El día de nuestra boda, el cielo lucía tan azul que parecía pintado. El aire de la Provenza era cálido, vivo y aromático; se impregnaba con el perfume embriagador de la lavanda, que a nuestro alrededor se movía en suaves olas moradas. Seleccionamos el único sitio que nos parecía lógico: el claro al lado del molino antiguo, donde antes se encontraba nuestra casa de juegos y donde habíamos hecho una promesa de futuro.
La "casita" había sido transformada maravillosamente con guirnaldas de flores silvestres y cintas de lino blanco que se entrelazaban en las aspas del molino. Sillas de madera blanca estaban dispuestas en hileras ordenadas sobre la hierba, y al final de un pasillo cubierto de pétalos de rosa, se alzaba un sencillo arco de madera de olivo.
Todo era simple, natural y profundamente nuestro estilo. Nada extravagante como solía ser en los bailes y otras celebraciones.
Mientras esperaba junto a mi padre al inicio del sendero, mi corazón latía como un tambor constante pero era de felicidad. Llevaba un traje aún más hermoso que el traje que me confeccionó mi madre para el día del baile, este era de lino blanco, con una camisa azul debajo. Mi padre, a mi lado, lucía un traje marrón oscuro y una expresión de solemne orgullo.
—¿Listo? —preguntó.
—Más que nunca —respondí.
La música comenzó a sonar con el suave arpegio de una guitarra clásica… y comenzamos a caminar.
Mientras avanzaba por el pasillo de pétalos, levanté la vista, y lo que vi me llenó los ojos de lágrimas. Todo el pueblo Bellefontaine estaba allí; tenderos, granjeros, mis alumnos, mis clientes, incluso Madame Dubois, abanicándose con una expresión de puro éxtasis dramático. Como era tradición, cuando alguien del pueblo se casaba, todos asistían y habían traído cestas llenas de fougasse y pissaladière, jarras de limonada casera y botellas de vino rosado.
Era consciente de que nuestra boda sería el chisme del año o quizás de toda la década. Era consciente de que hablarían, examinarían cada pormenor y crearían sus propias interpretaciones de nuestra historia. Sin embargo, al caminar hacia mi futuro en medio de esa comunidad imperfecta pero indiscutible, no me preocupó.
Sébastien estaba allí, esperándome bajo el arco de olivo. Él también iba vestido de blanco, haciendo juego con algunos detalles. La luz del sol iluminaba su cabello y su rostro mostraba una expresión de amor tan puro y tan aplastante que me sentí como si fuera la única persona en el planeta.
Mi padre me entregó con un apretón de manos a Sébastien, un gesto de confianza y bendición.
—No hace falta que te diga algo, porque ya te lo he dicho antes —dijo mi padre—, pero quizás te venga bien una amenaza.
Tragué saliva.
—Si lo haces llorar… yo te haré llorar a ti.
Viniendo de mi padre, era como si alguien te dijera que te va a hacer sufrir mucho. Sin embargo, Sébastien solamente lo escuchó y sonrió con tranquilidad.
—Eso jamás. Si lo llego a lastimar, yo mismo vendré a buscar mi castigo.
Mi padre, satisfecho con su honestidad, dejó que nos tomamos de la mano, y, acto seguido, nos giramos hacia el oficiante.
Las palabras de la ceremonia flotaron a nuestro alrededor, mezclándose con el zumbido de las abejas en los champs de lavande y los susurros del viento. Pero solo nos oíamos el uno al otro.
Cuando llegó el momento de los votos, que habíamos escrito nosotros mismos, nos miramos a los ojos.
—Yo, Sébastien, te tomo a ti, Élien —comenzó, su voz clara y firme, resonando en el aire cálido—, como mi esposo, mi compañero y mi mejor amigo. Te prometo reír contigo en los buenos tiempos y sostenerte en los malos. Prometo llenar nuestra casa de libros y de girasoles. Y te prometo que, desde este día hasta el final de mis días, mi único hogar serás tú.
Quise llorar, pero no quería arruinar el momento, porque ahora era mi turno.
—Yo, Élien, te tomo a ti, Sébastien —dije, mi voz temblando por la emoción—, como mi esposo, mi refugio y mi aventura. Prometo compartir contigo mi té y mis silencios. Prometo escucharte siempre, incluso cuando no digas nada. Y te prometo que, en cada capítulo de nuestra vida, mi página más importante… siempre serás tú.
Nos deslizamos los anillos de oro en los dedos, sellando nuestra promesa.
—Por el poder que me ha sido conferido —anunció el oficiante con una sonrisa radiante—, los declaro esposos. Pueden besarse.
Con el aroma de la lavanda a nuestro alrededor, bajo el sol provenzal y rodeados de nuestra familia y nuestro pueblo, nos besamos. Nos separamos riendo, con las frentes aún juntas, y un estallido de vítores y aplausos rompió el silencio solemne. Las personas se pusieron de pie, creando alrededor nuestro, una multitud feliz y nos encontramos envueltos en un remolino de abrazos, felicitaciones y alguna que otra lágrima de alegría. Una de las primeras personas que se presentó fue Madame Dubois, quien llegó a nosotros abanicándose a una velocidad vertiginosa.
—¡Oh, mis queridos! ¡Se ha tratado del romance del siglo! —dijo, mientras sus ojos brillantes examinaban cada detalle para su reporte futuro—. ¡Más dramático que una novela de Balzac! ¡Y mucho más gratificante!
Adèle y Sophie nos abrazaron juntas, sus rostros sonrojados por la emoción.
—Finalmente —susurró Adèle, apretando mi mano—. El final feliz que te merecías.
—He documentado cada segundo —añadió Sophie, mostrándonos su teléfono con una sonrisa pícara—. Su historia se contará durante generaciones.
Mi madre me abrazó con una fuerza que me dejó sin aliento, susurrando “estoy tan orgullosa de ti” en mi oído. Madame de Valois, con una elegancia serena, hizo lo mismo con Sébastien, y luego, para mi sorpresa, se acercó y me tomó las manos.
—Bienvenido a la familia, Élien —dijo, y en sus ojos vi una paz genuina—. Cuida de mi hijo. —Con mi vida —respondí, y supe que lo decía en serio.