Amor en Provenza (boys Love/ Yaoi)

El rompe-hogares

La noche de Bellefontaine nos recibió con un aire fresco y puro que olía a tierra y a promesas. En un instante, mi padre, quien nunca había sido una persona que demostrara afecto con gestos, tocó brevemente mi mano, casi por accidente, pero sentí que era un reconocimiento callado de que todo había cambiado. Mi madre, por su parte, entrelazó su brazo con el mío y descansó la cabeza en mi hombro.

En ese simple paseo nocturno, bajo un cielo repleto de estrellas, experimenté cómo los fundamentos de mi familia, que pensaba que estaban fracturados e inestables, se reajustaban y se afianzaban con mayor fortaleza que antes.

Tras unos largos minutos de caminata, nos encontramos en la puerta de nuestra vivienda y, antes de entrar, observé a mis padres, a quienes la luz del porche iluminaba sus caras, agotadas pero tranquilas.

—Gracias —respondí, mi voz apenas un susurro, pero la palabra llevaba consigo el peso de diez años de malentendidos—. Por todo.

Vi una dulzura en los ojos de mi padre que pensé que había desaparecido para siempre, y él asintió. —Eres nuestro hijo, Élien —dijo, como si fuera la explicación más sencilla y a la vez más profunda del mundo.

Mi casa, por primera vez en muchos años, se percibía como un hogar, y, mientras subía las escaleras hacia mi habitación, una profunda sensación de paz se asentó en mí. Tenía mi librería, tenía un amor por el que valía la pena luchar.

A pesar de que el pueblo continuaría murmurando, una profunda sensación de paz se apoderó de mí mientras subía las escaleras hacia mi cuarto. Contaba con mi librería, tenía un amor por el cual merecía pelear y, por primera vez, sentía que contaba con mi familia.

Al día siguiente, tuve que ir a dar mis clases como siempre; sin embargo, el aula tenía una calma extraña, ya que la atmósfera de curiosidad contenida reemplazó los murmullos de los días previos. La clase acerca del ciclo contable se desarrolló sin contratiempos, pero noté una ligera modificación en el respeto que me brindaban, era como la admiración que se le tiene a una persona que ha sobrevivido a un suceso cataclismo.

Iba de camino a la librería, pero, como era de esperarse, Madame Dubois estaba junto al puesto de flores de la plaza, rodeada por su habitual corte de señoras, gesticulando dramáticamente con un ramo de peonías.

—...y no eran solo un par de maletas, queridas —la oí decir, su voz de soprano de chismes llegando claramente hasta mí—. ¡Eran baúles! El chófer tuvo que hacer dos viajes. ¡Toda la familia de la Roche, con cara de funeral, metiendo sus cosas en el coche como si huyeran de la peste!

En ese momento, sus ojos se encontraron con los míos y una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro.

—Parece que se han ido de la mansión de los de Valois —anunció en voz alta, asegurándose de que yo, y todos a nuestro alrededor, la escucháramos—. ¡El compromiso está roto! ¡Se rumorea que se ha cancelado la boda!

Su mirada, y la de todas las señoras… se clavaron en mí. No necesitaban decir mi nombre, porque yo era la única anomalía en su ecuación. Una de las mujeres, la esposa del carnicero, no fue tan sutil. Bajó la voz, pero no lo suficiente.

—Yo oí que el joven Sébastien rompió el compromiso... por un hombre —dijo, la palabra “hombre” pronunciada con un siseo escandalizado, como si fueran a invocar al demonio.

Me sentía como un acusado en un juicio público, donde yo era el villano principal. Ahora solo faltaba que me llevaran a la horca o a la hoguera para terminar este tremendo circo que habían creado, así que, me preparé para la andanada de miradas y susurros, pero antes de que pudiera moverme, sentí que me agarraban por ambos brazos.

—¡Profesor Beaumont! ¡Qué coincidencia! —exclamó Sophie, apareciendo a mi derecha. —¡Justo íbamos a la librería! —añadió Adèle a mi izquierda—. Tenemos una pregunta urgentísima sobre la metafísica en la poesía del siglo XIX.

Como dos ángeles guardianes, me sacaron de la línea de fuego, alejándome del puesto de flores y de las miradas inquisitivas. No nos detuvimos hasta que estuvimos a una distancia segura, al otro lado de la plaza.

—Gracias —dije, soltando un suspiro de alivio—. Me han salvado de ser devorado vivo.

—Para eso están las amigas —dijo Adèle. —Pero... —añadió Sophie, sus ojos brillando con una curiosidad incontenible— a cambio...

—...queremos el chisme —terminaron ambas al unísono, sus rostros expectantes.

Las miré, a estas dos jóvenes brillantes y leales que se habían convertido en mi inesperado equipo de apoyo. Así que les diría algo de verdad, solo para que se calmaran.

—Lo que dice Madame Dubois... es cierto. Sébastien rompió su compromiso con Isabelle.

Hicieron un chillido ahogado y se agarraron la una a la otra, con los ojos muy abiertos por la emoción, como si acabara de confirmarles el final feliz de su novela romántica favorita.

—¡Lo sabía! —susurró Sophie con fervor. —¡Esto es mejor que cualquier libro que hayamos leído en clase! —declaró Adèle.

Su alegría, tan pura y sin complicaciones, era contagiosa. Por un momento, el escándalo no pareció tan aterrador.

Por primera vez en mi vida, no experimentaba culpabilidad en mi corazón, a pesar de los rumores que indudablemente circulaban por cada esquina de Bellefontaine.

La tarde en la librería pasó de manera placentera y normal. Sophie se encontraba detrás del mostrador, registrando un nuevo lote de libros de bolsillo, mientras que Adèle había salido después de nuestra sesión de chismes, pero no sin antes reordenar la mitad de la sección de filosofía solo por diversión. En ocasiones deseaba poder emplearla; su pasión por los libros era tan evidente que iluminaba la tienda. Sin embargo, mis ingresos apenas alcanzaban para mantener las luces encendidas y para pagarle a Sophie.

Estaba colocando un libro en un estante alto cuando la campanilla de la puerta sonó con un tintineo familiar.




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