A pesar de ser inquietante, el drama de la noche pasada, había mostrado realidades que, me habían liberado. Con ese nuevo punto de vista, opté por enfocarme en aquello que podía manejar, como por ejemplo: mi librería, mis clases y, después de un largo tiempo, mi propia existencia.
Sin embargo, mi celular vibró con un mensaje de un número desconocido justo cuando estaba abriendo la librería.
“Soy Léo: el modelo entrometido. Jean-Luc está secuestrado por tu madre y el fantasma de un patrón de vestido. ¿El príncipe de los libros me rescata con un café?”
La primera sonrisa genuina en días, se dibujó en mi rostro, porque su descaro me pareció refrescante. Le respondí que nos viéramos en el café de la plaza en una hora, lo cual él respondió afirmativamente.
Estaba sentado en una de las mesitas de mimbre bajo el sol de la mañana, y su presencia parecía demasiado moderna y vibrante para la tranquila plaza de Bellefontaine. La gente lo miraba con pura curiosidad, como si una criatura exótica hubiera aterrizado en medio del pueblo. Por supuesto, es que de verdad era increíblemente apuesto, y él lo sabía. Además de que cada aprenda que usaba eran de Jean-Luc, así como sus lentes de diseñador, y cualquier articulo que traía encima, quizás costaba lo mismo que mi librería.
—Así que, aquí es donde suceden las cosas —dijo, haciendo un gesto hacia la plaza donde un par de ancianos jugaban a la petanca y miraban "disimuladamente".
—La emoción es abrumadora, lo sé —respondí con ironía, sentándome frente a él.
La conversación fluyó naturalmente, como si hablara conmigo mismo. Era directo y no tenía miedo de hacer las preguntas que nadie más se atrevía a hacer.
—Entonces, ¿cuál es el problema con tu padre? —preguntó, sin rodeos, mientras le daba un sorbo a su expreso—. Anoche parecía que iba a batirse en duelo con Jean-Luc por el honor de tu madre.
—Es... complicado —dije, con misma palabra que se había convertido en mi lema.
—Todo parece complicado aquí —replicó Léo, con curiosidad —. Yo te veo y pareces alguien que anhela las cosas simples, como por ejemplo, un buen libro, una taza de té, y silencio.
Me quedé mirándolo, sorprendido por cómo pudo leer mi mente.
—A veces —admití.
—¿Sabes qué es simple? —continuó, inclinándose hacia adelante—. Decir lo que quieres. Por ejemplo, yo quiero invitarte a salir, y no a un café a diez metros de tu casa. Quiero que vengas conmigo mañana a Aix-en-Provence. Pasamos el día allí, vemos las fuentes, comemos algo que no sea estofado de pueblo y fingimos que no existen padres enojados ni compromisos extraños. Y por último… quizás vayamos a mi habitación para hablar sin interrupciones.
La oferta me dejó sin aliento. Era una invitación a un presente claro y sin complicaciones.
La idea me tentó de una manera que me asustó, y por un momento, me permití imaginarlo. Un día de sol, de risas, de ser simplemente Élien, un chico en una cita con otro chico guapo. La tensión que llevaba acumulada en los hombros durante semanas pareció aflojarse.
—No sé si puedo... —comencé a decir, pero Léo me interrumpió con una sonrisa.
—No digas que no, solo di que lo pensarás. Para mí es suficiente.
Algo en su confianza y falta de drama, me hizo reír. Con el sonido de mi propia alegría flotando en el aire... la atmósfera cambió.
Cuando sentí una sombra caer sobre nuestra mesa, levanté la vista y mi risa murió al instante. Sébastien estaba de pie junto a nosotros. No nos había visto por casualidad; nos había estaba mirando fijamente desde el otro lado de la calle y ahora había cruzado sin que nos diéramos cuenta. Su mandíbula estaba tan apretada que parecía tallada en piedra, y sus manos, metidas en los bolsillos de sus pantalones, estaban cerradas en puños.
Sin embargo, fueron sus ojos los que me helaron; estaban oscuros, tormentosos, y fijos en Léo. La mirada de celos puros, irracionales y tan palpables que el aire a nuestro alrededor pareció crepitar. había leído este tipo de reacción en los protagonistas cuando veían lo que "creían suyo" intentar irse de su lado.
Solamente, que aquí, Sébastien no tiene nada.
—Sébastien —dije, mi voz apenas un susurro.
Él parpadeó, como si saliera de un trance, y su mirada se posó en mí. La furia se suavizó en algo más doloroso.
—Élien —dijo con voz robótica—. Te estaba... buscando a mi madre.
La excusa era tan frágil que era casi un insulto. Su mirada volvió a Léo, evaluándolo de arriba abajo con un desdén apenas disimulado, pero Léo le sostuvo la mirada, tranquilo y sin inmutarse.
El silencio se sintió más largo y cargado de todo lo que no se decía.
—Bueno —dijo Sébastien bruscamente—. Veo que estás ocupado.
Sin esperar una respuesta, se dio la vuelta y se alejó con pasos rápidos y rígidos. Se veía como una figura de ira y tormento que dejaba un rastro de tensión a su paso. Me quedé mirando su espalda, y mi corazón comenzó a latir desbocado.
El aire fresco se había ido, reemplazado por la tormenta familiar.
—Vaya —dijo Léo en voz baja, rompiendo el silencio—. Así que... ese era el “caso especial” al que le das clases.
Asentí, incapaz de hablar. La mirada en los ojos de Sébastien no tenía ningún sentido. Él tenía una prometida y no tenía ningún derecho a mirarme así.
Esa mirada irracional y posesiva había revelado más de sus verdaderos sentimientos que mil conversaciones educadas en la biblioteca. Pero no podía ser. Es imposible.