Amor en Provenza (boys Love/ Yaoi)

Visita

Las semanas posteriores fueron siempre las mismas y muy aburridas. Iba a la mansión todos los días por la tarde y me comportaba de forma profesional. Sin embargo, siempre había una gran tensión, ya que, Sebastián y yo trabajábamos calladamente, sin hablarnos.

Con frecuencia, él trataba de comenzar una conversación más íntima, sus ojos buscaban los míos por encima de los libros contables; no obstante, la sensación de ser observados era tan evidente que las palabras morían antes de nacer.

La vigilancia se tornó totalmente descarada la última tarde: Con el pretexto de buscar un libro, Isabelle y Delphine se metieron a la biblioteca y se acomodaron en un rincón para “leer”, aunque sus ojos no dejaron de mirarnos. No obstante, al no hallar nada de chisme y solamente había el murmullo monótono de principios de auditoría y ratios financieros... se fueron.

La mínima posibilidad de que pudiéramos hallar un instante para dialogar y comprender lo que sucedió entre nosotros... se desvaneció totalmente. En aquel momento, opté por dejar de pensar en cualquier posibilidad con Sébastien, el niño que sabía a limonada, y enfocarme en mi propia vida, en mi librería y en mi tranquilidad.

Al final me fui con la misma cortesía distante de siempre, sintiendo que estaba cerrando un capítulo que, en verdad, nunca se había abierto completamente.

Cuando llegué a casa, me sentía cansado y de forma extrañamente vacía. Al entrar en la sala, me detuve de golpe... Jean-Luc estaba frente a mi madre quien estaba riendo y con una copa de vino en la mano. Estaban tan cómodos como si estuvieran en su propio atelier, mientras que a su lado y observando con curiosidad un cuadro en la pared... estaba Léo. ¡El modelo de París!

—¡Élien, justo a tiempo! —dijo Jean-Luc, con una sonrisa tan amable y abierta como la recordaba. ¡Increíble!

—Jean-Luc... Léo... ¿Qué hacen acá? —balbuceé, totalmente desconcertado.

—¡Necesitaba tomar unas medidas para un vestido y escapar del ajetreo de París! —explicó Jean-Luc con un gesto teatral—. Y este de aquí —dijo, dándole una palmada en el hombro a Léo— insistió en venir. Decía que nunca había visto la “auténtica Francia”.

Léo se giró, y la media sonrisa que recordaba se dibujó en su rostro.

—Espero no ser una molestia.

—Por supuesto que no… bienvenidos a nuestra casa.

Asintió con una sonrisa y me senté junto a mi madre.

Más tarde, cuando mi mamá se fue a la cocina a buscar unos bocadillos, Jean-Luc se acercó a mí y bajó la voz.

—No le prestes mucha atención a esa excusa del pueblo —me murmuró, con un brillo cómplice en los ojos—. La realidad es que, desde el momento en que fuiste a la boutique, no ha dejado de preguntar por ti. Creo que alguien ha dejado una gran impresión.

Mi rostro se quedó en shock; lo que fue un poema para Jean-Luc, quién se echó a reír con fuerza. Sentí que el calor se subía por mis mejilla, dejando que mi rostro, cuello y parte del pecho se pintara de rojo... maldito rubor me traicionó. Léo, en cambio, me miró en silencio con una diversión serena, lo cual me puso aún más nervioso.

—Parece que te he dejado sin palabras, mon petit prince —continuó Jean-Luc, dándome un codazo amistoso—. Este muchacho aquí presente me preguntó si habías perdido su tarjeta.

Mi mente se apresuró a buscar una excusa razonable que no sonara como un rechazo absoluto. La realidad era tan compleja y tan enredada en el drama de Bellefontaine que no podía explicarse en solo dos oraciones.

—No, claro que no la perdí —respondí, mi voz un poco más aguda de lo normal—. Es solo que... han sido unas semanas muy ocupadas. Han pasado muchas cosas aquí en el pueblo.

—¿Cosas interesantes? —preguntó Léo, su voz era suave y con un matiz curioso. Se acercó un poco, su presencia era a la vez imponente y relajada.

—Cosas... complicadas —dije, eligiendo mis palabras con cuidado—. Apenas he tenido tiempo para respirar.

En realidad no mentía, ya que, el trabajo había sido mi refugio, pero la razón real de mi silencio era el torbellino emocional que se llamaba Sébastien de Valois.

Mi madre volvió de la cocina con una charola de madera justo en ese momento. Sobre ella había un poco de tapenade en pedacitos sobre pan tostado, una gota de miel con queso de cabra local y aceitunas adobadas. El olor era tan penetrant, que llenó la habitación y rompió la tensión.

—Aquí tienen algo para picar mientras decido qué haremos para la cena —anunció, dejando la bandeja en la mesita de centro—. Jean-Luc, Léo, sírvanse, por favor.

—¡Chantal, siempre la anfitriona perfecta! —exclamó Jean-Luc, tomando una tostada—. Tu hijo me contaba lo ocupado que ha estado.

—Oh, sí, ha trabajado muchísimo —confirmó mi madre, lanzándome una mirada cariñosa—. Entre sus clases y las tutorías en la mansión... apenas lo vemos.

Cuando se mencionó la mansión, Léo experimentó un leve titubeo en su sonrisa durante una fracción de segundo, como si le nublara el rostro por un instante. Tomó una aceituna y me miró de manera directa, mientras estaba sentado en el sillón delante de mí.

—¿Tutorías? ¿Enseñas a domicilio? —preguntó.

—Solo un caso especial —respondí, tratando de restarle importancia—. Al hijo de una familia de aquí.

—Suena... fascinante —dijo Léo, y no pude saber si estaba siendo sincero o sutilmente irónico.

Jean-Luc y mi madre evocaban tiempos pasados, sus risas llenando el salón de un modo que sucedía raramente. Léo intervino con preguntas inteligentes acerca de la vida en el pueblo, mientras sus ojos oscuros se cruzaban frecuentemente con los míos por encima de la charola de aperitivos.

La conversación fluía con la misma suavidad que el vino que mi madre había servido, y las luces del salón emitían un brillo cálido. Léo me estaba narrando un chiste relacionado con un desfile de modas en Milán y, por primera vez en mucho tiempo, me reí a carcajadas.

Fue en ese momento exacto que escuchamos el sonido de la puerta abriendose y mi padre ingresó a la vivienda. Detuvo su mirada en la entrada del salón, observando la escena y, vi cómo sus ojos se movían de mí a Léo, y después se fijaban en Jean-Luc, quien estaba encorvado hacia mi madre y sentado sobre el apoyabrazos del sillón de ella, enseñándole algo en su teléfono. Para los criterios de mi padre, estaban excesivamente cerca.




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