Amor en vacaciones, o Un chico rico busca trabajo

Capítulo 6.3. Sorprendido

Capítulo 6.3. Sorprendido

—Tienes una buena amiga. Veo que estoy perdiendo a un amigo, pero al mismo tiempo me alegro por él —dijo Máxim con total sinceridad, mirando cómo Bozhena y Valentín caminaban hacia la cafetería.
—Siento mucho lo que pasó. Es el hermano de Bozhena y su amigo. Se creen que todas las chicas tienen que caer rendidas a sus pies —explicó Mary.
—Mucho músculo y poco cerebro —respondió Max. No es que él fuera un tirillas, tenía un buen cuerpo tonificado con abdominales marcados, pero para nada exagerado ni hinchado a base de esteroides como esos Hulks.
—Pero tú demostraste una fuerza increíble. Zhenya se llevó un buen escarmiento. Seguro que le rompiste la nariz. Ya me imagino la de chismes que habrá mañana. Pero a ver, ¿tú también hacías deporte? —se interesó Mary, a lo que Max floreció de orgullo.
—Sí, jugaba al fútbol e iba a clases de karate desde hace dos años. Cuando el tiempo se me empezó a quedar corto para entrenar, me decanté solo por el fútbol, pero tuve un entrenador de karate excelente. Tengo todos los movimientos automatizados, aunque recuerdo más sus enseñanzas sobre el autoconocimiento —respondió Max.
—¿Así que te encanta el fútbol? —preguntó Mary.
—Sí. El objetivo de este juego no es solo correr detrás del balón, quitárselo a los rivales y meter un gol; es la unión de varias personas en un equipo, en un solo organismo que entiende y puede predecir tus movimientos. Tuve mucha suerte con el entrenador —se entusiasmó Max, pero decidió frenar a tiempo no fuera a ser que hablara de más—. ¿Y a ti qué deporte te gusta?
—Aunque no lo creas, me gusta el boxeo —respondió Mary—. El padre de Bozhena era boxeador. Mi mamá me llevó a su gimnasio cuando un compañero me molestó en el colegio y pedí que me apuntaran a clases de boxeo. Justo ahí fue donde conocí a Bozhena —contó Mary—. ¿Por qué me miras así? ¿Estás sorprendido?
—Si te soy sincero, sí —confesó Max—. Eres tan delicada, tan frágil... No me te imagino para nada con unos guantes de boxeo dándole palizas a un saco.
—Ayuda a calmar los ánimos. A veces, después de una semana tensa, te dan ganas de matar a alguien, pero tras el entrenamiento piensas: "bueno, que vivan" —sonrió Mary.
—¿Los alumnos te sacan de quicio? —adivinó Max.
—Probablemente más los padres —respondió Mary—. Para cada uno, su retoño es el mejor genio angelical.
—Ajá, pero con cuernos —respondió Max—. No sé tú, pero a mí el aire puro me dio un hambre feroz. Propongo picar algo.
—Con mucho gusto —respondió Mary, y caminaron hacia la cafetería donde Bozhena le estaba salvando la cara a Valentín.
Max y Mary entraron a la cafetería y vieron a Bozhena presionando algo frío envuelto en una toalla contra la cara de Valentín. Valentín estaba sentado con una cara de absoluta beatitud, como si en lugar de recibir un puñetazo en el ojo acabara de ganar el Premio Nobel.
—Propongo matar el gusanillo —dijo Max acercándose a la pareja—. Chicas, elijan la comida.
—Ajá, voy a recoger los menús —dijo Mary y fue hacia la barra.
—Voy a devolver el hielo. La hinchazón ha bajado un poco, pero el verdadero efecto se verá mañana. Habrá que disimularlo con base de maquillaje —dijo Bozhena.
—Ay, no va a quedar de otra, porque mañana nos toca trabajar y presentarse con un ojo morado de campeonato no es el mejor plan —comentó Max.
—En ese caso, Valentín puede pasar por mi casa antes de ir a trabajar y lo maquillo —improvisó Bozhena antes de ir a devolver la toalla.
—Val, haz al menos un poco de cara de sufrimiento. Que estás ahí sentado más feliz que un perro con dos colas. Bozhena va a pensar que estás la mar de bien y no te va a querer disimular el moratón mañana. Estoy haciendo todo lo posible para que se vuelvan a ver, y tú no me ayudas a ayudarte. ¡No seas pavo! —le soltó Máxim en voz baja.
Los cuatro se acomodaron en la mesa y pidieron la comida. Durante el almuerzo estuvieron charlando de comida. Resultó que Max y Mary compartían muchísimos gustos culinarios, mientras que a Bozhena y a Valentín les disgustaban los mismos platos.
La comida estuvo súper animada, deliciosa y divertida. Las chicas contaban anécdotas graciosísimas de los entrenamientos, mientras que Max y Valentín hablaban de sus años de colegio y universidad. Tenían mucho que recordar, aunque no todo se podía contar. Las chicas se parten de la risa agarrándose la triga. Max era un narrador insuperable. Lo único que lo traía un poco mosca era que había un hombre que no paraba de tomarles fotos a los cuatro. ¡A Max no le hacía ninguna gracia que lo descubrieran, y le daba un coraje enorme pensar que ese desconocido iba a tener fotos de su Mary!




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