Amor en vacaciones, o Un chico rico busca trabajo

Capítulo 5.3. La familia

Capítulo 5.3. La familia

—Mamá, ¿qué te pasa? —preguntó Kazimir al acercarse al coche y ver a su madre agachada.
—Ah... es que se me cayeron las llaves y las estoy buscando —improvisó rápidamente Violeta.
—¿Y por qué susurras? —preguntó el chico sonriendo—. ¿Acaso así se encuentran más rápido?
—Ay, tú qué vas a saber —respondió Violeta, incorporándose al ver que los Veliky y Valentín ya se habían marchado a casa.
—Desde luego que no ibas a encontrar las llaves en el suelo si las tienes dentro del bolso —se mofó Kazimir a carcajadas.
—Ya súbete al coche —Violeta rodó los ojos, sin saber qué responderle a su hijo—. ¿Qué tal el entrenamiento?
—¡Genial! El hermano de Serguéi es un tipo increíble. Hoy dirigió el entrenamiento y jugamos en equipos. Es un jugadorazo. Después del partido, Max nos invitó a todos a helado y prometió que volvería —contó Kazimir con entusiasmo—. Mamá, jueguen a los ratones y al gato todo lo que quieran, pero a mí no me metan en sus asuntos. Max es genial y Mary es maravillosa, pero tantos secretos no van a traer nada bueno.
—¿Crees que no lo sé? Pero es Max quien debe contarle la verdad a Mary —dijo la mujer, encendiendo el motor rumbo a casa.
Máxim Veliky también conducía de camino a casa. ¡Estaba feliz! El orgullo le henchía el pecho. En sus oídos aún resonaban las palabras que su hermano había dicho sobre él. Serguéi estaba orgulloso de él. ¡Qué endiabladamente bien se sentía! Su hermano menor, al que había acunado, paseado en cochecito y por quien había aprendido a cambiar pañales, ¡estaba orgulloso de él!
—¿Y bien? ¿Me estás escuchando siquiera? —preguntaba Serguéi, pero Max había ignorado por completo sus palabras.
—Lo siento, me quedé pensando —confesó Max.
—¿Te acuerdas de que el martes te toca ir a trabajar a la oficina? —preguntó Serguéi.
—Ajá, contigo es imposible olvidarlo —bufó Max—. De pequeño, la abuela me decía que a los niños los traían las cigüeñas. A menudo miraba al cielo cuando pasaban las bandadas y les pedía que me trajeran un hermanito. Pero ninguna cigüeña bajó jamás cerca de nuestra casa. ¿Y sabes por qué? —soltó Max con misterio, haciendo que incluso Valentín aguzara el oído.
—¡Porque a ti no te trajo una cigüeña, sino un pájaro carpintero! De tanto taladrar la cabeza con lo mismo —remató Max, haciendo que Valentín soltara una carcajada.
—¿Quieres que te ilustre sobre cómo vienen los niños al mundo? —Serguéi arqueó las cejas con picardía.
—Ay, por favor, no. Seguro que me cobras muy cara la información —respondió Max, aparcando el coche junto a la casa.
Los tres entraron y de inmediato los envolvió un aroma espectacular.
—¡Ah, chicos! Justo a tiempo —se alegró Margarita Mijáilovna—. Cámbiense de ropa y bajen a comer. En diez minutos estará todo listo.
Cuando los muchachos bajaron a la cocina, la mesa ya estaba puesta.
—¿Hay algún motivo especial? ¿Celebramos algo? ¿Se nos olvidó algún aniversario? —Serguéi se estrujó los sesos.
—Hay un motivo, papá ya se los contará. Ocupen sus lugares —dijo Margarita Mijáilovna.
—Mamá, como siempre, insuperable. Casi me ahogo con mi propia saliva por el olor —le lanzó un cumplido Max.
La familia almorzaba junta. Los fines de semana siempre intentaban pasar tiempo unidos. Antes jugaban a juegos de mesa, hacían viajes, paseaban en bicicleta, caminaban, visitaban museos... Román Vasílievich siempre trabajaba mucho, pero los fines de semana los dedicaba exclusivamente a la familia. Nada de teléfonos ni de asuntos de trabajo.
—Hijos —se dirigió a ellos Román Vasílievich. Él nunca hacía distinciones entre Max y Serguéi, y consideraba a Valentín como un hijo más; tal vez no de sangre, tal vez un erizo espinoso, pero estaba orgulloso de él, le daba consejos y también lo amaba. Valentín no llamaba «papá» a Román Vasílievich porque recordaba a su propio padre, que había fallecido cuando él tenía siete años. Valentín tenía recuerdos muy vivos, gratos y cálidos de su padre. Román Vasílievich no presionaba y respetaba la decisión de Valentín de vivir solo y mantenerse un poco al margen de la familia.
Sin embargo, para todos los conocidos, Valentín no solo era el amigo íntimo de Máxim, sino que lo consideraban un miembro más de los Veliky.
—Hijos, quiero comunicarles algo —empezó Román Vasílievich, tomando a su esposa de la mano. Siempre lo hacía cuando buscaba su apoyo; ese gesto le daba fuerzas y confianza—. He decidido postularme como diputado. Mi candidatura ha sido respaldada. Esto será beneficioso para el negocio y abrirá nuevas perspectivas.
—¡Felicidades, papá! —se alegró Serguéi.
—¿Y en qué nos va a afectar a nosotros? ¿Vas a tener que trabajar aún más? —preguntó Max. Sabía perfectamente que el estatus de diputado exigía no solo gastos materiales, sino también mucho tiempo.
—Nada de escándalos. Solo eventos positivos, apoyo a diversos sectores y mecenazgo —declaró el hombre.
—Bueno, de por sí ya ayudas a muchas instituciones y personas. Solo que ahora tocará hacerlo público. A menudo, la ayuda deja de ser ayuda y se convierte en pura publicidad cuando se empieza a pregonar a los cuatro vientos —comentó Máxim. No le hacía ninguna gracia la idea de la diputación. Max sabía que esa idea se la estaba metiendo en la cabeza el padre de Mónica... ¡Y eso no auguraba nada bueno!




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