Amor en Provenza (boys Love/ Yaoi)

El camino de la felicidad

Sébastien me llevó al “Le Coq d’Or”, que es el restaurante más romántico de Bellefontaine, el cual era un clásico para el pueblo. Era un sitio reducido, con mesas cubiertas de manteles a cuadros y velas titilando en cada mesa; las paredes estaban decoradas con utensilios antiguos de cobre. La dueña, una dama de complexión robusta y con una sonrisa cordial, nos miró con los ojos muy abiertos —confirmando el rumor—. Sin embargo, nos condujo a la mejor mesa, ubicada en un rincón al lado de la ventana que daba al jardín, y sin hacernos preguntas.

Después de sentarnos, un nerviosismo encantador se apoderó de nosotros, lo cual era una ironía, porque habíamos confesado nuestros sentimientos más profundos y habíamos atravesado un campo de batalla emocional; sin embargo, en ese momento, dentro de una cita normal, nos comportábamos como dos adolescentes. Mientras él analizaba el menú con una concentración excesiva, yo jugueteaba con la servilleta. Luego, pedimos la cena: él un confit de pato, yo un pescado asado con hierbas provenzales. Además, pedimos una botella de vino rosado autóctono. Cuando el mesero se marchó, todas las preguntas que todavía estaban en el aire llenaron el silencio.

—Así que... las noticias vuelan rápido en este pueblo, ¿verdad? —dijo con una pequeña sonrisa.

—Más rápido que la luz —confirmé, tomando un sorbo de agua—. ¿Son ciertos los rumores?

Él asintió, su expresión se volvió seria, pero no triste.

—Sí. El compromiso está oficialmente roto, tal y como dicen los rumores.

Apoyó los codos en la mesa, su mirada se encontró con la mía, directa y honesta.

—Después de que ustedes se fueran, la conversación continuó durante horas. Isabelle, por supuesto, estaba furiosa. Hubo gritos, acusaciones y lágrimas, pero al final, nada podía hacer.

—¿Y su familia? ¿La quiebra? —pregunté, una punzada de culpa asomando a pesar de todo.

—Mi padre se sintió responsable —explicó Sébastien—. Por haberles dado lo que resultó ser una falsa esperanza. Así que, antes de que se fueran, hizo una llamada a un viejo socio en París.

Hizo una pausa mientras el camarero servía el vino.

—Ese socio se reunirá con los de la Roche, y les ayudará a reestructurar su deuda. No será fácil para ellos, pero no terminarán en la calle. Después de todo, como dijo mi padre, su nombre todavía tiene peso y, además, es lo que mi padre iba a hacer desde un principio con ellos, solamente que tendrán el apoyo adecuado.

Sentí una oleada de alivio. No había alegría en la ruina de nadie, ni siquiera en la de Isabelle.

—Eso es... decente por parte de tu padre —admití.

—Está aprendiendo —dijo Sébastien con una media sonrisa—. Lo cual me lleva a la otra parte… lo de los documentos.

Sus ojos brillaban con el resplandor de las velas mientras bebía un sorbo de vino.

—Claro, mi padre pensaba que era un fraude y no confió en mí ni en ti. Hizo que su equipo de abogados de Marsella revisara cada línea del codicilo. Pasaron la noche entera haciendo eso. —¿Y? —dije, sintiendo que mi corazón latía un poco más rápido. —Y esta mañana, justo antes de que los de la Roche se marcharan, le llegó la llamada. —La sonrisa de Sébastien se amplió, transformándose en una expresión de alegría pura y liberada—. Es cierto, Élien, y tuvieron que confirmarlo. Es un documento de carácter legal vinculante, y es obligatorio cumplirlo.

Tomó mi mano después de extender la suya sobre la mesa.

—Nuestras manos ya no están atadas.

Un peso que ni siquiera sabía que aún cargaba se desvaneció de mis hombros. La angustia de las semanas pasadas, el temor perpetuo, la incertidumbre... todo desapareció y fue sustituido por una paz imponente y profunda.

Al final, el corazón de los dos estaba en paz.

Transcurrieron dos semanas de una normalidad tan dulce y tranquila que en ocasiones parecía un sueño. Caminábamos juntos por el pueblo, y a pesar de que las miradas inquisitivas no se desvanecieron, la malicia en ellas había disminuido y fue sustituida por una especie de asombro resignado. Sébastien pasaba la mayoría de las tardes en la librería, leyendo en uno de los sillones o ayudándome a ordenar estantes. Sabía que tenía mucho que hacer, pero aun así prefería estar conmigo.

Adèle entró en la librería un viernes por la tarde, con una mirada que brillaba de manera sospechosa.

—Paquete especial para Monsieur Beaumont —dijo, pasándome un sobre pequeño de papel grueso que estaba sellado con cera—. No contaba con un remitente.

La abrí con una curiosidad especial que no había sentido desde que recibí esos libros de edición especial. Y dentro, había una sola tarjeta con una caligrafía elegante que reconocí al instante como la de Sébastien.

“Ven a la casita al atardecer. Te estaré esperando para la cena.”

No habíamos vuelto allí desde que éramos niños. Sentí mi corazón latir con algo que solo Sébastien podía ocasionar. Miré a Adèle, que sonreía de oreja a oreja.

—Parece que eres mi cómplice.

—Soy la secuaz —declaró, enlazando su brazo con el mío—. Y tengo órdenes estrictas de asegurarme de que el invitado de honor llegue a tiempo.

Con el sol que empezaba a bajar y a pintar el cielo de colores morados, rosas y naranjas… recorrimos los caminos conocidos que salían del pueblo. El aire olía a tierra caliente y, conforme nos íbamos acercando, la embriagadora fragancia de la lavanda llenó mis fosas nasales. Doblamos la última curva del camino… y me quedé inmóvil, sin aliento.

Estaba todo allí, como si el tiempo no hubiera pasado. La vieja mesita desvencijada y las dos sillitas que habíamos rescatado de un contenedor de basura, ahora estaban lijadas y pintadas de un azul brillante. Una vieja caja de madera sobre un tronco que simulaba nuestra estufa. Una gran caja de cartón con una pantalla dibujada y dos perillas de corcho que había sido nuestra televisión. Había añadido toques nuevos: guirnaldas de luces cálidas que serpenteaban por las aspas inmóviles del molino, y globos blancos y plateados que flotaban suavemente con la brisa.




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