Capítulo 3. Una elección espléndida
—¿Y por qué se supone que soy un mentiroso? —se indignó Maksim.
—¡Toma, quédate con tu dinero! —exclamó Serguéi, arrojándole a Maks los cinco billetes verdes—. ¡No le voy a mentir a Mary! ¡No quiero que, cuando todo se descubra, ella me vea como un mentiroso y un canalla! ¡Yo no soy como tú!
—¡¿Y por qué voy a ser yo un mentiroso y un canalla?! —Maks también levantó la voz.
—¡¿A qué fuiste a nuestro liceo?! ¿Te crees que no te vi cómo te le quedabas mirando a Mary, babeando por ella? ¡No te la mereces! ¡Ella es inteligente y hermosa, no como tus huecas operadas que ni se saben la tabla de multiplicar! —Serguéi gesticulaba con una enorme carga emocional.
—Propongo que hablemos con calma. ¿Quieres que nuestros padres lo escuchen todo? —preguntó Maksim, logrando apagar un poco el fuego de Serguéi—. Admito que Mary me gusta. ¿Qué tiene de malo que quiera ayudar a mejorar las condiciones de estudio de los alumnos? Por cierto, las tuyas también. ¿Y quién se supone que no se sabe la tabla de multiplicar? —quiso saber Maks.
—¡Bájate de esa nube! Mary no te va a hacer caso. A ella no le gustan los tipos como tú. Y si quieres saber, pregúntale a Mónica cuánto es seis por seis u ocho por cuatro. Es una gallina boba que solo sirve para cacarear —Serguéi estaba completamente desatado.
—¿Ah, sí? ¿Y qué tipo de hombres le gustan? ¿De dónde lo sabes? —se interesó Maks.
—¡Hombres normales! Hombres de verdad. Yo no voy a ser cómplice de tu mentira. Invité a Mary a mi cumpleaños y prometió venir. Así que lárgate de nuestro liceo. Al fin y al cabo, tu mentira saldrá a la luz tarde o temprano. No sabes hacer nada de nada. ¡Tienes las manos de trapo! —bramó Serguéi antes de dar un portazo e irse a su habitación.
—¿Qué demonios acaba de pasar? —preguntó Valentín. Jamás había visto a Serguéi así.
—Debí haberle ofrecido más —dijo Maks pensativo, mientras recogía los billetes—. Pero qué se le va a hacer, es la edad de la punzada.
—Me parece que no eres al único al que le gusta Mary. Vaya lío en el que te metiste —constató Valentín.
—Ya se le pasará el berrinche. Mejor llama a esos obreros para vernos con ellos. Esperemos que pasen nuestro control de calidad —sugirió Maksim, aunque por dentro pensaba que lidiar con Serguéi sería mucho más difícil de lo que imaginaba.
—Tenemos cinco opciones de cuadrillas. Las veremos a todas hoy. A alguien tendremos que elegir —planeó Valentín.
—¡Valik, si es que tenemos una elección espléndida! Cuando vean que no son nuestra única opción, seguro que hasta nos hacen un descuento —dijo Maksim con optimismo.
Sin embargo, con las cuadrillas de obreros las cosas tampoco resultaron tan sencillas. El primer grupo que llegó a la plaza cerca del liceo exigió una suma exorbitante; Valentín prometió pensarlo y llamarlos más tarde. Maksim fue mucho más categórico.
—¡Qué estafadores! ¡Esto no es la alcaldía, es un liceo! ¡Vaya tarifas! ¡Ahí es donde está la mina de oro! ¡A trabajar y a ganar billetes verdes! —se indignó Maksim.
—¿Tú te crees que trabajar de eso es tan fácil? Yo creo que pidieron una suma justa para un plazo de entrega tan corto —rebatió Valentín—. Oye, mira, ¿esos no vienen hacia nosotros?
La siguiente cuadrilla vestía unos modernos y nuevecitos trajes de construcción, llevados directamente sobre el torso desnudo, sin camiseta. Resultó que algunas mujeres contrataban este servicio para espectáculos de strippers disfrazados de obreros.
—Gracias, muchachos, pero definitivamente se equivocaron de dirección. Nosotros necesitamos hacer una reforma real: blanquear, pintar, pegar papel tapiz, no tirarnos a las profesoras —respondió Maks, intentando imaginar cómo reaccionaría Mary ante aquellos obreros musculosos.
—Bueno, podemos montar un show para la inauguración del liceo cuando termine la reforma. La pintura aburre a cualquiera, pero nosotros podemos enseñarles cómo se maneja un taladro, cómo gira un destornillador y... —promocionaba a su «cuadrilla» el tipo más fornido.
—Gracias, pero ya tenemos nuestro propio taladro y destornillador, y funcionan de maravilla. No nos sirven. Adiós —lo cortó en seco Maksim, imaginándose a ese fresco merodeando cerca de Mary con un destornillador. ¡Ojalá se le cayera un martillo encima y unos alicates le pellizcaran lo que yo me sé!
La tercera cuadrilla ni siquiera se presentó, y la persona de contacto no respondía a las llamadas de Valentín.
—Menos mal que decidimos verlos a todos hoy. Si no, mañana nos habríamos llevado una buena sorpresa —reflexionó Valentín.
—No pasa nada, todavía nos quedan dos opciones. A alguien terminaremos contratando —respondió Maks con calma.
El cuarto grupo de trabajadores llegó puntual, pero era difícil llamarlos obreros. De un grupo de siete hombres, solo dos entendían el idioma. Eran una cabeza más bajos que Maks y Valik, flaquísimos y muy bronceados. Valentín intentó explicarles el trabajo, pero el capataz solo asentía con la cabeza.
—Bueno. Nosotrrros hacerrr todo. Bar rrato. Rrápid-rrápido —tras esta frase del portavoz principal, Maks cerró los ojos y suspiró profundamente.
—Lo siento, pero no nos sirven —rechazaron también a estos candidatos.
La siguiente «cuadrilla» resultó ser aún más pintoresca que la anterior. Llegaron seis hombres de diferentes edades, pero todos apestaban a alcohol.
—Lo siento, no nos sirven —soltó Maks de inmediato, antes de que abrieran la boca.
—Se lo pierden. Somos los mejores en lo nuestro. ¡Mañana estaremos frescos como una lechuga! —dijo el que parecía estar más sobrio.
—¿Una lechuga marchita y pisoteada? —no se contuvo Maks.
—¡Vaya, veo que eres un sabelotodo! —reaccionó el hombre—. Ustedes solo digan qué hay que reformar. Lo dejaremos todo listo y fetén en un periquete. Hasta podemos quedarnos a dormir en el salón donde trabajemos. ¿Dónde es la obra? Estamos listos.
—Ya veo que están más que listos. Pero ya tenemos una cuadrilla contratada, gracias por ayudarnos a tomar la decisión —respondió Maks, que en ese momento ya estaba dispuesto a pagarle lo que fuera al primer grupo, porque las demás opciones eran un desastre absoluto.
—¿Y para qué nos llamaron entonces, hip? Por acudir a la cita, hip, también hay que pagar. Dame para una botella, hip —intervino uno que apenas se mantenía en pie.
—¿Se volvieron locos? ¡Lárguense de aquí! ¿Qué clase de obreros son ustedes? —se indignó Maksim.
—¡Los mejooores! —el mismo borracho sacó pecho de forma teatral y les hizo una reverencia—. Dame aunque sea para un trago.
—Adiós. Ya tenemos una cuadrilla de trabajo —respondió Valentín, і ambos se dirigieron al auto.
—Tendremos que contratar a los primeros, ¿o acaso te gustaron los segundos? —bromeó Valentín.
—Llama a los primeros. Por muy caros que sean, son mejores que los otros. Porque esos ni un tornillo van a apretar, solo saben mover el trasero —dijo Maks con el ceño fruncido.
—Tú lo has dicho. ¡Ahí sí que hay dinero! Los obreros de verdad tienen que sudar la gota gorda para ganar algo, mientras que esos mueven el esqueleto y se llevan los billetes verdes en la tanga —reflexionó Valentín.
—¿Entonces me sugieres que nos hagamos strippers? Por físico encajaríamos perfectamente en su grupo —bromeó Maks.
—Me temo que mi salud no lo aguantaría. Reformas de día y striptease de noche me exprimirían como a un limón. Hay que elegir una sola cosa —le siguió el juego Valentín.
—En fin, reforma sea. Pero luego no digas que no te di derecho a elegir...