Capítulo 4.3. Buen presagio
Detrás de ellos estaba Snezhana, mordiéndose el labio de forma provocativa.
—Estuve en su aula y vi que lo que tiene puesto еs un visillo. Y este destornillador еs para aflojar y quitar las persianas. Pídale ayuda al encargado, seguro que él estará encantado de atenderla —respondió Valentín, dejando a Snezhana echando chispas de rabia.
Max solo sonrió de medio lado y ambos se dirigieron al aula de Mary.
—Los niños sacaron los pupitres al pasillo ayer. Solo queda mover los armarios, quitar los murales y desmontar las persianas —dijo Mary.
—Tiene unos alumnos excelentes —intentó entablar conversación Max.
—Sí. Menudos ayudantes están hechos —sonrió Mary, recordando cómo ayer casi se lían a golpes por ver quién sacaba los pupitres y ayudaba en el aula—. En mi aula no hace falta blanquear el techo. Podemos mover los armarios al centro para tener acceso a las paredes.
—Ajá. Nos encargamos de eso ahora mismo —dijo Max. Colocó la escalera y se acercó al armario para moverlo.
—Pero primero hay que desatornillarlo de la pared. Los fijaron a propósito para que no se le cayeran encima a nadie, Dios no lo quiera. Los niños son muy activos, así que es mejor prevenir —explicó Mary.
—Eso desde luego, son como monitos que se suben a todas partes —coincidió Max y empezó a buscar dónde estaban las fijaciones a la pared.
—Mientas desatornillan los armarios, los mueven y quitan las persianas, yo vuelvo en un momento —pidió Mary y salió del aula.
—Intenta desatornillar el armario, pero no te mates en el intento. Vi una caja de herramientas en la furgoneta, ahora la traigo, porque con un solo destornillador no vamos a avanzar mucho —dijo Valentín y salió del aula.
Max se acercó al armario y examinó cómo y dónde estaba sujeta la fijación. Recordó cómo de niño le encantaba jugar con herramientas de juguete y empezó a desmontar el mueble. Le resultó más fácil de lo que pensaba. Max se felicitó a sí mismo mentalmente al recoger con cuidado todos los tornillos, consciente de que luego habría que volver a fijar el armario a la pared. Animado por el éxito, Max decidió quitar también las persianas y no esperar a Valentín, a quien seguro que había interceptado alguna otra profesora. Sin embargo, Max confiaba en sus propias fuerzas y esperaba que su amigo lograra abrirse paso pronto. Max se subió a la escalera e incluso logró aflojar un tornillo, pero en ese momento Mary entró al aula y su atención se desvió por completo hacia ella. Max presionó mal y sintió un pinchazo agudo en la palma de la mano. Al final, la acabó liando... Mary notó su movimiento brusco y vio que Max se había cortado.
—Bájate, hay que curar ese corte. Todavía te queda toda la reforma por delante, no necesitamos heridos —dijo Mary.
Max se bajó. Le dolía, pero no tanto por el corte en sí, sino porque Mary se había dado cuenta y ahora podría pensar que tenía las manos metidas en el culo (aunque, para ser justos, no estaría muy lejos de la realidad).
—Hay que desinfectarlo. Voy por agua oxigenada y una tirita —dijo Mary y salió del aula, dejando su teléfono sobre el alféizar de la ventana.
En cuanto Mary salió, la pantalla de su teléfono se iluminó con una notificación. Max se moría de curiosidad por saber quién le escribía y miró con disimulo la pantalla. Acababa de llegar un mensaje de alguien guardado como «Busichka».
«Vale, entonces el domingo a las 7:00 en nuestra Playa de Oro. La tumbon...» —fue todo lo que Max alcanzó a leer, pero fue más que suficiente para comprender que este domingo él y Valik también irían a la playa.
—A ver, dame la mano —escuchó Max y caminó hacia Mary.
—Puedes tutearme, mi salvadora. Nos queda mucho tiempo y muchas cosas por hacer juntos —dijo Max sonriendo.
—De acuerdo —aceptó Mary. Tuvo que admitir para sus adentros que ese obrero le resultaba bastante atractivo—. ¿Entonces crees que la reforma se va a alargar? Espero de verdad que lo terminen todo rápido, porque quiero tener unas vacaciones de verdad.
—Las reformas hay que hacerlas con calidad, no con prisas, pero ten por seguro que tendrás tus vacaciones —dijo Max, perdiéndose en los ojos de Mary cuando ella levantó la mirada hacia él.
La pareja no se dio cuenta de que la puerta se abrió y apareció Violeta. Ella incluso pensó en volver a cerrar la puerta para no romper la magia del momento, pero Mary la notó y se giró hacia ella. A la mirada de Violeta no se le podía ocultar que Mary sostenía la mano de Max entre las suyas, donde ya lucía una tirita.
—¿Qué pasa, primera sangre? —preguntó Violeta—. Eso es un buen presagio. Significa que la reforma se hará rápido, sin contratiempos y con calidad —se inventó Violeta sobre la marcha—. Ah, veo que ya desatornillaron el armario. Perfecto. Ahora muevan todo el mobiliario al centro del aula y quiten las persianas.
—Llegaron los refuerzos —dijo Valentín, que venía acompañado por la cuadrilla de albañiles—. Ahora la cosa irá más rápido.