundo. Entró en la tienda, sus zapatos de lujo resonando en el piso de madera.
—Estoy trabajando —respondí, mi voz peligrosamente tranquila. Me levanté de la silla, colocando mi cuerpo entre él y mi escritorio, protegiendo mi espacio.
—¡Trabajando! —escupió la palabra como si fuera un insulto—. ¡Son las cuatro de la mañana! ¿Tienes idea de la humillación que nos has hecho pasar? Desaparecer de un evento así, sin decir una palabra. ¡Como un niño malcriado!
—Tenía que irme —dije, sintiendo cómo mi propia ira comenzaba a arder, una llama fría y lenta—. No era mi lugar.
—¡Claro que era tu lugar! —gritó, acercándose un paso más—. ¡Los de Valois querían hablar contigo para organizar las tutorías de Sébastien! ¡La oportunidad de nuestras vidas para establecer una conexión, y tú la tiras a la basura por un capricho!
La palabra “oportunidad” fue la chispa que encendió la pólvora.
—¿Una oportunidad? —respondí, mi voz subiendo de volumen para igualar la suya—. ¿Una oportunidad para qué, padre? ¿Para ser el chico listo al que contratan para limpiar el desastre académico de su heredero mientras tú te pavoneas por haber conseguido el contacto?
—¡Es una oportunidad para ti! ¡Para demostrar que sirves para algo más que para esconderte entre libros!
—¡No necesito demostrarte nada! —grité, el sonido resonando extrañamente entre las estanterías—. ¡Absolutamente nada! ¿O se te ha olvidado lo que dijiste en la cena? ¿Qué si fuera una mujer me habrías vendido al mejor postor? ¡Pues felicidades, encontraste otra manera de venderme!
—¡No te atrevas a hablarme en ese tono! —rugió, su rostro enrojecido por la furia—. ¡Soy tu padre!
—¡Y yo soy tu hijo! ¡El hijo del que te avergüenzas! ¡El que no es lo suficientemente hombre para ti, pero que ahora es lo suficientemente útil como para que te arrastres a los pies de los de Valois!
—¡Eres un desagradecido! ¡No tienes ni idea de lo que hago por esta familia! —Su voz bajó, volviéndose más venenosa—. Y no creas que no vi cómo lo mirabas tal y como un perro hambriento. ¡Patético! ¿Creías que irías allí y lo seducirías con tus conocimientos de contabilidad?
El golpe fue bajo, brutal y certero. Me quedé sin aire, la herida tan profunda que me robó las palabras. Mi madre, que había permanecido en la puerta con lágrimas silenciosas corriendo por su rostro, finalmente intervino.
—Alain, por favor. Ya basta.
Pero yo ya había encontrado mi voz de nuevo. Era un susurro, afilado como el cristal roto.
—No. No basta. —Miré a mi padre directamente a los ojos, sintiendo por primera vez que no era yo el que estaba siendo juzgado—. Daré esas clases, porque soy un profesional y ese es mi trabajo. Pero que te quede una cosa muy clara, esto, no lo haré por ti, sino por mí. Además, no volverás a usarme como tu moneda de cambio. Ahora, por favor, sal de mi librería.
Mi padre se quedó inmóvil, sorprendido por el desafío en mi tono. La furia en su rostro luchaba contra una incredulidad desnuda, porque nunca le había hablado así.
—¿Tu librería? —se burló, aunque el veneno en su voz había perdido algo de su potencia—. ¿Desde cuándo...?
—Desde el día que firmé el contrato de la compra con el dinero que ahorré cada verano —lo interrumpí, mi voz ganando fuerza con cada palabra—. Desde el día que lijé estos suelos con mis propias manos y barnicé cada estantería hasta que me sangraron los nudillos. Desde el día que abrí esta puerta por primera vez, sin un solo céntimo de tu ayuda.
Lo miré fijamente, dejando que el peso de mi declaración se asentara entre nosotros.
—Sí, me pagaste la carrera, y por eso te estaré agradecido, pero esta librería, este lugar... este es mío. Lo construí yo solo, con mi trabajo de medio tiempo mientras estudiaba Administración. Cada libro en estas estanterías, cada taza de té que sirvo, cada factura que pago... sale de mi esfuerzo y no del tuyo.
El silencio que siguió fue denso y pesado. Mi madre se llevó una mano a la boca, sus ojos fijos en mí, con una especie de asombro orgulloso. Mi padre parecía desinflarse, como si mis palabras hubieran perforado la coraza de su autoridad. Miró a su alrededor, a los libros, a las pequeñas mesas, al mostrador de roble, como si lo viera por primera vez, como el fruto de un trabajo que él nunca había presenciado.
—Así que sí —continué, mi voz ahora tranquila pero inquebrantable—. Es mi librería y te pido, como dueño de este establecimiento, que te marches.
Por un largo momento, pensé que iba a estallar de nuevo, que la violencia de sus palabras se convertiría en algo físico, pero no lo hizo. Simplemente me lanzó una última mirada, una mezcla indescifrable de ira, herida y quizás, solo quizás, una pizca de un respeto que nunca antes había visto.
Sin decir una palabra más, se dio la vuelta y salió, dejando la puerta abierta tras de sí.
En ese momento, mi madre entró y cerró la puerta con cuidado; el sonido de la campanilla sonó en esta ocasión como una nota de paz. Se aproximó a mí, con los ojos todavía mojados, y me abrazó. Me aferré a ella, el temblor que había estado reprimiendo finalmente estremeciendo mi cuerpo. Respiré su olor a lavanda y seguridad mientras apoyaba mi cabeza en su hombro.