Amor en vacaciones, o Un chico rico busca trabajo

Capítulo 6.4. El cuervo

Capítulo 6.4. El cuervo

Las parejas disfrutaron de la costa hasta el atardecer. Cuando el sol empezó a esconderse por el horizonte, las chicas comenzaron a recoger sus cosas.
—Nosotros venimos en coche. Las llevo a donde me digan —propuso Valentín, aunque sentía que el ojo le ardía y no se lo podía ni tocar. Estaba dispuesto a aguantar el dolor, porque eso le daba la oportunidad perfecta de seguir viendo a Bozhena.
—¡Fantástico! No me apetecía nada subirme ahora a un autobús caluroso —dijo Mary mentre recogía sus cosas.
Valentín se puso al volante. El jardinero había necesitado la furgoneta para el fin de semana, así que a Valentín no le había quedado otra que llevar su propio coche. No era un coche de importación nuevo, pero estaba en excelente estado. Valentín conducía desde los veintidós años, pero solo se había comprado coche propio hacía tres. Quería ser independiente, aunque siempre sintiera el apoyo de los Veliky.
Junto a Valentín, en el asiento del copiloto, se sentó Bozhena para ir indicando el camino. Mary y Max se acomodaron atrás. Mary contaba anécdotas divertidísimas de sus clases de boxeo. Max ya se estaba planteando muy en serio apuntarse a boxeo también. ¡Lo que hace el amor con los hombres! Max comprendía que Mary no era una simple atracción, ni un coqueteo pasajero, ni un romance de verano. Con ella quería estar juntos siempre, a cada segundo. Era la primera vez que le pasaba algo así. En su vida había habido chicas, pero ninguna le había tocado el corazón de verdad.
—Aquí está mi edificio —dijo Bozhena—. Te espero mañana a las siete y media en la entrada. Te maquillo el moratón rápido. No te asustes por la mañana si te ves con media cara morada.
—Tranquila, no es la primera vez —la calmó Valentín.
—Siento mucho que haya pasado esto —se sentía culpable Bozhena.
—No pasa nada. A ti aún te toca curar a tu hermano, que Max le dejó la nariz hecha una compota —le recordó Valentín.
—¡Se lo tiene bien merecido! —se oyó la voz de Mary desde atrás.
Solo cuando Bozhena desapareció tras el portal de su edificio, Valentín arrancó el coche, soñando ya con el encuentro de la mañana siguiente.
Mary y Max cotorreaban en el asiento trasero. Esta vez el tema de conversación era la reforma. Estaban eligiendo el color para las paredes del aula.
¡Qué injusta era la vida! Mary vivía muy cerca de Bozhena, así que llegaron demasiado rápido. ¡Ay, Valik! ¿Acaso no podías haber dado una vuelta más? ¡Y eso que te dices mi amigo! ¡En fin!
Tras despedirse de Mary, los chicos pusieron rumbo a la casa de los Veliky.
—Val, ¿de qué te ríes? Me da un miedo esa sonrisita tuya —le dijo Max a su amigo.
—Mírate a ti mismo. Te conviertes en un koala en cuanto estás cerca de Mary. Cara de bobo feliz y la mirada perdida.
—¿Mirada perdida yo? A mí no me ha caído un puñetazo en el ojo —puntualizó Max.
—Bueno, no te digo que no, pero es la excusa perfecta para pasar mañana por la mañana a buscar a Bozhena y llevarla al trabajo —reveló sus planes Valentín.
—No me digas que dejaste que te pegaran a propósito —dijo Max.
—A propósito no, pero las cosas salieron a pedir de boca —respondió Valentín con una sonrisa mientras aparcaba junto a la casa de los Veliky.
—¿No pasas? —preguntó Max—. Mi madre estaba preparando una cena especial.
—No quiero asustarlos con este ojo morado. Mejor no dar la nota. Además, el martes nos toca ir a la oficina. ¿No se te ha olvidado?
—¡Ay, contigo y con mi hermano es imposible olvidarlo! ¡Me siento en un pajonal rodeado de pájaros! —se quejó Max.
—¿Y eso por qué? —se extrañó Valentín mirando fijamente a su amigo.
—El enano es un pájaro carpintero que no para de taladrarme la cabeza, y tú eres un cuervo de mal agüero. ¡Nos echaste el mal de ojo con esos armarios! —bromeó Max.
—¡Y tú eres un pavo real! —exclamó Valentín—. Mírate cómo desplegabas las plumas hoy delante de Mary.
—Y Mary es una cisne. Tan delicada, tan frágil, tan elegante... —no quiso discutir Max, perdiéndose en sus pensamientos sobre la chica.
—En ese caso, Bozhena es un ave del paraíso —dijo Valentín.
—¡Oigan! ¡Ornitólogos de pacotilla! ¿Piensan bajarse del coche o qué? —se oyó la voz de Serguéi.
—Bueno, en lo del pájaro carpintero tenías toda la razón —dijo Valentín en voz baja.
—¡Que lo he oído todo! ¡Y no me agüeres la noche, cuervo! —soltó Serguéi.




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