Amor en Provenza (boys Love/ Yaoi)

Viaje inesperado

La ciudad de París. La palabra cayó en nuestra apacible librería como si fuera una piedra. Observé a Sébastien, que lucía tan desconcertado como yo.

—¿A París? ¿Pero para qué? El trayecto en tren dura cerca de tres horas de ida y otras tantas de vuelta...

—Lo sé, lo sé. Pero es una emergencia —dijo ella, y luego le sonrió a Sébastien—. Lamento mucho lo ocurrido, Sébastien. Tendrá que ser el día de mañana. Te aseguro que estará allí sin falta.

A pesar de que un matiz de frustración pasó por su cara, Sébastien asintió.

—Claro que sí, Madame. No hay problema. —Se dirigió hacia mí—. Entonces, hasta mañana, Élien.

—Hasta mañana —dije, sintiendo que se me había ido una oportunidad decisiva.

Lo seguí hasta la puerta y lo observé alejarse por el empedrado, ya cuando se había ido, me volví hacia mi madre al cerrar la puerta.

—¿Qué emergencia puede ser tan importante como para mandarme a París a estas horas?

Ella sacó una lista detallada de su bolsillo y un sobre abultado con dinero.

—Necesito que me compres unas telas. Y tienen que ser exactamente estas, de la tienda de Jean-Luc.

Miré la lista, y noté que se trataba de Seda de Charmeuse, encaje de Alençon, tul de seda... Eran telas increíblemente finas y caras, y, sobre todo, que eran telas para un vestido de novia.

—Mamá, ¿para quién es esto? —pregunté, una extraña sospecha formándose en mi mente.

Únicamente conocía a Isabelle de la Roche como novia en Bellefontaine, pero era absurdo pensar que ella, con su linaje y su supuesta riqueza, le pidiera a mi madre, una costurera de un pueblo pequeño, que le confeccionara su vestido. De inmediato, abandoné el pensamiento.

—Es una clienta muy especial —replicó ella, evitando mi mirada. Por favor, Élien. Jean-Luc te espera.

Se trataba de un diseñador que conocí hace años, cuando eran muy jóvenes, había sido el aprendiz de mi madre; fue su amigo y protegido antes de marchar a París y alcanzar el éxito.

Nunca me atreví a preguntar por qué mi madre, con su gran talento, no se había ido con él y había optado por quedarse en Bellefontaine a ser solo una ama de casa y costurera de pueblo; siempre lo había cuestionado.

Media hora después, estaba en el TGV, observando cómo los paisajes idílicos de la Provenza se desdibujaban en una mancha dorada y verde.

El contraste me impactó como si fuera una pared cuando llegué a la Gare de Lyon. Scooters se abrían paso entre el tráfico, coches eléctricos zumbaban sin ruido y una multitud de personas con auriculares y teléfonos celulares en la mano se desplazaba a una velocidad que sería considerada como pánico en Bellefontaine. Los edificios no estaban hechos de piedras antiguas, sino de acero y cristal que rascaban el cielo. Los anuncios digitales cambiaban de imagen cada pocos segundos y las luces de neón parpadeaban.

Me sentí como si hubiera viajado en el tiempo. Bellefontaine era un sitio donde las tradiciones se sostenían con uñas y dientes; especialmente donde no parecía fuera de lugar un baile del siglo diecinueve. París era una entidad viva, tecnológica y vibrante que se dirigía sin piedad hacia el futuro. Por un instante, experimenté una punzada de celos por esta modernidad, este anonimato y esta libertad. Sin embargo, me dio una rara sensación de pérdida porque ya extraño a mi pequeño y parlanchín pueblo.

Abandoné mis pensamientos filosóficos acerca de la vida urbana, pues tenía una misión y el tren de regreso que tomar. El taller de Jean-Luc se encontraba en el Marais, un laberinto de calles adorables que eran simultáneamente vanguardistas e históricas.

Entré en una boutique discreta, cuyo escaparate tenía un único maniquí vestido con una prenda de seda que parecía desafiar la gravedad. Después, un hombre alto, con el cabello canoso desordenado de manera elegante y unas gafas de montura oscura, alzó la vista desde una mesa de corte; al mirarme, sus ojos brillaron.

—¡Élien! Mon petit prince des livres! —gritó, dando la vuelta a la mesa para abrazarme fuertemente con un abrazo que olía a café expreso y tela cara—. Ha transcurrido mucho tiempo.

—Jean-Luc —contesté, mientras le devolvía el abrazo—. Verte siempre es un gusto. Te ves maravilloso.

—La apariencia es obligatoria en París —dijo con una sonrisa fatigada—. Pero, ¿cómo se encuentra ella? ¿Cómo se encuentra Chantal? ¿Aún mantiene esa chispa en la mirada cuando se refiere a un diseño nuevo?

Me desconcertó la manera en que pronunció el nombre de mi madre, no “Madame Beaumont”, sino “Chantal”, con un tono íntimo y una pregunta tan concreta. Sonaba más que la curiosidad de un antiguo discípulo por su maestra.

—Está bien —respondí, algo sorprendido—. Como siempre, ocupada. En realidad, ella me envía.

Le di el sobre y la lista. Su rostro se tornó melancólico mientras revisaba las especificaciones y sus dedos expertos acariciaban las muestras de tela.

—La seda de Charmeuse... siempre fue su preferida. Era una experta en hacerla caer como agua. —Hizo una pausa y suspiró, apoyándose en la mesa—. Hablando de dones... hace algunos meses me separé.

Me sorprendió la noticia. Lo recordaba siempre con su esposa, una mujer de familia noble, sonriente y elegante, en las escasas oportunidades que los había visto juntos.

—Te pido disculpas, Jean-Luc. No tenía conocimiento de eso. Espero que estés bien.

—Lo estaré, con el tiempo... ya lo sabes —dijo, encogiéndose de hombros—. A veces, por más que lo intentas, las cosas simplemente no funcionan. ¿Y en tu hogar? ¿Está todo bien con tu padre?

Me tomó desprevenido la pregunta.

—Sí... bueno, lo habitual —respondí, tratando de encontrar las palabras correctas—. Imagino que sí. Si no, ¿no habrían seguido juntos después de tanto tiempo?

La amarga verdad se instaló en mi mente: ellos dos nunca fueron el problema, el verdadero problema... era yo. El día que salí del armario, noté que el amor de mi madre hacia mí y la aversión de mi padre por lo que era... casi destruyeron su matrimonio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.