Amor en Provenza (boys Love/ Yaoi)

Peleando por él

Acepté la cita con Léo.

Fue una decisión tomada en el silencio de la madrugada, después de horas de dar vueltas en la cama, con el fantasma del beso de Sébastien grabado en mi memoria. Lo hice por autopreservación, porque Léo representaba la simplicidad; un camino sin las espinas del deber y los secretos. En cambio, Sébastien era un laberinto sin salida.

Necesitaba, desesperadamente, un poco de aire fresco.

El evento local era el mercado semanal de los sábados, pero ampliado por la llegada del buen tiempo. Había puestos de artesanía, música en vivo y el aroma de la lavanda y el queso de cabra flotando en el aire. Era el corazón palpitante de Bellefontaine, el lugar perfecto para ver y ser visto.

Léo encajaba en el bullicio con una facilidad que yo envidiaba. Cuando lo vi, fue como ver un oasis en medio del desierto; fresco, vivaz y lleno de vida, sin mencionar lo atractivo que era para un mortal como yo. Aunque yo era tan guapo como él, Léo era demasiado para este pueblo.

Mientras caminábamos entre los puestos, su risa era fácil y sus comentarios ingeniosos. Compró un pequeño frasco de miel de lavanda, coqueteando descaradamente con la anciana vendedora, que se sonrojó como una adolescente. Me sentí ligero a su lado, casi normal, pero bajo la superficie, mi mente no dejaba de reproducir el beso. Cada vez que Léo rozaba mi mano accidentalmente, un eco del agarre desesperado de Sébastien me recorría. Cada vez que Léo sonreía, veía la agonía en los ojos de Sébastien. Trataba que eso no me distrajera de esta bocanada de aire fresco.

Estábamos examinando unas cerámicas pintadas a mano cuando oí la voz de mi padre. El sonido, cortante y condescendiente, me heló la sangre; estaba a pocos metros de nosotros, hablando con uno de sus socios comerciales, pero su voz se proyectó deliberadamente para que yo la oyera.

—...y por supuesto, Élien está aquí —dijo, con una risa forzada—. Nunca se pierde una oportunidad de... socializar. Siempre ha tenido un talento para atraer la atención.

La mirada de mi padre recorrió de arriba abajo a Léo, juzgando su ropa de diseñador y su aire de confianza parisina. Era un comentario diseñado para avergonzarme delante de este nuevo e impresionante conocido.

Apreté la mandíbula, preparándome para ignorarlo y para tragarme el veneno como siempre. Léo, a mi lado, se tensó, y su expresión se endureció al comprender la hostilidad velada.

—Tiene razón, Monsieur Beaumont. El talento de Élien es notable.

Me giré, atónito. Por un segundo, creí que fue Léo quién había respondido; sin embargo... ¡Sébastien estaba allí! Había aparecido de la nada, flanqueado por sus padres e Isabelle, que parecían tan sorprendidos como yo.

—No todo el mundo tiene la disciplina y la inteligencia para ser el mejor profesor de su campo y, al mismo tiempo, dirigir un negocio con éxito —continuó Sébastien, su mirada fija en mi padre, ignorando a todos los demás—. Bellefontaine tiene suerte de tenerlo.

Mi padre se quedó sin palabras, su rostro era una mezcla de shock y furia. Madame de Valois le lanzó a su hijo una mirada gélida e Isabelle parecía furiosa. Pero Sébastien no vaciló, había trazado una línea en la arena con un cumplido tranquilo y calculado que era, en su contexto, un acto de abierta rebelión.

Había sido una defensa sutil, pero todos en un radio de diez metros entendieron exactamente lo que había sucedido. Me había defendido públicamente, y al hacerlo, se había puesto en mi esquina, en oposición directa a su propia familia y a la mía.

Los ojos de Léo se movieron de mí a Sébastien, tratando de entender la dinámica invisible, pero increíblemente poderosa que acababa de presenciar. Entendió, en ese instante, que esto era mucho más que un “caso especial” de tutorías. No obstante, el momento se rompió cuando Isabelle, recuperando la compostura, tiró suavemente del brazo de Sébastien.

—Querido, el alcalde nos está esperando —dijo, su voz era seda tensada sobre acero y seguidamente, lanzó una mirada gélida en mi dirección antes de arrastrar a Sébastien.

—Bueno —dijo Léo finalmente, su tono ahora desprovisto de toda ligereza—. Eso ha sido... educativo.

—Léo, lo siento... —comencé a decir.

—No te disculpes —me cortó, pero su mirada era seria—. Solo estoy tratando de entender en qué tipo de obra de teatro del siglo XVIII me he metido.

Intenté restarle importancia, reanudar nuestra cita, pero la magia se había roto. La sombra de Sébastien ahora se proyectaba sobre todo.

Un rato más tarde —luego de alejarnos de mi padre—, nos encontramos cerca de uno de los puestos de juegos tradicionales del festival: el lancer de couronnes, un juego de lanzar coronas de flores trenzadas para ensartarlas en estacas de madera. Era simple, rústico y absurdamente popular.

—Parece fácil —comentó Léo, con su confianza parisina intacta—. ¿Apostamos un café a quién consigue más?

—Hecho —acepté, agradecido por la distracción.

La técnica de Léo era elegante, pero sus lanzamientos eran demasiado fuertes. Las coronas volaban más allá de las estacas o rebotaban. Consiguió ensartar una de cinco y se rió de su propio fracaso.

—De acuerdo, quizás no sea tan fácil. Tu turno, príncipe.

Yo crecí jugando a esto, conocía el peso exacto, el arco perfecto que había que trazar en el aire y, con una calma que no sentía por dentro, lancé la primera. Aterrizó perfectamente, luego la segunda y la tercera. La pequeña multitud que se había reunido para ver el juego soltó un murmullo de admiración.

Justo cuando iba a lanzar la cuarta, una voz familiar sonó detrás de mí.

—Impresionante, Élien. Veo que no has perdido el toque.

Era Sébastien quién había vuelto, y solo esta vez. Isabelle no estaba a la vista. Se colocó a mi lado, dando a entender que su proximidad era una declaración. Léo, al otro lado, se enderezó. De repente, el simple juego de feria se convirtió en un campo de batalla.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.