Amor en Provenza (boys Love/ Yaoi)

Señalado con el dedo

No podía negarlo, porque en el fondo, ambos sabíamos que Léo tenía razón. Ese era el único camino lógico y la salida posible en el mundo en que vivíamos. Y su silencio fue una confirmación más dolorosa que cualquier palabra.

Tras el daño creado, Sébastien, herido y acorralado, se abalanzó hacia adelante, refutando con rabia.

—¡Cierra la boca! ¡No sabes nada!

—¡Sé que lo estás destrozando! —gritó Léo, sin retroceder un centímetro.

Estaban a punto de llegar a los golpes en medio del lugar que más amaba y el lugar que consideraba mi santuario. Una pelea así, podría destruir muchas cosas por las que había sacrificado tanto... no toleraré más esto.

—¡Basta! —grité, mi voz rompiéndose—. ¡Los dos, basta ya!

Me interpuse entre ellos, colocando una mano en el pecho de cada uno y... sentí sus corazones latiendo con furia bajo mis palmas. Pero no dejé que el calor de sus cuerpos me distrajera.

—¡Fuera! —ordené con una voz llena de una autoridad que no sabía que tenía—. ¡Salgan de mi librería! ¡Los dos!

Aunque se detuvieron tras mi orden, aun parecían dos perros a punto de pelear.

—Esto no ha terminado —murmuró Sébastien, sus ojos prometiendo una continuación.

—Para mí, sí lo está —dijo Léo, su voz llena de una tristeza final.

Pero por un momento, ninguno de los dos se movió; porque seguían atrapados en un punto muerto, conmigo en el centro, sintiéndome menos como un premio y más como el campo de batalla donde se libraba su guerra.

—He dicho que se vayan —repetí, mi voz más baja pero continuaba siendo autoritaria.

Era como intentar separar dos imanes. Estaban pegados en su confrontación, Sébastien tieso de furia contenida y Léo inmóvil en su desafío.

Sin embargo, fue en ese preciso instante de tensión insoportable que la campanilla de la puerta sonó con una alegría completamente fuera de lugar. Y de todas las personas en Bellefontaine, de todo el universo, la persona que menos debía entrar en ese momento… cruzó el umbral.

Madame Dubois llegó cargada con su cesta de mimbre y una sonrisa en los labios, lista para esparcir el chisme vespertino, pero la sonrisa se congeló y se transformó en una máscara de asombro teatral. Se llevó una mano al pecho y sus ojos muy abiertos comenzaron a moverse de la cara furiosa de Sébastien a la desafiante de Léo, y finalmente a mí, atrapado entre los dos.

—¡Oh, cielos! —exclamó, su voz era un susurro agudo y escandalizado que cortó la tensión como un cuchillo—. ¿Interrumpo algo?

Era la campeona olímpica del drama de pueblo y sabía exactamente que estaba viendo el material para el chisme del año.

—No, en absoluto, Madame Dubois —me apresuré a decir, intentando desesperadamente tejer una narrativa plausible—. Monsieur de Valois y este caballero —continué, sintiendo el sudor frío en mi nuca—, solo estaban teniendo un... debate apasionado sobre literatura. Ya sabe cómo son los parisinos, tan intensos.

Los años de experiencia de Madame Dubois en descifrar el subtexto de Bellefontaine eran legendarios y la excusa era tan delgada como el papel de seda. Ya podía ver los engranajes girando en su cabeza y creando su propia versión de los hechos: una pelea por celos y un triángulo amoroso; eran el escándalo perfecto.

Por supuesto, todos habían visto el pequeño duelo que tuvieron en el mercado, después en el juego y finalmente, que Leo había viajado de parís hasta este pueblo específicamente por mí.

No obstante, Sébastien y Léo intercambiaron una última mirada cargada de hostilidad. Sabían que el juego había terminado y que cualquier movimiento sería reportado, analizado y exagerado por toda la Provenza antes del amanecer.

Sébastien lanzó una última mirada atormentada en mi dirección y, sin decir una palabra, pasó junto a Madame Dubois y salió de la librería. Léo lo siguió un segundo después, pero se detuvo en la puerta y me miró con una expresión de profunda lástima: “Te lo dije”.

Me quedé solo con la chismosa. El silencio que dejó la partida de los dos hombres fue rápidamente llenado por su voz, falsamente dulce.

—Vaya, vaya, Élien —comenzó, acercándose al mostrador como un gato que se acerca a un canario herido—. “Debate apasionado”, dices. No sabía que las discusiones sobre libros requirieran tanta... proximidad física.

—A veces las opiniones difieren, Madame —respondí con educación, pero mi voz era un témpano de hielo.

Justo al tiempo, comencé a ordenar una pila de libros que no necesitaba ser ordenada.

—Oh, estoy segura de que sí —continuó, su tono estaba lleno de insinuaciones—. Ese joven... el parisino, ¡es muy apuesto! Y el joven de Valois, estaba tan alterado y teniendo una prometida tan encantadora... uno pensaría que no tendría tiempo para... debates.

—¿Necesitaba algo, Madame Dubois? —pregunté, cortando su monólogo, mi paciencia completamente agotada.

Ella pareció darse cuenta de que había llegado a un límite. Tomó un libro de bolsillo de la pila de novedades, uno que sabía que no le interesaba en absoluto y me lo extendió.

—Sí, cielo. Solo venía a por mi novela semanal —dijo, pero su sonrisa nunca vaciló—. Cuéntame, ¿de qué autor estaban “debatiendo”? Para saber qué evitar.

Le cobré el libro en silencio, sintiendo su mirada inquisitiva sobre mí. Sabía que en el momento en que saliera por esa puerta, mi “debate apasionado” se convertiría en la comidilla de Bellefontaine. Mi santuario había sido profanado, y yo, una vez más, era el protagonista de un escándalo que no había escrito.

Lo sentí en el momento en que entré en el aula de la universidad. En lugar de repasar sus apuntes, mis alumnos estaban agrupados en pequeños grupos, lanzándome miradas furtivas antes de volver a susurrar entre ellos. No necesitaba ser un genio para saber de qué trataba la conversación. En Bellefontaine, un escándalo fresco viajaba más rápido que la conexión a internet.

Intenté impartir la lección con mi profesionalismo habitual, pero era como hablarle a una pared. Sus mentes no estaban en los números, estaban en el jugoso drama que, según los rumores, había ocurrido en mi librería.




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