La ligereza y la risa fácil, se habían evaporado, dejando un residuo de tensión. Léo me observaba con ojos oscuros tratando de descifrar el drama silencioso que acababa de presenciar.
—Así que... —dijo Léo, rompiendo el silencio—. Aix-en-Provence. ¿Lo pensarás?
Su voz era suave, pero su pregunta tenía un nuevo peso. Me di cuenta de que su proposición no era solo una invitación a una cita, sino una oferta de escape de... todo. De la mirada tormentosa de Sébastien, de los secretos de mi familia, de la atmósfera sofocante de Bellefontaine y muchas cosas más.
Pero también recordé la última parte de su invitación, la que había añadido con una sonrisa seductora y que había hecho que mi corazón se acelerara por razones muy distintas. “Y por último... quizás vayamos a mi habitación para hablar sin interrupciones.”
La implicación era tan clara como el agua. Léo era un hombre de la ciudad, un hombre que decía lo que quería y actuaba en consecuencia. Además yo no era virgen, la universidad me había curado de eso, pero mis experiencias habían sido escasas y siempre teñidas de una cautela provinciana. La idea de acostarme con alguien a quien apenas conocía, por muy atractivo y encantador que fuera, me asustaba. Era demasiado rápido, demasiado... parisino.
—Lo pensaré, Léo. De verdad —dije finalmente, mi voz más seria de lo que pretendía—. Pero necesito tiempo. Soy... más lento que tú.
Él asintió, una comprensión genuina en su mirada.
—Entendido, prince des livres. El tiempo es tuyo, pero no esperes demasiado, porque no estaré aquí para siempre.
Se levantó, dejó unos billetes en la mesa y se inclinó para darme un beso suave en la mejilla, un gesto que se sintió a la vez íntimo y casual.
—Piénsalo —repitió, y se fue, dejándome solo con mis pensamientos confusos.
El resto del día lo pasé en la librería, pero mi mente estaba en otra parte. Por un lado, estaba la oferta de Léo: una aventura, una conexión física sin ataduras, una bocanada de aire fresco. Por otro, estaba la imagen de Sébastien: un nudo de celos, secretos y una historia compartida que se negaba a permanecer enterrada.
La tarde se convirtió en noche. Sophie se fue, y yo me quedé, como de costumbre, rodeado por el silencio de mis estanterías. Estaba a punto de cerrar, girando el cartel de la puerta a “Cerrado”, cuando la puerta se abrió de golpe, haciendo que la campanilla sonara con una violencia alarmante.
Era Sébastien. No parecía el heredero de los de Valois, parecía un hombre al borde del abismo. Su cabello estaba revuelto, su ropa arrugada, y sus ojos tenían una mirada salvaje y desesperada. Parecía haber caminado por horas, sin haber comido o bebido. Entró y cerró la puerta tras de sí, apoyándose en ella como si sus piernas no pudieran sostenerlo.
—Sébastien, ¿qué pasa? ¿Estás bien? —pregunté, mi corazón latiendo con fuerza por el susto.
Él no respondió, simplemente me miró, su pecho subía y bajaba rápidamente.
—Lo vi —dijo finalmente, su voz era un graznido ronco—. Te vi con él.
—Estábamos tomando un café, Sébastien. No es...
—¡No! —me interrumpió, dando un paso hacia la luz—. ¡No lo entiendes! Crees que mi vida es perfecta, ¿verdad? El príncipe en su castillo. Crees que lo tengo todo.
Se pasó las manos por el cabello, un gesto de pura desesperación. Y entonces, se derrumbó.
—Este compromiso... Isabelle... ¡no es real! —espetó con la amargura retorciendo sus facciones—. ¡Es un maldito acuerdo de negocios! Su familia está en la ruina, y mis padres... mis padres vieron una oportunidad. Unir el poderoso apellido de ellos con nuestro nuevo dinero, es su jugada perfecta.
Las palabras salieron de él en un torrente caótico, como una presa que finalmente se rompía. Se detuvo para tomar aire, mientras sus ojos suplicaban que lo entendiera.
—Tengo que casarme con ella. Tengo que terminar la universidad, tomar el control de las empresas, y producir un heredero... Si no lo hago, si doy un solo paso en falso... me lo quitarán todo. El título, las empresas, el dinero. ¡Todo! ¡No soy el dueño de mi vida!
Escuché, mientras él desnudaba su alma en el suelo de mi librería. La jaula dorada no era una metáfora; era real, y él estaba atrapado dentro. Él era un joven aterrorizado, quién se ahogaba bajo el peso de un legado que no había elegido.
Cuando finalmente se quedó en silencio, temblando por la fuerza de su propia confesión, una extraña calma se apoderó de mí. Mi propio dolor, mi propia confusión, parecieron pequeños en comparación con la magnitud de su desesperación.
Me acerqué a él lentamente, como uno se acerca a un animal herido.
—Lo entiendo, Sébastien —dije en voz baja.
—No, no lo entiendes —susurró, su voz rota—. Te ríes con él, un tipo que es libre de hacer lo que quiera... y yo estoy aquí, encadenado a una mujer que no amo y a un futuro que desprecio.
—Entiendo que te sientas atrapado —dije, mi voz suave pero firme—. Y entiendo que debe ser insoportablemente solitario, pero... no sé qué tiene que ver eso conmigo.
Él me miró, la confusión nublando su dolor.
—¿Qué?
—Yo no soy la causa de tu problema, Sébastien… Y tampoco soy la solución —expliqué, aunque mi corazón estaba doliéndome por la verdad de mis propias palabras—. Solo soy el amigo que está aquí ahora, escuchándote.
Mi calma pareció enfurecerlo más que cualquier argumento, porque se levantó de un salto y su rostro estaba iluminado a medias por la lámpara de mi escritorio, pero era una máscara de agonía y desesperación.
—¿Un amigo? —espetó—. ¿Cómo puedes decir algo así? ¿Cómo puedes estar tan ciego?
Avanzó hacia mí, acortando la distancia entre nosotros hasta que casi pude sentir el calor que emanaba de él. Mi corazón, que se había calmado, comenzó a latir con una violencia descontrolada.
—¿Ciego de qué, Sébastien? —pregunté en un susurro.
Di un paso atrás instintivamente, chocando contra el borde de una estantería. Los libros se estremecieron a mi espalda.