Amor en vacaciones, o Un chico rico busca trabajo

Capítulo 5.4. La mañana del domingo

Capítulo 5.4. La mañana del domingo

La mañana del domingo también comenzó para Max con el sonido del despertador. Desde que conoció a Mary, ya se le estaba pegando la costumbre de madrugar, cuando antes de eso ni de coña abría los ojos antes de las diez. Max decidió sorprender a su amigo y llamó a Valentín.
—¡Eh! ¡Despierta! ¡Deja de dormir! Hoy nos espera un encuentro de lo más agradable —decía Max con entusiasmo y una sonrisa en los labios al auricular del teléfono.
—¡Hola! Max, confiésalo, te secuestraron los alienígenas y te implantaron un despertador en alguna parte. Si a ti había que levantarte con una excavadora —dijo un adormilado Valentín, a quien Max acababa de despertar.
—Los alienígenas no tienen nada que ver. Se asustaron y se fueron a buscar a otra víctima. Preguntaron por ti, pero no les di tu dirección. Sé agradecido, mueve el trasero, métete a la ducha y te espero en nuestra casa en media hora —dijo Max.
—Ya veo que estás súper inspirado para ir a tu cita con Mary. Me alegro por ti, pero yo no estoy precisamente saltando de alegría. Veo cómo pierdo a un amigo —se quejó Valentín de forma teatral mientras se arrastraba hacia el baño.
—Bueno, al menos habrá alguna "Busichka" para ti —le recordó Max.
—Si resulta ser un armario de dos metros o Hulk, me vas a deber la vida por arruinarme el fin de semana —murmuró Valentín mirándose al espejo—. A ver, las chicas siempre se llevan consigo a la amiga fea. Tu Mary es un bombón. ¿Acaso me quieres encasquetar a un cardo borriquero?
—Ay, no seas tan pesimista, Val —respondió Max—. En fin, te espero. Iremos en tu coche, porque el jardinero se llevó la furgoneta para el fin de semana.
Media hora después, Valentín ya estaba tomando café en la cocina de los Veliky.
—Olga Petrovna, gracias. Todo está increíblemente delicioso, como siempre —agradeció Valentín a la mujer que ayudaba a Margarita Mijáilovna con las tareas del hogar desde hacía muchos años.
—Digan lo que digan, pero el amor flota en el aire —comentó inesperadamente Olga Petrovna.
Max miró a Valentín de hito en hito, sin entender en qué momento la habían cagado para que Olga Petrovna los calara tan fácilmente.
—Pensé que era Valentín el que se había tirado un gas.
—¡Oye! —se indignó Valentín.
—Hacía mucho que no recordaba a Máxim despertarse tan temprano —respondió la mujer—. Pero eso no es lo principal. ¡Miren cómo le brillan los ojos! Eso se nota a un kilómetro de distancia.
—Vaya, sí que es usted todo un Sherlock, Olga Petrovna —dijo Max, acercándose para darle un abrazo a la mujer, que era como una segunda abuela para él—. ¿Pero verdad que esto quedará como nuestro secreto?
—¿Pero de qué me hablas? ¡Yo no he visto nada! —le guiñó un ojo la mujer, y Max le dio un beso en la mejilla.
Max y Valentín subieron al coche y se dirigieron a la costa.
—¿Y bien? ¿Listo para seducir a Mary con tus encantos en tus bañadores de la suerte? —se mofaba Valentín.
—No lo vas a creer, ayer buscando el bañador me topé con uno que compré por pura coña. Un bañador lleno de ranitas —se carcajeó Max.
—Jajaja, ¿quieres que Mary te dibuje otra rana? Pero esta vez no te vayas a quitar el bañador como hiciste con la camiseta —Valentín no pudo contener la risa.
—¿Te da miedo que en ese caso "Busichka" también caiga rendida a mis pies? —preguntó Max, arqueando una ceja y mordiéndose el borde de los labios de forma sugerente.
—Me da miedo que el resto de las bañistas no entiendan tu striptease —respondió su amigo—. Mejor dime dónde vamos a buscar a las chicas para que no nos pillen.
—Creo que irán a la playa por la entrada central. Esperaremos en el coche. AParca de forma que se vea el paseo. Vigilaremos hacia dónde van e intentaremos adelantarlas, como si ellas hubieran llegado y nosotros ya estuviéramos allí —respondió Max.
—Bueno, un plan bastante cutre —respondió escéptico Valentín.

—¿Tienes otro mejor? Bueno, podemos buscar una cafetería y esperar allí. Desde ahí se verá mejor —sugirió Max.
—Mmm... A estas horas seremos los únicos ahí, pero es mejor que estar en el coche —sentenció Valentín.
Los hombres bajaron del coche con sus cosas y se dirigieron a la cafetería, donde una camarera aún adormilada limpiaba las mesas.
—¿Van a pedir algo? —preguntó la chica cuando los clientes se sentaron en la mesa frente al paseo central. Era una posición estratégica porque se veía todo como en la palma de la mano, pero ellos también quedaban muy expuestos.
—Sí, dos americanos, por favor —pidió Max por los dos, conociendo de sobra los gustos de su amigo.
—¿Algo más? —preguntó la camarera.
—No. Eso es todo —respondió Max y, de repente, se agachó debajo de la mesa, tirando del brazo de Valentín—. ¡Escóndete!
Valentín giró la cabeza hacia el paseo central y se quedó congelado. A muy poca distancia venía Mary con un vestido corto, ajustado y de lo más provocativo, y a su lado iba una rubia despampanante que a Valentín le pareció un auténtico ángel. Valentín se quedó de piedra, clavando los ojos en la acompañante de Mary, pero Max, sabiendo que las chicas los pillarían con las manos en la masa si miraban en su dirección, le dio un fuerte tirón a su amigo para que se metiera debajo de la mesa.
—Euuu... ¿Está todo bien? —preguntó la camarera, que traía los cafés y se encontró a los clientes metidos debajo de la mesa.




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