Capítulo 4.2. El destornillador
—¡Ah, chicos! Buenos días, ¿ya están aquí? —llamó Violeta a unos asustados Valentín y Max.
—Buenos días —saludó Max—. Ya estamos listos para trabajar, los demás llegarán pronto.
—Excelente. Este es mi hijo, Kazimir —dijo Violeta, observando la reacción de Max y Valentín antes de disponerse a entrar al liceo.
—Mucho gusto. Máxim —Max le tendió la mano al chico y se quedó petrificado. En ese instante, dependía muchísimo de él, ya que Violeta aún estaba cerca y Kazimir podía destapar la mentira con una sola palabra—. Veo que juegas al fútbol.
—Sí. Juego en el equipo juvenil —respondió Kazimir, viendo cómo su madre se alejaba de ellos.
—Nosotros también jugábamos en el mismo club que tú antes —dijo Máxim cuando Violeta ya no podía oírlos.
—Qué chulo. Alejandro Vasílievich es un entrenador genial —afirmó Kazimir con orgullo.
—Es verdad.
—¿Y es cierto que pronto van a reunir a su equipo de nuevo para jugar contra el nuestro? —preguntó el chico con un brillo de entusiasmo en los ojos.
—También es verdad, aunque no sé si podré reunir a todos —respondió Max, dándose cuenta de que Kazimir sabía mucho, demasiado.
—Serge tiene suerte con su hermano mayor. Por cierto, qué camiseta tan chula —dijo Kazimir y entró al liceo.
—¿Crees que no nos delatará? —preguntó Max en voz baja, señalando con la cabeza hacia donde se había ido el chico.
—Si hubiera querido, ya lo habría hecho hace rato —respondió Valentín.
—Pues no me va a quedar de otra que reunir a los muchachos —comentó Max.
—No te queda de otra —coincidió Valentín—. Vamos.
Desde lejos, los hombres divisaron a las dos profesoras que habían conocido el día anterior. Una de ellas llevaba una falda tan corta que a Max de inmediato le vino a la mente el poema que le había recitado Serge.
—Un diseño de belleza sin igual. Tan corto, que ya asoma el pañal... —murmuró Máxim.
—¿Qué dices? —preguntó Valentín.
—Nada, nada. Que tenemos mucho trabajo. Mira, ya aparecieron nuestras ayudantes —respondió Max, asintiendo hacia las profesoras.
—Prepárate, que ahí viene la artillería pesada —susurró Valentín—. Buenos días.
—¡Buenos y maravillosos días! —sonrió Irina Vasílievna de oreja a oreja.
—¡Qué mañana tan hermosa! ¿Ya van a trabajar? ¿No les apetece un café? —ofreció Snezhana.
—Gracias, pero el café daña la salud —respondió Max tajantemente y se dirigió a la oficina de Violeta.
Violeta no dijo ni una palabra sobre su hijo ni sobre el hecho de que ya lo sabía todo. Ella estaba jugando sus propias cartas. ¿Que Máxim Veliky quería hacer reformas? ¡Que las hiciera! І que invirtiera bien en los materiales. ¡No se iba a quedar pobre! Digamos que era una generosa ayuda financiera de los patrocinadores. Justo acababan de definir el volumen de la obra cuando Mary llamó a la puerta de la oficina. Max enderezó la espalda de inmediato y empezó a sonreír como un tonto.
—María Ivánovna, por favor, acompañe a los señores a su aula. Que le ayuden a sacar los muebles —dijo Violeta.
—Pero si ayer los chicos lo sacaron todo. Kazimir me está ayudando a quitar los retratos —respondió Mary.
—Vaya, tiene ayudantes por todas partes —sonrió Violeta y miró a Max, que se estaba derritiendo como un helado—. ¿Y las persianas ya las quitaron?
—No. Hace falta un destornillador —respondió Mary.
—Pues Máxim y Valentín se encargarán de eso ahora mismo. Para algo son los de las reformas, seguro que traen sus herramientas. Y si les falta algo o necesitan una escalera, pídansela a nuestro encargado de mantenimiento —aconsejó Violeta, al notar el pánico que causaron las palabras «destornillador» y «herramientas».
—¡Perfecto! Vamos —dijo Mary, і el «helado derretido» la siguió sin dudar.
—María Ivánovna, ¿podría decirnos dónde encontrar al encargado? Es que hoy todavía no hemos agarrado la escalera —reaccionó Valentín para salvar la situación, ya que no llevaban ni una sola herramienta.
—Todo recto y a la izquierda por el pasillo —respondió Mary—. Los espero en el aula.
—Romeo, concéntrate —le siseó Valentín a Max—. ¿Tú sabes quitar persianas?
—Qué pregunta tan tonta —respondió Max—. Vamos a ver al encargado y le preguntamos.
Los hombres encontraron rápidamente el cuarto correspondiente.
—¡Buenas tardes! Violeta Víktorovna nos mandó por una escalera y herramientas. Tenemos que quitar unas persianas —soltó Max de golpe, ansioso por irse ya con Mary.
—Buenas. La escalera está en la esquina y agarren un destornillador del cajón —dijo el hombre sin siquiera mirar a Max—. Qué clase de obreros son ahora... Ni un mísero destornillador traen encima.
Valentín fue a buscar la escalera mientras Max abría el cajón, pero allí había varios destornilladores de diferentes tamaños y funciones.
—¿Y cuál se supone que debo llevar? —preguntó Max, completamente perdido.
—Vaya con los obreros... —no paraba de refunfuñar el encargado—. No saben hacer nada, tienen las manos metidas en el cu... Кхм.
—¿Esto ayudará? —preguntó Max, dejando un billete de quinientas grivnas en el cajón.
—¡Ah, bueno! ¡Eso ya єs otra cosa, muchachos! Lleven el destornillador de estrella. El mediano —dijo el hombre cambiando el tono al instante.
—¿Y de casualidad vendría con una instrucción más detallada de cómo quitar esas persianas? —insistió Max.
—Se suben a la escalera, aflojan el tornillo, pero sosténganla bien, no sea que le caiga en la cabeza a alguien —explicó el encargado—. Si necesitan cualquier otra ayuda, avísenme. Yo siempre estoy por aquí.
Los amigos salieron del cuarto de mantenimiento y se dirigieron al aula de Mary.
—Vamos a aflojar el tornillo —sonrió Valentín.
—A aflojar, no a apretar. A ti lo que te hace falta єs que te ajusten un tornillo —se rió Max.
—Oye, ya ni una broma se puede hacer —sonrió Valentín.
—Ahora te va a tocar darle duro al destornillador —dijo Max.
—No, lo tuyo єs destornillarte de la risa y salirte con la tuya, así que dale tú —le pasó la bola Valentín.
—Bah, subestimas el potencial de mi destornillador —bromeó Max.
—¡Ay! ¡¿Están con un destornillador?! —se escuchó una voz femenina muy cerca—. En mi aula hay un tornillito que necesita un empujón. ¿Me ayudan?