Capítulo 2. Máximum y Mínimum
La mañana de Maks comenzó con el insistente timbre de su teléfono. Tenía esa melodía asignada exclusivamente para Valik.
—¡¿Por qué demonios llamas a estas horas?! —gruñó Maks, todavía medio dormido, estirándose para alcanzar el teléfono y contestar la llamada.
—¡¿Aún estás durmiendo?! ¿Has visto qué hora es? ¿O es que ya decidiste que no vamos al liceo a mentir sobre la reforma y a conocer mejor a Mary? —se burló abiertamente Valentín, sabiendo perfectamente que ese era el anzuelo infalible.
—¿Yo? ¡Si llevo horas despierto! —mintió Maks con la voz más enérgica que pudo fingir—. Ya me levanté, me di una ducha y me comí unos panqueques. Y tú ve bajándote de la nube con lo de Mary. Vamos al liceo, sí, pero el que la va a conocer mejor soy yo —dejó las cosas claras Maks.
—Sí, claro... Te comiste los panqueques... ¡Mentiroso! Estoy sentado aquí en tu cocina y hoy Olga Petrovna no preparó panqueques, sino vertuta de cereza. Así que, mientras tú sigues ahí roncando, me lo voy a comer todo y no te voy a dejar ni un trocito —se escuchaba la risa de Valentín a través del altavoz.
—¡¿Pero qué estás diciendo?! —Maks saltó de la cama de un brinco, como alma que lleva el diablo—. ¡Mis padres te pueden oír, o el mocoso! ¿De verdad estás en mi cocina?
—Sí, en la cocina, tomando cacao. Tus padres salieron desde muy temprano y Serguéi sigue frito en la cama. En eso es idéntico a ti. No te alteres, todo está bajo control. La furgoneta del jardinero ya está lista y yo tengo las llaves —informó Valentín.
Maks se vistió a toda prisa, aunque se las arregló para darse una ducha rápida.
—Vaya, no pasó ni media hora y por fin salió el sol —bromeó Valentín—. Maximuse, ¿eres tanto o qué? ¿Qué fue lo que acordamos ayer? ¡Mírame y piénsalo!
Maksim miró a Valentín y se dio un palmetazo en la frente.
—¡Es verdad! Me puse la ropa que no era —cayó en la cuenta Maks.
—Maximuse, si quieres llamar la atención de una chica como Mary, vas a tener que poner a trabajar tus dos únicas neuronas. Ella te va a calar enseguida —Valentín lo bajó de la nube de un plumazo.
—¡Val, que todo va a salir de diez! Ahora mismo me cambio rápido —respondió Maksim.
—Más vale que te apures, o no te dejo ni un solo pastelito —lo motivó Valentín.
—¡Oye! Que Olga Petrovna los preparó para mí —protestó Maksim, regresando corriendo a la mesa para arrebatar al menos un pastelito.
—El que se levanta primero se queda con los mejores zapatos. Como sigas durmiendo tanto, al final no iremos a ninguna parte —dijo Valentín—. ¡Y no te olvides de quitarte el reloj!
—¡Es verdad! —se escuchó ya desde el pasillo.
Diez minutos después, un Maks completamente diferente apareció ante Valentín. Llevaba unos vaqueros desgastados y una camiseta de color naranja brillante.
—Ayer también le pedí prestadas las gafas de sol al jardinero —presumió Maks, mostrando el accesorio.
—Tómate el cacao y vámonos. Ya es hora —lo apresuró Valentín.
—¡Oigan! ¡¿Y ustedes quiénes son?! —se escuchó la voz de Serge a la espalda de Maks.
—Enano, no me amargues el día desde la mañana —respondió Maksim a modo de saludo.
—¿Qué pasa, asaltaron una tienda de segunda mano? —preguntó Serguéi, acercándose y robándose el último pastelito.
—¿Robándole la comida a tu hermano? —bromeó Maksim—. ¿Y tú por qué te levantaste tan temprano?
—Ay, como si te fuera a dejar sin comer. Hoy tengo una clase particular —respondió el chico.
—¡Opa! Pero si terminaste el año escolar bien, ¿no? ¿O me perdí de algo? Estás de vacaciones, ¿qué clase particular ni qué ocho cuartos? —se extrañó Maks.
—A ti te dará igual el estudio, pero yo he decidido ponerme las pilas para terminar el liceo con las mejores calificaciones —presumió Serguéi.
—¿Y a santo de qué viene esto? ¿O es que papá ya te prometió algún premio? —Maks no entendía ese repentino amor de su hermano menor por el estudio.
—Solo quiero demostrarle a mis padres que al menos uno de sus hijos vale para algo —le lanzó la pulla Serguéi.
—Ay, Mínimum, tú siempre tan sorprendente —no se quedó callado Maksim. Sabía perfectamente que a Serguéi le reventaba que lo llamaran «Mínimum», sobre todo porque a Maksim, por ser el hermano mayor, solían llamarlo «Máximum».
—¡Oooof, por favor, no empiecen! —intervino Valentín—. Vámonos, que se nos hace tarde.
—¿Y a dónde van tan «glamorosos»? —preguntó Serguéi, muriéndose de la curiosidad.
—¡No me lo vas a creer! A trabajar —respondió Maksim.
—¡Pues no, no te lo creo! —remató Serguéi.