Amor en Provenza (boys Love/ Yaoi)

La mejor de las suertes

Dejé el mercado con la cabeza dándome vueltas, las voces de Adèle y Sophie un murmullo reconfortante pero lejano, y la defensa de Sébastien se repetía en mi mente, una y otra vez. Llegué a casa esperando encontrar el silencio tenso de siempre, pero en su lugar, me recibió una melodía suave, que se filtraba desde el salón. Un vals lento, una de esas viejas canciones de la Provenza que hablan de campos de amapolas y amores de verano. La valse d’Amélie.

Dejé la bolsa con las verduras sobre la pequeña mesa del recibidor con cuidado para no hacer ruido, y me asomé por el arco de la puerta. La escena que vi me dejó sin aliento.

En el centro de nuestro salón, mi padre sostenía a mi madre en sus brazos, guiándola en un círculo lento y elegante al compás de la música. Él le susurraba algo al oído, y ella reía de una manera que no le había escuchado en años. La sonrisa en el rostro de mi padre... era una que no había visto desde que yo era un niño muy pequeño.

Por un instante, no eran mis padres; eran Alain y Chantal, dos personas enamoradas. Y con una punzada de culpa, recordé que era su aniversario.

Mientras yo estaba siendo zarandeado por los chismes y el drama público, ellos estaban aquí, en su propia burbuja, celebrando décadas de un matrimonio que yo siempre había considerado una prisión silenciosa. Justo ahora, se veían felices. Y la pregunta que había estado latente en mi mente desde aquella noche... estalló con una fuerza abrumadora: ¿Entonces, por qué?

El crujido de una tabla del suelo bajo mi pie delató mi presencia. La música siguió sonando, pero se dieron cuenta de que yo estaba allí y la sonrisa de mi padre se desvaneció como una vela que se apaga, dejando tras de sí, su cara familiar. Mi madre se sonrojó, como si la hubieran sorprendido en un acto íntimo.

Era ahora o nunca. El momento de vulnerabilidad, la celebración, la confusión... todo convergió. Me armé de un valor que no sabía que tenía.

—Papá —dije, mi voz estaba más firme de lo que me sentía—. ¿Por qué te pusiste así con Jean-Luc?

Ambos me miraron, sorprendidos por mi audacia. Vi a mi madre lanzar una mirada de advertencia a mi padre, pero él la ignoró. Me sostuvo la mirada, y por primera vez, no vi desprecio, sino una especie de cansancio evaluador. Quizás el día especial lo había ablandado o simplemente se había cansado de la guerra fría desde nuestro enfrentamiento en mi librería.

—Ven a la sala, Élien —dijo mi padre, su tono era serio, sin rastro de ira—. Tu madre nos preparará un té. Es hora de que hablemos.

Nos sentamos en los sillones, mientras el ambiente estaba cargado de expectación. Cuando mi madre regresó con la bandeja de té, me di cuenta de que este era un consejo de guerra familiar, uno que llevaba años gestándose. Decidí empezar yo, aprovechar la tregua para exponer mi versión, para mostrarles las heridas que sus silencios me habían causado.

—Siempre pensé... —comencé, mi voz temblorosa al principio, pero ganando fuerza—. Siempre creí que habías engatusado a mamá para que no se quedara con él. Que la habías atrapado aquí, en Bellefontaine, lejos de sus sueños en París. Pensé que odiabas a Jean-Luc porque representaba todo lo que ella había perdido... por tu culpa.

Mi padre escuchó en silencio y mi madre me miró con una infinita tristeza.

—Y pensé —continué, la confesión saliendo a borbotones—, que me odiabas a mí porque, de alguna manera, yo era la prueba viviente de esa trampa. Porque no era el hijo que querías, porque te recordaba que ella nunca te habría elegido si no hubiese quedado embarazada.

Cuando terminé, el silencio fue absoluto. Esperaba una explosión, una negación furiosa; en cambio, mi padre suspiró, un sonido profundo, lleno del peso de los años.

—Tu versión de la historia es... dramática, Élien —dijo, su voz desprovista de sarcasmo—. Ahora entiendo porque te gustan los libros, pero estás equivocado.

Fue mi madre quien tomó la palabra, como si estuviera desdoblando un viejo trozo de seda.

—Jean-Luc y yo fuimos novios, sí. Durante casi dos años en París, pero fue hace dos décadas. Éramos jóvenes, ambiciosos, convencidos de que íbamos a conquistar el mundo de la moda.

Miró a mi padre, quien asintió, dándole permiso para continuar.

—Pero París puede ser un lugar cruel, y, yo era ingenua. Descubrí que Jean-Luc... no era tan leal como yo pensaba. Tenía a otra mujer, alguien con más dinero y con más contactos. Y lo peor, es que descubrí que muchas de “nuestras” ideas, los diseños que habíamos creado juntos, él los estaba presentando como exclusivamente suyos para impresionar a esta otra mujer y a su familia. Había usado mi talento, mis ideas... todo.

La revelación me dejó atónito. La imagen del Jean-Luc encantador y solidario se hizo añicos.

—Me sentí humillada y destrozada —continuó mi madre—. Así que huí. Mi familia es de aquí, como sabes. Mis padres, tus abuelos, me recibieron sin hacer preguntas. Tu abuela, de quien sacaste esa belleza —añadió con una sonrisa melancólica—, me cuidó hasta que volví a sentirme yo misma.

—Los chismes viajan, incluso desde París —intervino mi padre, su voz era un gruñido bajo—. Las historias se olvidan con el tiempo, pero siempre se quedan en los oídos correctos. Así fue como me enteré de lo que ese hombre le había hecho a tu madre, mucho antes de conocerla.

—Meses después —retomó mi madre—, cuando ya me sentía más fuerte, los abuelos de Sébastien dieron uno de sus famosos bailes de verano. Mis padres me obligaron a ir, y allí conocí a tu padre. Bailamos y hablamos… y todo lo que Jean-Luc no era... Alain si lo era.

De repente, todo cobró un sentido doloroso. La mirada de mi padre hacia Jean-Luc no eran celos por un amor perdido; era la rabia de un hombre que veía al monstruo que había herido a la mujer que amaba, entrando de nuevo en su casa, sonriendo como si nada hubiera pasado.

—No comprendía por qué lo recibiste en casa, por qué reías con él —admitió mi padre, mirando a mi madre por fin con una vulnerabilidad que nunca había presenciado—. Temía que, después de tantos años, todavía sintieras algo por él.




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