Capítulo 3.4. ¿Y si...?
—Pero ¿qué estás diciendo? Serguéi te quiere, lo que pasa es que sus constantes discusiones no le permiten expresar sus sentimientos. ¿Entonces hablaste con él? ¿Le apagaste el Wi-Fi o te volvió a estafar el dinero? —intentó cambiar de tema Valentín.
—Ojalá hubiera aceptado el dinero. Incluso me devolvió esos quinientos dólares y me dijo que no quiere mentirle a Mary —confesó Maksim.
—Oh, oh... eso sí que está mal. ¿Y a qué acuerdo llegaron? —preguntó Valentín intrigado.
—Ese pequeño bribón me puso como condición que dos días a la semana tengo que trabajar en la oficina de papá para no cruzarme con él y con Mary, y los demás días puedo hacer la reforma —compartió Maks.
—Qué astuto. Sabía que no aceptarías algo así. Si ni tu propio padre ha logrado arrastrarte a trabajar a la oficina. Tu escritorio y tu silla se están llenando de polvo —dijo Valentín.
—Pues sabes qué, acepté. Y te lo digo con total franqueza: no es solo por Mary, sino también por Serguéi y por mí mismo. No quiero que mi hermano menor me considere un inútil. ¡Yo mismo no quiero ser un inútil! —se le escapó a Maks con cierto tono de angustia—. Valik, ¿me ayudarás también con lo de la oficina?
—Bueno, todavía me quedan dos semanas de vacaciones, pero te iré mostrando tus obligaciones. ¿Entonces qué planes tenemos para mañana? ¿Mañana vamos a la oficina o al liceo? —quiso precisar Valentín.
—No, mañana al liceo. Tenemos que ir con los obreros y al menos hacer el paripé de que estamos trabajando —dijo Maks—. Ah, y otra información importante. Resulta que Violetta es amiga de mi mamá, y Serguéi la conoce muy bien a ella y a su hijo.
—Espera, ¿entonces su hijo es Kazimir? Él juega en el mismo equipo que Serguéi y estudian en el mismo salón —preguntó Valentín, y a Maks le entró una amargura por dentro al ver que Valentín conocía esos detalles sobre su hermano, mientras que él, siendo el hermano de sangre, no tenía ni idea de quién era ese tal Kazimir.
—Sí. Son amigos uña y carne; a veces discuten, pero ¿quién no se pelea? Como nosotros dos —se rió Valentín, y Maks recordó el primer encuentro entre ambos.
Valentín llegó al equipo de fútbol de ellos y el primer día se agarraron a golpes. Valentín le dio una paliza a Maks, justa y bien merecida. Por la tarde, los padres le preguntaban al pequeño Maksim quién había golpeado a su retoño, pero él guardó un silencio sepulcral, como un partisano. Solo pidió que le compraran una camiseta nueva a Valentín porque se la había roto. El padre adivinó de qué se trataba cuando vio las marcas de la pelea también en el rostro de Valentín. Román Vasílievich no le dijo nada al chico ni a su madre, simplemente reembolsó el dinero de la ropa. De aquella pelea nació la amistad de los muchachos. Valentín creció sin padre y su madre trabajaba en dos empleos para sacar adelante a su hijo. Román Velyky vio la sinceridad y la inteligencia de Valentín, y supo que el chico era un amigo de verdad para su hijo. Román Vasílievich le ofreció a la madre de Valentín un buen trabajo con una paga digna y propuso trasladar al niño a la escuela donde estudiaba Maksim. El hombre no mencionó que era una escuela privada, ya que él mismo asumió todos los gastos de los estudios.
Y más tarde, la desgracia llamó a la puerta de la pequeña familia de Valentín. Su madre enfermó. La mujer luchó contra la enfermedad, los Velyky ayudaron económicamente, buscaron médicos y las mejores clínicas, pero en cuanto Valentín cumplió la mayoría de edad, la mujer falleció. Valentín entendía que tarde o temprano esto tenía que pasar porque conocía el diagnóstico de su madre, pero perder a la persona más cercana siempre es duro. Los Velyky se convirtieron en el apoyo y la familia de Valentín. En su casa incluso había una habitación para él donde podía quedarse a dormir. Valentín estaba agradecido por la ayuda y el apoyo, pero siempre intentaba mantener cierta distancia. Valoraba el apoyo y la amistad, pero no quería ser dependiente; aspiraba a la autonomía.
Cuando llegó el momento de ingresar a la universidad, fue Valentín quien eligió la carrera de Derecho, y Maks lo siguió detrás. A los chicos les auguraban una gran carrera deportiva porque entrenaban a nivel profesional, viajaban a competiciones y campeonatos internacionales, pero Valentín quería cumplir la palabra que le había dado una vez a su madre. Ella quería verlo convertido no en deportista, sino en un profesional titulado y de traje.
Valentín trabajaba en la oficina y, según los documentos, era el subdirector de Maksim, quien ni siquiera sabía dónde quedaba su propio despacho. Valentín era inteligente, muy respetado por el personal, y Román Velyky estaba orgulloso de él. En cambio, cuando se tocaba el tema de su propio hijo, el hombre simplemente bajaba la mirada y decía que su hijo era deportista.
Por alguna razón, Maksim comprendió solo en ese momento que Serguéi le había dicho la verdad: Valentín merecía que se sintieran orgullosos de él y que lo imitaran. Tenía un gran amigo. A él mismo le gustaría parecerse a él. ¿Y si Mary se da cuenta de lo genial que es y se enamora de Valentín?