Amor en vacaciones, o Un chico rico busca trabajo

Capítulo 4.4. Omnipresente

Capítulo 4.4. Omnipresente

La cuadrilla dio una vuelta por el liceo y calculó a ojo el coste de los materiales y cuánto cobrarían por mano de obra. Max se dio cuenta de que Violeta pondría el dinero para los materiales, pero la mayor parte del pago de los obreros tendría que ponerla él de su propio bolsillo. ¡Hay que ver lo bien que sabe negociar Violeta!
Acordaron que el lunes irían a comprar los materiales, el martes los traerían y harían los trabajos preparatorios, y a partir del miércoles empezarían a trabajar a toda máquina. Max recordaba perfectamente que los martes y jueves le tocaba estar en otro lugar.
Los albañiles se marcharon tras recibir una parte del dinero para los primeros materiales necesarios, y Max y Valentín se quedaron. Al fin y al cabo, tenían que terminar de quitar todas las persianas. A partir de ahí, Valentín se encargó de darle duro al destornillador, mientras Max se quedó charlando con Mary.
—¿Te puedes quedar de espaldas a mí un par de minutos, por favor? —pidió Mary, sacando una libreta y un lápiz de su bolso—. Me ha encantado la rana de tu camiseta.
—Claro —respondió Max, pensando para sus adentros que tendría que darle las gracias a Serge. Max observaba de reojo cómo Mary movía el lápiz con destreza sobre el papel, levantando la mirada hacia su espalda de tanto en tanto. Max sonrió y, aprovechando que Mary estaba concentrada en la libreta, se quitó la camiseta y la colgó en la pizarra. Max sabía perfectamente el buen aspecto que tenía de espaldas. No era la primera vez que le hacían cumplidos, y él mismo se veía en el espejo. No por nada iba al gimnasio dos veces por semana. Aunque ahora tendría que cambiar el horario, porque el gimnasio no encajaba en su apretada agenda de trabajo.
Mary levantó la vista y sus ojos se deslizaron por la espalda esculpida de Máxim. Justo en ese momento, él se dio la vuelta. Mary clavó la mirada en los relieves de Max por un instante antes de bajar los ojos, cohibida.
Máxim, encantado de la vida, sonreía como un gato que se ha bebido la leche. Pero la felicidad de Max no duró mucho. La puerta se abrió de par en par y al aula entraron Snezhana e Irina.
—¡Madre mía, qué cuerpo! ¡Vaya tableta! —exclamó Snezhana, mientras Irina se quedaba de piedra en el umbral.
—Mary, ¿cómo es que no nos invitaste a este striptease? —preguntó Irina.
—Pero ¿qué striptease? —se justificó Mary—. Solo estaba dibujando la ranita de su camiseta —explicó la chica, mostrando la página de la libreta, donde aparecía una rana de lo más tierna.
Máxim, por puro instinto de supervivencia, se volvió a poner la camiseta bajo los quejidos de decepción de Snezhana e Irina.
—¿Y bien? ¿Cuándo van a venir a mi aula a ajustarme los tornillos? Es que hay que reparar unos pupitres —preguntó Snezhana de forma coqueta.
—Lo de los pupitres no es lo nuestro. Lo nuestro son las paredes, el techo y el suelo —respondió Max, dando un paso atrás, ya que Snezhana se le iba acercando cada vez más.
—Pero si a Mary le estuvieron desatornillando cosas —insistió Snezhana—. Desatorníllenme algo a mí también.
—Lo siento, pero para ese asunto tendrá que hablar con Violeta Víktorovna. Ella nos indicó que empezáramos las reformas por el aula de María Ivánovna —respondió Máxim.
—Pero si son dos. Mientras uno quita las persianas, el otro puede ayudarme a mí —siguió en sus trece Snezhana.
—Disculpe, pero sufro de una lesión laboral —dijo Máxim, mostrando la mano con la tirita.
—De aquí a que te cases, ya se habrá curado. Y ustedes, chicas, mejor vayan a sus aulas. Fedórovich ya les dejó bien ajustado todo lo que hacía falta —soltó Violeta desde la entrada.
Con cara de pocos amigos, Irina y Snezhana se arrastraron hacia sus aulas.
—¡Haberlo sabido! ¡Echar a perder la manicura con esos malditos tornillos para que al final Fedórovich lo ajustara todo! —se quejaba Snezhana, mirando sus uñas estropeadas con las que había intentado aflojar los tornillos de los pupitres.—¡Quién iba a saber que a Violeta le daría por aparecer en el peor momento! —se indignó Irina—. ¡Vaya con la bruja omnipresente!
—¡Exacto, omnipresente! —se escuchó la voz de la mujer justo a las espaldas de Irina y Snezhana. Ambas dieron un respingo del susto.
—¡Ay! Es que estábamos hablando de la última tutoría sobre la bruja omnipresente. Bueno, con la de seres malignos que hay sueltos hoy en día, les estábamos dando una charla a los niños antes de las vacaciones. Brujas, hechiceras... Qué mala influencia pueden ser para los chicos —se las ingenió Irina para salir del paso, sabiendo que la situación se había puesto color de hormiga.
—Sí, hay muchas brujas sueltas últimamente. Tendré que invitar a un sacerdote al liceo para que bendiga todas las aulas y confiese a las mayores cotillas —respondió Violeta con ironía y se dirigió a su oficina.




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