Amor en Provenza (boys Love/ Yaoi)

El corazón roto

El sendero nos llevó a la parte trasera del festival, el cual era diseñado para la tranquilidad. Era perfecto para que los niños jugaran y las parejas se perdieran. Ahora, parecía una trampa perfecta.

La luz del sol se filtraba a través de las enormes cabezas amarillas de las flores, creando un patrón de luces y sombras en el suelo. Sébastien no se detuvo hasta que llegamos al pequeño claro en el centro del laberinto, donde un viejo banco de piedra esperaba.

Se giró para enfrentarme, y la fachada de control que había mantenido en el mercado se desmoronó.

—¿Quién es él? —preguntó, cargado de celos.

—Se llama Léo... Es un amigo mío y de Jean-Luc —respondí, cruzándome de brazos a la defensiva.

—¿Amigo? —se burló, una risa amarga escapando de sus labios—. La forma en que te mira no es precisamente amistosa y cómo le sonreías...

—No tienes ningún derecho a interrogarme sobre con quién paso mi tiempo, Sébastien —repliqué—. Tienes una prometida. ¿O se te ha olvidado?

—¡Claro que no se me ha olvidado! —exclamó, ahora su voz estaba resonando más fuerte en el pequeño claro—. ¡Me lo recuerdan cada maldito segundo de cada maldito día! ¡Me lo recuerda mi madre cuando discute los arreglos florales, me lo recuerda mi padre cuando revisa el contrato matrimonial, y me lo recuerda Isabelle cada vez que me pone una mano encima en público como si fuera un trofeo que acaba de ganar!

Se acercó a mí, y pude contemplar su rostro a punto de explotar.

—Pero luego vengo aquí, y te veo riendo con él, tan libre, tan... ligero. Y es como si me estuvieran retorciendo un cuchillo en el estómago. Porque esa risa debería ser para mí. Ese día de sol debería ser nuestro.

—¿“Debería”? —cuestioné, incrédulo—. ¡No puedes tenerlo todo, Sébastien! ¡No puedes tener a la novia perfecta y la herencia, y luego venir a reclamar... esto! ¡Lo que sea que creas que es esto!

—¡No quiero a la novia perfecta! —gritó, su voz quebrándose—. ¡Te quiero a ti!

Se detuvo, respirando con dificultad, como si las palabras le hubieran costado toda su fuerza.

—Me besaste —continuó con voz rota—. Y luego me echaste. Te defendí delante de tu padre, y luego te reíste con ese. ¿Qué quieres de mí, Élien? Dime qué quieres que haga, porque me estoy volviendo loco.

El mundo pareció inclinarse sobre su eje y la honestidad cruda de su dolor me desarmó por completo.

—Yo... no lo sé —admití, mi voz temblando—. No sé lo que quiero. Todo esto es... imposible.

—Nada es imposible —dijo, su desesperación convirtiéndose en una súplica—. Solo necesito saber si sientes lo mismo. Solo necesito saber si estoy luchando solo en esto.

Estábamos atrapados; él en su jaula dorada, yo en mi prisión de miedo y lógica. La única salida parecía ser la verdad.

—No —susurré, y vi el dolor cruzar su rostro antes de que pudiera terminar—. No estás luchando solo.

Un suspiro tembloroso escapó de sus labios. Cerró los ojos, y una solitaria lágrima se deslizó por su mejilla. Simplemente se quedó allí, absorbiendo mis palabras como un hombre sediento que encuentra agua en el desierto.

Supimos que nuestros cinco minutos habían terminado, cuando escuchamos la campana de la iglesia del pueblo a lo lejos, por lo que tuvimos que regresar del laberinto de girasoles como dos soldados que vuelven de una tregua secreta. Sébastien se reincorporó al círculo de su familia, con su rostro siendo de nuevo una máscara de cortés, aunque yo podía ver la tensión en sus hombros. Y en cuanto a mi, yo volví al lado de Léo, que me recibió con una ceja arqueada y una pregunta silenciosa en sus ojos.

—Asuntos de estado —dije con una ligereza que no sentía.

Continuamos recorriendo el festival, pero la atmósfera había cambiado irrevocablemente. Yo estaba físicamente con Léo, pero mi mente estaba atrapada en el claro de los girasoles, repitiendo en bucle la confesión de Sébastien. Léo, siempre perceptivo, lo notó.

Intentó coquetear, recuperar la ligereza de la mañana. Me compró un algodón de azúcar, bromeando sobre cómo el rosa chocaba terriblemente con mi cabello rojo. Me contó historias de sesiones de fotos en lugares exóticos. Fue encantador, divertido y amable, y no me obligó a nada. Pero yo era un fantasma a su lado, mi sonrisa era forzada y, mis respuestas, monosilábicas. Solo podía pensar en la imposibilidad de todo, en la lágrima solitaria en la mejilla de Sébastien.

Finalmente, la frustración de Léo se hizo evidente. Se detuvo cerca de la fuente de la plaza y me miró directamente.

—Élien, estoy aquí contigo, pero tú no estás —dijo, su tono era de una honesta decepción—. No sé qué te dijo él en ese laberinto, pero te ha arrastrado de vuelta a su órbita.

La culpa me invadió. Él no se merecía esto.

—Lo siento, Léo. De verdad —dije, mi voz sincera—. No es justo para ti. Eres... increíble, pero mi vida aquí es un desastre.

—No tienes que disculparte por tener una vida complicada —respondió—. Pero sí tienes que decidir si quieres seguir viviéndola o si quieres probar algo diferente.

Las calles de Bellefontaine estaban silenciosas y bañadas por la luz dorada del atardecer. Con esa bella vista, Léo me acompañó de vuelta a la librería, pero se quedó en el umbral, observando el interior. Vio las torres de libros, los sillones gastados y las guirnaldas de luces cálidas.

—Esto es hermoso —dijo en voz baja, casi para sí mismo—. Se nota que te gusta lo simple, y lo que tiene alma.

Él, que vivía en un mundo de glamour y superficialidad, había captado la esencia de mi refugio, y de mí mismo. De verdad que me sorprendió.

—Me deja pensando... —continuó, girándose hacia mí.

—¿Pensando en qué? —pregunté, mi curiosidad genuina.

Se acercó, su rostro serio, su mirada buscando la mía en la penumbra creciente.

—Élien, he sido paciente. He intentado ser el chico divertido y sin complicaciones de París, pero ahora necesito una respuesta. ¿Quieres intentar algo conmigo, o vas a quedarte esperando a un príncipe que nunca podrá dejar su castillo?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.