Amor en vacaciones, o Un chico rico busca trabajo

Capítulo 4.1. Menudo panorama

Capítulo 4.1. Menudo panorama

—Quítatela ya, не sea que te termine gustando. Estas dos te deberían quedar bien —dijo Serguéi, tendiéndole dos camisetas. Una era negra con un estampado llamativo de números, y la otra era amarilla con una enorme rana en la espalda. Ambas prendas resaltaban el atractivo cuerpo de Max sin apretarle demasiado. Lo único malo era que la rana de la espalda resultaba de lo más cómica.
—Me valen. Me quedo las dos —dijo Max.
—¿De verdad no te importa lo de la rana? —se extrañó Serguéi, que estaba seguro de que Maxim rechazaría esa camiseta.
—No. Total, no me va a morder. Que alegre a la gente, hoy estoy de buenas —respondió Max.
—Si vas a andar haciendo reformas en el liceo, puedes ir despidiéndote de estas camisetas. Si quieres, hoy después de tu trabajo podemos ir juntos a una tienda de segunda mano. Seguro que te encontramos algo decente —propuso Serguéi.
—Es una idea fantástica. A ver si encuentro algo sin conejos ni ranas. Creo que pasaré a buscarte después de las seis. Por cierto, ¿desde cuándo compras ropa de segunda mano? —curioseó Max.
—Fue Kazimir el que me envició. Consiguió una camiseta tan chula ahí que a mí también me dio el antojo. El olor al principio no es precisamente un jardín de rosas, pero después de lavarla queda impecable —respondió Serguéi.
—¿Y mamá lo permite? ¿Papá está al tanto de que vas a esos sitios? —preguntó Max bajando la voz, como si alguien pudiera oírlos.
—No tiene nada de malo. La ropa es de buena calidad. Está nueva. A papá le da igual cómo vaya vestido, con tal de que no vaya en cueros —respondió Serguéi.
—¡Buenos días! Mis chicos ya están despiertos —Margarita Mijáilovna entró en la habitación justo después de llamar a la puerta.
—Buenos días, mamá —respondieron Serguéi y Maxim al unísono.
—Qué camiseta tan bonita llevas. Es muy alegre —dijo la mujer, mirando a Max con la camiseta de la ranita.
—Sí, es que decidí pedírsela prestada a Serguéi. Bueno, es que Valentín y yo necesitamos algo así de llamativo, poco convencional —se justificó Max sobre la marcha.
—Vaya, nunca pensé que el hermano mayor acabaría heredando la ropa del menor —se asombró la mujer.
—Es que Max ya se cansó de tanta camisa blanca y decidió darle un toque de color a su armario —salió Serguéi en defensa de su hermano—. Mamá, ¿llamaste a la tía Violeta por lo de las clases con Mary?
—Sí, ya lo tengo todo arreglado. Mary dijo que te esperará para las clases los martes y jueves en la escuela a las once de la mañana. Como tú tienes entrenamientos los lunes, miércoles y sábados, viene de perlas. ¿Hoy iremos a ver el sitio para tu cumpleaños? —preguntó la mujer.
—Mami, tienes un gusto exquisito. Confío ciegamente en ti, sé que elegirás la mejor opción posible. Es que Max y yo ya tenemos planes para esta tarde —respondió el menor de los Veliky.
—De acuerdo. Entonces bajen ya a la cocina. Olga Petrovna ha preparado el desayuno. Valentín ya está esperando, aunque no lleva una camiseta tan alegre como la tuya —comentó Margarita Mijáilovna.
—Bueno, en algo tendré que llevar la ventaja —bromeó Maxim—. Ahora bajamos.
Margarita Mijáilovna salió de la habitación y los chicos respiraron aliviados. No les gustaba mentirle a su madre; en la familia había una relación muy bonita, sana y de confianza entre todos.
—Gracias —le dijo Maxim a Serguéi.
—Bueno, es un trato justo. Dos camisetas mías por dos tuyas. Si todo sale bien, hoy te compramos más. Ya has oído que los martes y jueves estaré dando clases con Mary, ¿verdad? Recuerdas que esos días te toca estar en la oficina, ¿no? —volvió a recordarle el menor.
—Aunque quisiera olvidarlo, ya te encargas tú de recordármelo —respondió Maxim—. Vamos a la cocina. Y gracias por no delatarme con mamá.
—Bueno, espero que tú tampoco me delates a mí cuando llegue el momento —sonrió Serguéi.

—A ver, ¿cómo que «cuando llegue el momento»? ¿En qué te has metido? —Max empezó a preocuparse de inmediato.
—Tranquilo, todo bien. No soy un imán para los problemas como tú, apenas estoy aprendiendo, pero tengo un graaaan futuro por delante —bromeó Serguéi.
—Tampoco soy un imán tan grande —dijo Max, agarrando la camiseta negra—. ¿Me dejas llevarme esta también de regalo? —preguntó Max, señalando la camiseta negra con el logo de Playboy.
—Llévatela, a mí todavía me queda escuela por delante y de todos modos ya la estiraste. ¿Esa la guardas para Irina Vasílievna? —se mofó Serguéi.
—¿Para quién si no?
—Pero te cuento un secreto: a Mary le gustan más las ranas que los conejos —compartió Serguéi esa valiosa información.
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Ella lo dijo, y además siempre está dibujando ranitas cómicas en su libreta —respondió Serguéi.
—¿Así que le gusta dibujar? —Max procesó la información a su manera.
—Le encanta —respondió Serguéi mientras bajaba las escaleras hacia la cocina—. Mmm... Qué bien huele. Hola, Val.
—Buenos días —saludó Valentín, que ya se estaba terminando el café—. Ya te dije que Serge tiene de todo en su repertorio.
—¿Conque fuiste tú el que me «vendió»? —preguntó Serguéi un poco picado. Esperaba que hubiera sido su hermano quien se fijara en su ropa oversize.
—No te vendió, te recomendó —respondió Max por su amigo—. Y además con una oferta muy tentadora. Pasarée a buscarte por la tarde para ir de compras. Gracias, bro —Max abrazó al menor.
Maxim y Valentín subieron al coche de muy buen humor. Tenían planes grandiosos. Primero debían reunirse de nuevo con Violeta, y una hora más tarde llegaría la cuadrilla de albañiles. Cuando bajaron de la furgoneta, que le habían pedido prestada al jardinero por una semana, vieron el coche de Violeta aparcado cerca. De él bajaba Kazimir, que conocía muy bien a Valentín y había visto a Max en fotos del club.
—Menudo panorama... —pronunció Valentín, y el peso de esas palabras golpeó también a Maxim, porque él también se acordaba de ese chico. Ya se habían visto antes...




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