Amor en vacaciones, o Un chico rico busca trabajo

Capítulo 4. Chantaje

Capítulo 4. Chantaje

Max durmió fatal esa noche. Tuvo pesadillas en las que Mary se enamoraba de Valentín, su padre lo echaba de casa por vago, y Serge ahora llamaba «hermano» a Valik mientras todos se olvidaban de él.
Por la mañana, Máxim se despertó sin necesidad de despertador. Intentó quitarse de encima las preocupaciones de la noche, pero ni una ducha fría lo consiguió.
—¡Al diablo! —exclamó Max al darse cuenta de que ayer se le había olvidado meter en la lavadora la camiseta de jardinero que había pedido prestada «para el asunto», y toda su ropa, incluso las camisetas blancas más comunes, gritaba a leguas que era de marca—. ¡Es verdad! ¡Valik! —exclamó Max y marcó el número de su amigo.
—¡Hola! Vaya, ¿eres tú el que me despierta hoy? Yo ya estaba arriba —escuchó Max desde el altavoz del teléfono.
—¡Hola! Sí, hoy me he levantado temprano, y todo por tu culpa —le espetó Max a Valentín.
—¿Y qué se supone que he hecho ahora? —se extrañó Valentín.
—¡Has aparecido en mis sueños!
—Espero que no fuera con un picardías rojo y tanga —bromeó Valentín.
—Pervertido —Max sonrió de inmediato, reconociendo al instante a su amigo—. Ojalá hubiera sido con picardías.
—¿Ah, sí? Entonces habría que ver quién de los dos es el pervertido. ¿Y qué soñaste? —se interesó Valentín.
—Que Mary se enamoraba de ti —confesó Max.
—Pues por eso no tienes de qué preocuparte. Después de la pelea que tuvimos en octavo por Olya Lonskaya, se me quitaron las ganas de cruzarme en tu camino en el frente amoroso —respondió Valentín, recordando los años escolares.
—Ya, si todavía tengo una cicatriz en la oreja de tu mordisco —empezó a carcajearse Max.
—Bueno, no es culpa mía que seas tan apetitoso —siguió burlándose Valentín—. ¿Y a qué viene la llamada entonces? ¿O solo querías recordarme tu cicatriz?
—Escucha, ayer se me olvidó lavar la camiseta. ¿Tienes algo para mí? —preguntó Max por fin.
—Oye, pareces una chica: el armario lleno de ropa y llorando porque no tienes qué ponerte —continuó mofándose Valentín.
—Es que no puedo ponerme mis trapos de marca. En tu habitación no hay ropa tuya, y el jardinero hoy libra. ¿Qué se supone que haga, ir en topless?
—Ooooh, a algunas profesoras les encantaría ese giro de los acontecimientos —siguió bromeando Valentín—. Pídesela a Serge.
—¿Has visto su talla y la mía? Sus camisetas no me entran ni por la nariz —dijo Max—. Además, él también tiene ropa de marca.
—Serge tiene un montón de ropa oversize, ahí caben dos como tú. Tendrías que haber visto cómo él y Kazimir asaltaron las tiendas de segunda mano buscando ropa —contó Valentín, y Max se reprochó una vez más lo poco que conocía a su hermano.
—Gracias. Iré a expropiar al menor. Pero, por si acaso, llévame una camiseta tuya, por si este tacaño no me da nada —pidió Max.
—Vale. Créeme, hay mucho que expropiar ahí. Nos vemos. Estaré en tu casa en unos cuarenta minutos —dijo Valentín y colgó.
Sin pensárselo dos veces, Max llamó a la puerta de la habitación del menor. Serguéi aún dormía, pero abrió los ojos al escuchar los golpes en su puerta.
—Buenos días, hermanito. ¿Qué tal has dormido? —empezó Máxim.
—Buenos días. ¿Qué bicho te ha picado para que vengas a verme tan temprano? ¿Has decidido trabajar de gallo y despertar a todo el mundo? —dijo Serguéi con voz somnolienta—. Lo siento, pero no necesito esos servicios. Ve a despertar a papá, a lo mejor él sí te paga.
—No, vengo por otra cosa. Mira —dijo Max, mostrándole de cerca a Serguéi dos camisetas de marca en sus perchas, unas que a Serguéi le encantan y que siempre le andaba suplicando a Max que se las prestara—. Te propongo un intercambio. Dos de las mías por dos de las tuyas.
—¡Vaya! ¿A qué viene tanta generosidad? —preguntó Serguéi con desconfianza.
—No tengo qué ponerme para ir a ver a Mary. La camiseta de ayer se la pedí prestada al jardinero y se me olvidó lavarla. ¡Sálvame la vida! —confesó Max con total sinceridad. Decidió no mentir al menos en esto, y Serguéi apreció el gesto.

—De acuerdo. Tengo un par de opciones para ti, aunque no estoy seguro de que te guste una camiseta con el estampado de un conejo en la espalda —respondió Serguéi.
—¿Y aparte del conejo no hay nada más? —preguntó Max, imaginándose ya a Valentín partiéndose de risa a su costa.
—Ahora encontramos algo —respondió Serguéi, acercándose a su armario.
Serguéi era sumamente meticuloso: toda su ropa estaba colgada en perchas o perfectamente doblada en los estantes. El chico se orientó rápidamente y, de entre toda la ropa, sacó tres camisetas y se las tendió a su hermano.
—Pruébate esta —dijo Serguéi, mientras Max desplegaba la primera camiseta con el logotipo de Playboy.
—¿No tienes algo un poco menos provocativo? —preguntó Max con esperanza, visualizando ya las miradas de Snezhana e Irina.
—Tú pruébatela, para que nos aseguremos de la talla. ¿O te crees que voy a dejar que me estires todas mis camisetas con esa montaña de músculos que tienes? —preguntó Serge mientras sacaba su teléfono. ¡Era una oportunidad única para hacer unas fotos inolvidables!
A Max no le quedó más remedio que ponérsela. Necesitaba una talla más grande, porque la tela le apretaba demasiado el cuerpo esculpido. Mientras Max apenas podía respirar embutido en la camiseta con el logo de Playboy, Serge tomó varias fotos.
—¡Oye! No habíamos quedado en eso. ¿Qué haces? —se indignó Max, pero ya era tarde: Serge había logrado capturar varias tomas perfectas.
—Chantaje, hermanito, chantaje... —se burlaba Serguéi—. Como te portes mal, le mando estas fotos a mi profesora de geografía. ¡Seguro que le encantan!
—¡Serguéi, ni se te ocurra! —dijo Máxim muy en serio.
—Es que tú no has visto a nuestra Irina Vasílievna. Incluso hay un poema sobre ella...
Irinka se puso un vestidito, de esos que enseñan el palmito. Un diseño de belleza sin igual. Tan corto, que ya asoma el pañal, —recitó Serge de memoria.
—Se nota que adoras a Irina Vasílievna. Ya la vi, y casi no salgo vivo de allí —respondió Max.
—Por eso te digo que lo apreciará —dijo Serguéi sonriendo, mientras señalaba su teléfono con el material de chantaje.




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