Capítulo 3.2. ¿Y trabajar?
Maksim entendía que no sería fácil, pero no se imaginaba que tanto. Aun así, el hombre ignoró las palabras de su hermano y entró detrás de él a la habitación.
Serguéi intentaba ignorar a su hermano. Se puso los auriculares y se acostó en la cama, dándole la espalda a Maksim.
En cualquier otra situación, Maks jamás habría mimado tanto a su hermano menor.
—Quiero explicártelo todo —dijo Maksim, sentándose en la cama al lado de su hermano y mirándolo a los ojos. Serguéi fingía no oír nada, pero Maks sabía ser persistente. Le quitó los auriculares con cuidado, a pesar de la resistencia de su hermano.
—Serguéi, no suelo pedirte cosas a menudo. Por favor, escúchame —pidió Maksim, conteniéndose como mejor podía.
—¿Qué me vas a decir de nuevo? —preguntó Serguéi con altanería, cruzándose de brazos.
—Quiero hablar contigo sobre Mary.
—¡Para ti es María Ivánovna! —gruñó Serguéi.
—Serguéi, te propongo que hablemos de hombre a hombre —dijo Maksim con total seriedad, porque se dio cuenta de que las amenazas de apagar el Wi-Fi, el dinero o las promesas no funcionarían en esta situación.
—Vaya, mira cómo hablas ahora. ¿Así que ya no soy un niño? ¿No soy el enano? ¿No soy el Mínimum? —lo provocó Serguéi.
—Para mí eres mi hermano menor. Eres un grano en el culo y un dolor de cabeza, pero sabes perfectamente que, por mucho que nos peleemos, te quiero —dijo Maks con total franqueza—. Entiéndelo, es la primera vez en mi vida que me gusta tanto una chica. No solo es atractiva, es inteligente, sus ojos brillan como las estrellas, su sonrisa es increíblemente sincera y, cuando se ríe, le sale un hoyuelo en la mejilla derecha. Yo no sabía que era tu profesora. Entiende que ella no es como las demás chicas que he conocido antes. O mejor dicho, ellas eran las que se me pegaban. Yo no sé cómo acercarme a las chicas normales. La conocí por casualidad en un restaurante. Para mantener la conversación y poder conocerla, le mentí diciendo que Valentín y yo podíamos hacer la reforma. No pensé que todo terminaría así. ¡Mary me gusta de verdad y quiero hacer algo lindo por ella, quiero hacer esa maldita reforma!
—¡Vaya, cómo te ha dado fuerte! —Serguéi se sorprendió por las palabras de su hermano. El chico veía que Maksim estaba siendo sincero—. ¿Y no te dio el cerebro para inventarte algo diferente?
—Mira, justo ahora estás hablando igualito que Valik. Él también se quedó en shock con mi idea de la reforma en el liceo. Pero en ese momento me pareció una buena idea. Sencillamente miré a Mary a los ojos y me derretí —confesó Maks con honestidad.
—Está bien, supongamos que te gusta Mary y que tus intenciones son serias, ¿pero no has pensado que tu mentira va a salir a la luz tarde o temprano? ¿Crees que ella se va a alegrar? ¿Que se te va a tirar al cuello? —planteó preguntas muy válidas Serguéi.
—Es que yo no me estoy echando para atrás con la reforma. Mira, ya encontramos una cuadrilla de obreros. Mañana mismo nos ponemos manos a la obra —presumió Maks.
—¡Pobre liceo! Tú con herramientas en las manos suena a zona de desastre —se burló Serguéi, sabiendo que Maks no le iba a responder nada en ese momento. No estaba en posición de hacerlo—. Lo que no entiendo es para qué quieres a Mary. Si tú ya tienes novia, la gallina esa.
—¡Mónica no es mi novia! Es mi papá el que quiere que me case con ella, pero yo no ciego ni estúpido como para caer en su juego —Maks estuvo de acuerdo en cierta medida con la descripción de «gallina» que hizo su hermano—. Pero Mary es diferente. Te pido que no me descubras. Estoy dispuesto a aceptar tus condiciones —suspiró Maks, sin tener la menor idea de lo que se le ocurriría a su hermano menor en ese momento. Esperaba que fuera algún regalo costoso para su cumpleaños.
—¿Ah, sí? ¿Estás dispuesto a aceptar mis condiciones? Mejor dicho, ¿qué estás dispuesto a hacer por Mary? —preguntó Serguéi con una chispa de malicia en los ojos.
—Primero dime tus condiciones. Ya te advierto que no voy a robar, ni a matar, ni a mudarme a otro país, que lo sepas —intentó bromear Maks.
—¿Y trabajar? —Serguéi entornó los ojos.
—Bueno, si ya te dije que pienso trabajar en la reforma del liceo —se extrañó Maks.
—No, no me refiero a eso...