Amor en vacaciones, o Un chico rico busca trabajo

Capítulo 5. De compras

Capítulo 5. De compras

Maxim se dirigió al coche con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Qué, muy feliz por haberte lucido ante Mary en todo tu esplendor? —preguntó Valentín.
—No, solo estoy anticipando nuestro próximo encuentro. Por cierto, ¿qué haces el domingo? —preguntó Max.
—Pensaba descansar. Todavía me quedan dos semanas de vacaciones —respondió Valentín.
—Pues prepárate para descansar en la playa. El domingo nos vamos al mar —le informó Max.
—¿Y eso a qué viene?
—Bueno, es que leí sin querer un mensaje que le llegó a Mary. Resulta que se va a reunir el domingo a las siete con una tal "Busichka" en la Playa de Oro —contó Max—. Además, a lo mejor te sale pareja a ti también. Me imagino que Mary debe tener alguna amiga guapa.
—¿Y por qué asumes que esa "Busichka" es "una tal" y no "un tal"? —preguntó Valentín con total lógica, observando cómo le cambiaba la cara a Max—. A ver si va a aparecer con un armario de dos metros y nosotros ahí de entrometidos.
—¡Me acabas de aguar la fiesta! ¡Hay que ver cómo te encanta poner la gota de maldad! —se indignó Max—. Pues el domingo comprobaremos si hay armarios de dos metros o no.
—¿Adónde vamos ahora? —preguntó Valentín, poniéndose al volante.
—A casa. Tengo que darme una ducha, cambiarme de ropa e irme de compras con Serguéi —le contó Max sus planes.
Llegaron rápidamente a la casa de los Veselsky. Margarita Mijáilovna no dejó que nadie saliera de la casa hasta que probaran su nuevo platillo. Valentín subió a su coche y se marchó a casa, tras quedar con Max para el fin de semana, mientras que Maxim y Serguéi se fueron a la tienda de segunda mano.
—Vi que hay un aparcamiento aquí cerca —comentó Maxim, dirigiendo el coche hacia la ruta indicada.
—Sí, a la izquierda. ¿Qué tal el día? ¿Qué te pasó en la mano? —preguntó Serge, al notar la tirita en la mano de su hermano.
—Bueno, para empezar, todo fue de lo más impredecible porque nos encontramos a Kazimir —empezó a relatar Max—. No nos delató. ¿Fue cosa tuya?
—¡Pues claro! Ya te dije que Kazik es mi mejor amigo. ¿O querías que los descubrieran a la primera? —preguntó Serguéi sonriendo.
—Gracias, bro.
—¿Y la mano qué? ¿Mary no salió herida por culpa de tus dotes de albañil? —se alarmó Serguéi.
—Es que estaba desatornillando las persianas y el destornillador se me resbaló...
—¿Tú desatornillando? ¿Con un destornillador? Hermano, me dejas de piedra —se mofaba Serguéi, riéndose a carcajadas por todo el coche.
—¿Por qué te burlas tanto? Parece que no tienes otra cosa mejor que hacer que estar fastidiándome —dijo Max—. Ya llegamos, baja.
—¿Y qué pasó con Mary entonces? —insistió Serguéi en las suyas.
—Todo bien con Mary. Me dio primeros auxilios y dibujó en su libreta la rana de la camiseta —contó Max, pero prefirió omitir el detalle de que en cierto momento se había quitado la camiseta para presumir de físico.
—Te dije que le gustaría. Ahora te buscaremos algo más —se animó Serguéi.
A Max le sorprendió ver que, entre las largas hileras de ropa colgada en las perchas, Serguéi se movía con total seguridad y lo guió hacia prendas específicas. Las jóvenes dependientas y los asesores saludaban a Serge como a un viejo conocido y miraban a Max dengan curiosidad.
—Mmm... Esta, esta, bueno, y estas dos también. Todas son de tu talla. Te deberían quedar bien —decía Serge examinando la ropa con aire profesional, como якщо hubiera hecho eso toda la vida. ¡Menos mal que mamá no veía esto! Ella siempre elegía para Serguéi ropa exclusivamente de marca.
—Vaya, aquí tengo camisetas para toda la semana. Te mueves como pez en el agua —le lanzó Max un cumplido a su hermano, mientras se acostumbraba al olor tan peculiar del lugar.
—Mejor vete al probador. Ahora descartamos la mitad —dijo Serguéi, entregándole la ropa seleccionada a su hermano і señalándole dónde estaban los probadores.
Max le hizo caso y ocupó uno de los probadores. Colgó la ropa en los ganchos y arrugó la nariz por el olor que desprendían las camisetas. Si alguien le hubiera dicho antes que terminaría probándose camisetas en una tienda de segunda mano elegidas por su hermano menor, jamás lo habría creído y se habría echado a reír. La vida, según se veía, era del todo impredecible.
—¿Y bien? ¿Te quedó la talla? —asomó la cabeza Serge.
—Todavía no me he probado nada. No me dio tiempo.
—Ya lo mirarás en casa con calma. ¡Pruébatelas! —insistió Serge con firmeza.
Max se probó varias camisetas por encima de la suya. Al final seleccionó seis, ya que Serge se quedó con una para él.
Pagaron en la caja y se dirigieron al coche. Lo primero que hizo Max al subir al habitáculo fue sacar el perfume de la guantera y echarse varios esprayazos.
—La ropa está muy bien, algunas cosas conservan la etiqueta, pero el olor es tremendo. ¿Ahora a por comida rápida? —preguntó Max. Tenía que agradecerle de algún modo el favor a su hermano menor.
—Sí, por favor. Muero de hambre —respondió Serguéi.
Pidieron juntos un montón de comida basura, convenciéndose a sí mismos de que quemarían todas esas calorías de más muy pronto.
Satisfechos, ambos regresaron a casa, donde los esperaba una sorpresa.
—¡Buenas noches, chicos! —exclamó Margarita Mijáilovna al ver a sus hijos—. Máxim, Mónica te está esperando en la terraza...




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