Amor en vacaciones, o Un chico rico busca trabajo

Capítulo 5.1. El examen de Ana

Capítulo 5.1. El examen de Ana

—Mamá, ¿le puedes decir que hoy me quedo a dormir en casa de Valentín? Me escurro rápido a mi habitación y ya está —pidió Max, sabiendo que su madre tampoco tragaba a Mónica.
—No va a colar, ya te vio —dijo Serguéi dirigiéndose a su habitación—. Aguanta el tipo, bro.
—¡Maxisukis, hola! —canturreó Mónica con voz melosa e intentó besar a Máxim en la mejilla, pero él extendió el brazo para frenarla.
—¡Hola! Te he pedido que no me llames así. ¿A qué has venido? —preguntó Max de mal humor.
—Pues soy tu novia. Por cierto, ¿a qué hueles так raro? Apestas —Mónica empezó a olisquear el aire.
—¡No eres mi novia! —cortó Max tajantemente—. Que hayamos salido juntos un par de veces en público no te convierte en mi novia, Mónica —sentenció Max, remarcando cada palabra.
—Maxisukis, no seas aburrido —le hizo un mohín Mónica.
—¡Que no soy un perrito, Ana! —perdió los papeles Máxim.
—¡No me llames así! ¡Soy Mónica! —chilló la chica con voz estridente.
—Tú tampoco ignoras mi petición de llamarme por mi nombre y no como si fuera un chucho —respondió Máxim.
—¿Qué es todo este alboroto? —se escuchó la voz de Román Vasílievich—. Ah, Mónica. Hijo, buenas noches.
—¡Buenas noches, papá! —saludó Máxim.
—Buenas noches, Román Vasílievich. Mi papá le manda saludos —dijo Mónica con un hilo de voz fingido. Su nombre real en el pasaporte era Ana, pero lo odiaba con todas sus fuerzas y le sacaba de quicio que la llamaran así—. Muchas gracias. Saludos a tu padre de mi parte también —respondió cortésmente el mayor de los Veliky—. A ver, ¿por qué gritan?
—Es que solo llamé a su hijo Maxisukis y se puso como un loco —Mónica parpadeó con aire inocente.
—¿Cómo? —preguntó Román Vasílievich.
—Maxisukis —repitió Mónica más alto.
—Suena a nombre de perro —comentó el hombre.
—Exacto, por eso no me gusta —añadió Máxim.
—Pero si es súper mono —insistió Mónica.
—No me gusta ese mote, ya te lo he dicho mil veces. Aunque... te dejaré que me llames así si me respondes a tres preguntas elementales. Pero si no las respondes y la próxima vez me vuelves a llamar con ese mote, yo te llamaré Anita, o Anucha —soltó Max, dejando a su padre con los ojos como platos de la sorpresa.
—¡Ay, qué grosero! Hecho. ¿Cuáles son las preguntas? —aceptó Mónica con entusiasmo, y Román Vasílievich decidió quedarse a ver qué preguntaba su hijo.
—¿Cuánto es siete por ocho? ¿Seis por cuatro? ¿Tres por ocho? —lanzó Max, recordando las palabras de su hermano de que Mónica no se sabía las tablas de multiplicar. Max solo rezaba para que su hermano no se lo hubiera inventado.
—¿Pero qué estupidez es esta? ¡Dijiste que serian preguntas elementales! —se indignó Mónica.
—Y lo son. Son las tablas de multiplicar, eso lo aprenden los niños en segundo de primaria —respondió Max, mientras Román Vasílievich se quedaba mudo de la sorpresa.
—Vale, entonces, ¿cuáles son las otras tres preguntas? ¿La capital de París? ¿Cuántas letras tiene el alfabeto? ¿Quién fue Jmelnitsky? —cambió de estrategia Max.
—¡Ah! Eso sí lo sé. La capital de París es Francia. Y Jmelnitsky es una ciudad. ¿Ves? Respondí a dos de tres, ¡así que gané! —Mónica empezó a aplaudir de alegría, mientras Román Vasílievich se llevaba la mano a la cara para cubrirse los ojos.
—Respondiste mal. Francia es el país, su capital es París. Y Bogdán Jmelnitsky fue uno de nuestros grandes líderes históricos, un hetman —explicó Max.
—Ya lo decía yo, tiene bótox en vez de cerebro —murmuró Serguéi en voz baja al pasar junto a su hermano, pero Mónica también lo oyó.
—¡¿Pero cómo te atreves, niñato?! ¡¿Tú sabes quién es mi papá?! —gritó Mónica enfurecida.
—Sé perfectamente quién es tu papá, gallina de silicona. ¡Y sé que sin él no eres nadie! —le espetó Serguéi antes de retirarse a la cocina, dejando a Mónica echando humo.
—¡Serguéi, pídele disculpas inmediatamente! —le gritó Román Vasílievich.

—Que Anita le pida disculpas a Serguéi primero, que fue ella la que empezó a insultar —intervino Max.
—¡Que no me llamo Anita! ¡Son una familia de locos! ¡Se lo voy a contar todo a mi papá! —chillaba Mónica dando pisotones en el suelo.
—Cuéntaselo, no te olvides. Y aprovecha para decirle que no te sabes las tablas de multiplicar —se mofó Máxim.
—¡Una mujer no tiene por qué saberlo todo! Tiene que ser un misterio. ¡Tiene que ser hermosa y no le debe nada a nadie! —berreaba Mónica, escupiendo saliva de la rabia. Toda su belleza artificial se había esfumado en un segundo.
—Preparé un té de manzanilla relajante. Para los que tienen los nervios de punta —asomó Serge desde la cocina.
—¡Ahhhhh! —gritó Mónica, agarró su bolso y salió de la casa dando un portazo.
—¡Saludos a tu papá! —le gritó Serge a la espalda.
—¡Serguéi, ya basta de burlas! —le regañó Román Vasílievich—. ¡Eso ha estado muy feo!
—Yo no empecé —respondió Serguéi.
—¿Ya se fue Mónica? —apareció Margarita Mijáilovna en la puerta. Había escuchado todo el espectáculo desde dentro, pero no quiso intervenir. Tampoco soportaba a Mónica.
—Sí, se fue a repasar las tablas de multiplicar —siguió mofándose Serguéi.
—Ya basta, no es digno comportarse así —dijo el padre.
—Papá, hay que ver la suerte que tuvimos contigo y con mamá. Nuestra mami no solo es hermosa, sino también inteligente. Pobre del futuro esposo de Mónica. Menudo regalito se va a llevar —reflexionó Serguéi.
—Papá, nos has dado un gran ejemplo de que no solo hay que valorar la belleza exterior, aunque mamá sea una reina, sino también tener en cuenta el mundo interior de una mujer, sus valores, su inteligencia... —añadió Max.
—Mamá es guapa й lista, no como la tal Anita-Mónica —concluyó Serguéi, acercándose a su madre para darle un beso.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.