Capítulo 7.1. Nada de chapuzas
—No te lo vas a creer —respondió Max sonriendo—. Soñé con la reforma.
—Todavía ni has empezado y ya sueñas con ella.
—Menos palabras y más hechos —dijo Max poniéndose serio y manos a la obra—. Lo que jamás habría imaginado es que Valik terminaría trabajando con el rodillo —se echó a reír Max al ver que su amigo también empezaba a pintar la pared con el rodillo.
—¡Oye! Max, te estás pasando de la raya —dijo Valentín.
—Está bien, está bien, me callo. Tenemos que terminar antes del almuerzo, porque se aventura una comida deliciosa. Bozhena viene en la pausa, así que trabaja con inspiración y calidad, para que haya algo que mostrar —argumentó Max.
—Decías que Serguéi era un chantajista, pero ya veo de quién aprendió —comentó Valentín.
Max y Valentín pintaron las paredes bastante rápido y con una calidad aceptable. Cuando estaban terminando, Violeta entró en el aula.
—¿Ustedes solos? —se extrañó la mujer.
—¿Solos qué? —preguntó Valentín.
—¿Eligieron el color ustedes solos? —se corrigió Violeta al darse cuenta de que se le había escapado algo fuera de lugar. Estaba sorprendida de que hubieran pintado las paredes, y bastante bien—. Es muy bonito.
—Lo acordamos con Mary —dijo Max con una sonrisa de oreja a oreja—. Ahora le daremos una segunda mano para que el color quede más intenso y profundo. Así no se desteñirá tanto con el sol y tendrá un aspecto más elegante.
—Ajá... —decía Violeta, asombrada con las palabras de Max—. Bueno, no los molesto más —dijo Violeta y fue a revisar el trabajo de los demás obreros. Veía que ellos eran profesionales, pero lo hacían todo rápido y con calidad, solo que sin alma. En cambio, aquí Max estaba interesado en que quedara bonito. Menuda dilema: ¿profesionales o un pijo enamorado?
—Max, ¿qué ha sido todo eso? —preguntó Valentín cuando Violeta se fue.
—Bueno, estuvimos viendo el tutorial, así que me lo aprendí: si quieren lograr un color intenso y profundo, pinten las paredes dos veces —repetía Máxim el texto del vídeo.
—Yo estaba mirando, no escuchando —respondió Valentín—. ¿Me estás queriendo decir que tenemos que volver a pintarlo todo de nuevo?
—Ajá —respondió Max y empezó a preparar la mezcla otra vez—. Ya le agarramos el truco al proceso, ahora irá más rápido. En una hora terminamos, justo para el almuerzo. Y así por fin verás a tu Bozhena.
—Dios mío, ¿en qué habré pecado yo para que me tocara un amigo así? ¡Esclavista! —exageró Valentín rodando los ojos y empezó a pintar la pared por segunda vez.
—Deberías estar agradecido por esta experiencia incalculable. Si te quedas sin trabajo, Violeta te escribirá una recomendación y te van a llover las ofertas para hacer reformas. Hasta van a hacer cola —respondió Max.
Cuando los hombres terminaron de dar la segunda mano de pintura, Mary y Bozhena entraron en el aula.
—¡Hola! ¿Tienen hambre? —preguntó Bozhena.
—¡Y tanto! —empezó a sonreír Valentín, para quien todo el mundo alrededor pareció desaparecer.
—Inspecciona el trabajo —se dirigió Max a Mary.
—Ha quedado un color precioso. Lo pintaron con muchísima precisión —dijo Mary mirando a su alrededor.
—Propongo picar algo —sugirió Bozhena.
—Es una idea fantástica, pero aquí no, porque con este olor a comida se nos va a juntar medio liceo. ¿Hacemos un pícnic al aire libre? Tenemos mucho terreno por aquí, podemos sentarnos en la hierba bajo un árbol. Voy a conseguir una manta —dijo Mary y salió del aula.
—Vayan a lavarse las manos —ordenó Bozhena.
El pícnic salió de maravilla y muy ameno. Valentín no paraba de elogiar los platos que había preparado Bozhena. ¡Ella sola! Era su forma de disculparse por su hermano y su amigo Yura, el que le había dejado el ojo morado a Valentín. Valentín estuvo a punto de soltar que estaba dispuesto a recibir un puñetazo en el ojo todos los días con tal de pasar el tiempo de una forma tan deliciosa y romántica con Bozhena.
Después del pícnic, acordaron que mientras Bozhena ayudaba a Violeta y a Mary a ponerse al día con la documentación médica, los chicos pintarían el aseo y el pasillo.
Las chicas se fueron a sus asuntos y Max y Valentín volvieron a su rutina de reforma.
—¿Qué? ¿Piedra, papel o tijera? —propuso Max.
—El que pierda, se queda con la reforma del aseo —dijo Max muy seguro de sí mismo, porque siempre tenía suerte.
—De acuerdo —respondió Valentín resignado.
Max y Valentín jugaron a "Piedra, papel o tijera" y ganó Valentín.
—No me fastidies —murmuró Max contrariado.
—Todo es justo. Tú pusiste las reglas. Afortunado en el juego, desafortunado en el amor... o al revés —comentó Valentín.
A Max no le quedó más remedio que aceptar. El pasillo era el doble de grande que el aseo, pero tenía falso techo y linóleo. En el aseo había que pintar el techo, las paredes, los cabinas y el suelo. Un espacio pequeño, pero con mucho más trabajo.
Cada uno comenzó en su territorio. Max pintó rapidísimo las cuatro paredes del aseo, mientras que Valentín no había terminado ni una sola pared del pasillo.
De repente, Violeta apareció a inspeccionar. Ya se iba a casa, pero decidió pasar a ver la curiosidad. No todos los días se ve a un pijo pintando un aseo. ¡Se lo cuentas a alguien y no se lo cree!
—Les está quedando muy bien —dijo Violeta a espaldas de Valentín, haciéndolo dar un brinco del susto. Vaya habilidad para acercarse sin hacer ruido; así a cualquiera le da un infarto.
—Hoy queremos terminar por aquí para poder avanzar más —explicó Valentín.
—Estupendo. Máxim, ¿y por qué empezó por las paredes? ¿Y el techo? —preguntó Violeta.
En ese instante, Max sintió ganas de darse un golpe en la cabeza, pero reaccionó rápido.
—Las paredes estaban sucias. Les di la primera mano. Mientras se secan, voy a blanquear el techo y luego le doy la segunda mano a las paredes.
Max estaba furioso con Violeta y consigo mismo. Con Violeta por haberle dicho que había que pintar "paredes, techo, cabinas y suelo". ¿Acaso no podía haber dicho las cosas en el orden correcto desde el principio? Y consigo mismo por no haber caído en la cuenta de por dónde había que empezar. ¡En fin!
—¡Ahí se nota cuando hay un profesional! No como esos chapuzas que solo vienen a sacarte los cuartos —dijo Violeta llena de entusiasmo. Notó el shock de Max, aunque solo duró unos segundos—. ¡Este aseo nunca había visto semejante reforma ni a semejantes pintores! Bueno, me voy, los veo mañana.
—Mañana Valentín y yo no vamos a estar, pero los otros obreros seguirán trabajando. Tenemos que hacer unos recados —dijo Max, justificando su ausencia de mañana.
—Tenemos que ir a comprar más materiales —añadió Valentín.
—De acuerdo. Nos vemos el miércoles entonces. Hasta luego —se despidió Violeta y se fue.
—Val, ¡qué pedazo de burro soy! Tengo que volver a pintarlo todo por segunda vez si cae alguna gota del techo a las paredes —se lamentó Max.
—Aplica el blanqueador con cuidado y todo saldrá bien —le aconsejó Valentín.
—Lo intentaré.
Cuando Valentín estaba terminando de pintar el pasillo, Mary y Bozhena regresaron. Ya se iban. Valentín se ofreció a llevar a las chicas a casa. ¡Menudo traidor! En fin, ten amigos para que luego huyan de la reforma por una cara bonita...
—Entonces continúa mañana. Por hoy ya descansa —le sugirió Mary.
—No, mañana no vamos a estar. Quiero dejarlo listo hoy para que esté bien seco para el miércoles —respondió Max. Estaba acostumbrado a cumplir su palabra. Si se lo había prometido a Violeta hoy, tenía que hacerlo.
—Nos vemos el miércoles entonces. ¡Chao! —dijo Mary.
Valentín se cambió a toda prisa y se fue con las chicas. De repente, el teléfono de Max empezó a sonar. En la pantalla aparecía la foto de Serguéi.
—¡Hola! —saludó Max.
—¡Hola! ¿Qué haces? —preguntó animado Serguéi.
—No te lo vas a creer —dijo Max mirando a su alrededor—. Pinté el techo y las paredes del aseo. Ahora solo me quedan los cabinas y el suelo.
—¿Y ese entusiasmo? —preguntó Serguéi—. Si solo son los cabinas y el suelo. Entre Valentín y tú lo hacen en un abrir y cerrar de ojos a cuatro manos.
—Valentín se tuvo que ir a hacer unos recados —Max prefirió no dar detalles de a dónde se había ido su amigo.
—Mmm... Entendido. No te distraigo más —dijo Serguéi y colgó.
Max se frotó la cara, como si con eso la imagen del aseo fuera a desaparecer, y sacó la pintura blanca para las cabinas. Ahora lo tenía clarísimo: primero las cabinas y al final el suelo.
Cuando Max empezó a pintar, oyó una voz.
—¡Alto ahí! ¡No pintes eso! —exclamó Serguéi—. ¡Ahí hay una inscripción superimportante!
—¿Cuál? —se extrañó Max, aunque le sorprendió aún más la aparición de Serguéi—. Si solo dice: «¡Lev es un pringado!».
—¡Pues por eso mismo! Es un mensaje crucial para la posteridad y ni se te ocurra taparlo —dijo Serguéi.
—Pero si aquí hay espacio de sobra, hasta podemos escribirlo en la pared si es un mensaje tan importante —bromeó Max. Le alegraba mucho que su hermano menor hubiera venido a echarle un cable.
—No hace falta. Soy modesto. Dame la brocha acá, que vas a dejar a las futuras generaciones sin información valiosa —dijo Serguéi y se puso manos a la obra.