Capítulo 6.1. La francesa
Librados ya de los artiodáctilos, jugaron los cuatro al voleibol en el agua. Se calentaron, se rieron a más no poder y salieron a la orilla a tomar el sol.
Al salir del agua, los ojos de las chicas se fueron directo al bañador de Max. No en vano se había puesto las dichosas ranitas. Pero además de las chicas, Max llamó la atención de una señora que se relajaba cerca y hablaba por teléfono a todo volumen, atrayendo las miradas de medio mundo.
—¡No te imaginas qué ejemplar tengo ahora mismo delante de mis ojos! —gritaba la mujer al auricular, sin quitarle el ojo de encima a Max. Él, en un principio, hasta sacó pecho, pero no se esperaba para nada el giro que darían los acontecimientos—. ¡Te lo juro, qué tío tan original! Se puso un bañador lleno de ranas. Y justo hay una rana dibujada en todo el mero centro. ¡Si supieras qué ojos tiene! ¡Yo diría que son un par de ojazos! —prosiguió la mujer, mientras Max se apresuraba a salir del agua deseando, por primera vez en su vida, tapar a la dichosa rana saltona—. ¡Espérate, que me doy la vuelta para verle mejor las nalgas! —chilló la mujer, y de repente toda la playa volvió la cabeza para contemplar el trasero de Max. A ver, la curiosidad mata al gato, ¡y además había mucho que ver ahí!
Max se puso rojo como un tomate, quizás por primera vez en su vida.
—Hay que ver... Ya desde el colegio odiaba el francés y a esos salvajes que comen ranas —comentó Mary, agarrando su toalla para envolver con ella las caderas de Max, salvándolo de las miradas curiosas y dejando bien claro que ese trasero ya tenía dueña.
Bozhena y Valentín se desternillaban de la risa, pero prefirieron no intervenir.
—¡Vaya Apolo! ¡Pero vino una adefesio a aguarme la fiesta! Ay, qué pena —se lamentó la mujer.
Max quiso saltar y expresarle su indignación por lo de "adefesio", pero Mary lo frenó a tiempo; esa "francesa" se lo habría tragado entero de un bocado y solo habrían quedado de él sus ancas de rana.
Ya refugiado bajo la sombrilla, Max se dio cuenta apenas de lo quemados que tenía Valentín los hombros y la espalda. Max ya estaba bien bronceado, pero Valentín parecía recién salido de una cueva. A Máxim le encantaba tomar el sol junto a la piscina mientras Valentín trabajaba en la oficina de su padre.
—¡Uy, estás hecho un cromo! —exclamó Bozhena al notar que los hombros y la espalda le ardían en llamas—. Tengo una crema con pantenol, te va a calmar el ardor de inmediato porque si no mañana no vas a poder ni moverte.
Bozhena sacó la crema de su bolso y empezó a aplicársela en los hombros y la espalda a Valentín, quien poco le faltaba para ponerse a ronronear como un gato. ¡Menudo caradura! Daban ganas de cerrar la sombrilla y achicharrarse los hombros solo para que Mary lo untara de crema a él también...
Max decidió cerrar la sombrilla. ¡Grave error! De inmediato, justo enfrente de Max, reapareció la "francesa", decidida a contemplar en detalle las nalgas y los ojazos de la rana.
—Disculpe, señora, pero me está tapando todo el sol —se dirigió a la fan de las ranas Máxim.
—¿Ah, sí? ¿Eso es todo? —preguntó la dama con aire altanero.
—Sí. Quería secarme, por eso cerré la sombrilla, pero usted, como si fuera una nube, me ha cubierto todo el sol —respondió Máxim.
—¡¿Acaso me estás queriendo decir que estoy enorme?! —sonó bastante amenazante.
—Eso lo dice usted, yo no he dicho ni una sola palabra al respecto. Solo le pido amablemente que se haga a un lado —respondió cortésmente Max.
—¡Gente buena, miren esto! ¡Una viene a la playa y la terminan humillando! ¡Llamándome nube negra! —empezó a chillar la mujer de la nada.
—Max, mejor quédate calladito, que como empiece a llover de esa nube va a retumbar toda la playa y el rayo te va a caer directo en las posaderas —dijo Valentín, disfrutando del cielo con los mimos de Bozhena.