—¡Élien!
La voz sonó como una campana clara en medio del ruido de los chismes. Me di la vuelta y vi un espectáculo que me calentó el corazón; Adèle y Sophie —la chica que me ayudaba en la librería y una alumna— venían hacia mí, sonriendo.
—¡No sabía que ustedes dos se conocían! —dije, una sonrisa genuina finalmente rompiendo mi máscara de tensión.
—Estamos en la misma clase de literatura —explicó Sophie, enlazando su brazo con el de Adèle—. Y estábamos hablando de que tenemos al mejor jefe y al mejor amigo del mundo en común.
—Hemos venido a rescatarte —añadió Adèle en voz baja, su mirada recorriendo a las señoras que ahora fingían un interés repentino en las lechugas—. Parecía que necesitabas refuerzos.
Su presencia a cada lado de mí fue como un escudo. Comenzaron a hablar animadamente sobre un nuevo libro que había llegado a la tienda y sobre planes para el fin de semana. Crearon una burbuja de normalidad a mi alrededor, o más bien como una barrera contra los murmullos venenosos. Finalmente sentí que podía respirar.
Mientras Adèle me contaba animadamente sobre la ridícula interpretación que un compañero había hecho de Madame Bovary, sentí un cambio en la atmósfera del mercado. Los murmullos, que se habían calmado con la llegada de mis amigas, volvieron a surgir, esta vez con una nueva intensidad.
Sabía lo que eso significaba antes incluso de levantar la vista, y no tuve que esperar mucho, ya que Sébastien e Isabelle estaban entrando.
Parecían la imagen perfecta de la nobleza provinciana. Isabelle llevaba un vestido de verano blanco impecable y un sombrero de paja de ala ancha, sonriendo y saludando a la gente como una reina visitando a sus súbditos. Sébastien iba a su lado, vestido con una camisa de lino y pantalones claros, pero veía a todos con una educada indiferencia. No obstante, vi la forma en que su mirada recorría la multitud, buscando algo.
Y nuestros ojos se encontraron por encima de una pirámide de melones. Duró solo un segundo, pero justo en ese momento, el bullicio del mercado se desvaneció. Sentía que me miraba con arrepentimiento y anhelo; en cuanto a mi, sentí cómo mi frágil escudo de normalidad se agrietaba.
Isabelle siguió la dirección de su mirada y me vio. Su sonrisa se tensó, volviéndose afilada como el cristal. Se aferró al brazo de Sébastien con más fuerza y le susurró algo al oído, guiándolo deliberadamente en la dirección opuesta a la nuestra.
—Vaya —murmuró Sophie a mi lado—. El circo ha llegado al pueblo.
—Ignóralos —dijo Adèle, con voz firme y me dio un suave codazo—. Estábamos hablando de libros; un tema mucho más interesante, dime, ¿crees que Raskólnikov realmente se arrepintió o solo temía las consecuencias?
Su pregunta, tan académica y tan fuera de lugar, fue un regalo. Me obligó a sacar mi mente del remolino del drama y anclarla en la lógica de la literatura.
—Temía las consecuencias, por supuesto —respondí, uniéndome a su juego—. El verdadero arrepentimiento está más allá de su capacidad narcisista.
Continuamos nuestra conversación, moviéndonos entre los puestos, creando nuestra propia isla de cordura en medio del mar de cotilleos, pero yo era dolorosamente consciente de su presencia al otro lado del mercado. Podía sentir la mirada de Sébastien sobre mi espalda, incluso cuando no lo miraba. Podía sentir el peso de los ojos de todo el pueblo, observando a los protagonistas de su nuevo drama favorito, todos reunidos en el mismo escenario. Solo faltaba que llegara Léo para que fuera la cereza del pastel.
Sin embargo, Adèle, Sophie y yo nos vimos obligados a detenernos. El pasillo estaba bloqueado por una pequeña multitud que se había congregado alrededor de una figura central. Isabelle estaba hablando en voz alta, con un tono falsamente dulce resonando en el aire.
—...y por supuesto, la calidad de las telas es primordial. Mi vestido será una creación única. Chantal Beaumont tiene un talento excepcional, ¿no creen? Es una suerte que una artesana de su calibre esté aquí mismo, en nuestro querido Bellefontaine.
Estaba alabando a mi madre, sí, pero al mismo tiempo estaba reclamando a nuestra familia como artesanos a su servicio. Al mismo tiempo, no paraba de recordarle a todos quién era la futura señora de la mansión. Me mantuve en silencio, pero, extrañamente se me vino a la mente que Isabelle se parece a esos perros que mean a cada rato en las calles, porque están marcando su territorio frente a otro perro.
El destino, o quizás la malicia de Isabelle, quiso que en ese momento Sébastien, que se había alejado para hablar con el panadero, regresara hacia ella. Su camino lo llevó directamente a nuestro lado. No había forma de evitar el encuentro.
—Ah, querido —dijo Isabelle, su voz subiendo un octavo de tono al verlo—. Justo a tiempo. Estaba contándoles a todos sobre el maravilloso trabajo que está haciendo la madre de Élien.
Sébastien se detuvo. Su mirada pasó de Isabelle a mí, y luego a Adèle y Sophie a mis costados. Había una expresión de profundo cansancio en su rostro.
—Estoy seguro de que es así —respondió, su tono era neutro, pero sus ojos me decían otra cosa.
—Élien —dijo Isabelle, girándose hacia mí con una sonrisa radiante que no ocultaba la malicia en sus ojos—. Estaba pensando... ya que estás aquí. Sébastien necesita limones para su té de la tarde. Los suyos son tan exigentes. ¿Serías tan amable de elegir los mejores para él? Sé que tienes buen ojo para la calidad.
El insulto fue sutil, pero increíblemente humillante. No me estaba pidiendo un favor, todo lo contrario: me estaba dando una orden, tratándome ya como a un sirviente delante de todo el mercado.
Sophie soltó un jadeo ahogado y Adèle me lanzó una mirada de furiosa solidaridad. Sentí cómo la sangre se me subía a la cara, una mezcla de ira y vergüenza. Iba a responder, a decirle algo cortante, a negarme... Pero Sébastien dio un paso al frente, interponiéndose ligeramente entre nosotros, y tomó una de las bolsas de tela que Isabelle llevaba.