Capítulo 7.2. ¡Cosas veredes!
—¿Mamá sabe dónde estás? —preguntó Máxim.
—Le dije que íbamos otra vez juntos de compras —respondió Serguéi.
—¿Y cómo llegaste hasta aquí? ¿En autobús? —se extrañó Max.
—No. Mamá me trajo. Le dije que nos veríamos en una tienda aquí cerca —respondió Serguéi—. ¿Te acuerdas de que mañana tienes que ir a trabajar a la oficina?
—Ya me comiste el coco con eso. Me acuerdo —respondió Max.
—Ya me imagino la cara de papá mañana cuando te vea en la oficina —se rió Serguéi mientras seguía pintando—. Si alguien me hubiera dicho que estaría pintando los cabinas de un aseo, le habría dado un puñetazo en la cara, pero ahora veo que me apunté a esto voluntariamente.
—Gracias, hermano —dijo sinceramente Max.
Entre los dos lo pintaron todo bastante rápido. Quedó bastante decente. Max estaba seguro de que Violeta y Mary lo sabrían apreciar.
Los hermanos entraron en la primera tienda de ropa que encontraron cerca y compraron unas camisetas para reforzar su coartada. Al llegar a casa, Max vio un balón de fútbol tirado en el césped.
—¡Anotado! ¡Atrapa el pase! —gritó Max y le dio un puntapié al balón.
Serguéi reaccionó rápido y de inmediato empezó a regatear. Max tiró la bolsa con las compras al césped y se metió de lleno en el juego.
Al porche de la casa salieron Margarita Mijáilovna y Román Vasílievich.
—Llama a los chicos a la mesa —se dirigió a su esposa Román Vasílievich—. Se va a enfriar todo.
—No hace falta. Déjalos jugar —lo detuvo su esposa—. No muy a menudo hacen cosas juntos. Hoy Serguéi me pidió que lo llevara de compras. Pensaba que elegiríamos la ropa juntos, pero me dijo que la compraría con su hermano. Tenemos unos chicos estupendos.
—A veces me da la impresión de que Serguéi es el hijo mayor y Máxim el menor —comentó Román Vasílievich.
—Sí, Serguéi es serio y a veces expresa pensamientos impropios de su edad, pero te equivocas si piensas que Máxim no es serio. Detrás de su ligereza y su aparente superficialidad, se esconde una gran profundidad —respondió Margarita Mijáilovna.
Los padres observaban en silencio a sus hijos, hasta que Máxim los vio y dejó pasar un gol que Serguéi, por fin, marcó en la portería imaginaria.
—¡Toma yaaaa! —gritó Serguéi—. ¡Te dije que te ganaría!
—Es que me distraje mirando a los papás —respondió Max.
—Eso son minucias, pero el caso es que gané yo y eso es un hecho —dijo victorioso Serguéi.
—Está bien. Que así sea —asintió Max—. Hola, papás. ¿Llevan mucho tiempo mirándonos? —preguntó Máxim acercándose al porche.
—Unos quince minutos —confesó Margarita Mijáilovna—. Jugaban tan bonito.
—Tengo un hambre feroz —dijo Serguéi—. ¿Qué hay hoy para cenar?
—Tu plato favorito —respondió su madre.
—Mmmm... ¡Estupendo! Voy rápido a dejar las compras, me cambio y bajo a la mesa —dijo Serguéi.
—¿Y este olor? ¿Por qué apestan tanto a pintura? —preguntó el padre, dejando a Serguéi un poco descolocado.
—Es el vecino que está pintando la valla. Huele en toda la calle —improvisó rápido Max—. Nos damos una ducha y bajamos.
Los hermanos entraron en la casa y empezaron a subir las escaleras.
—Tenemos que inventar algo. No quiero mentirle a los padres —dijo Serguéi.
—Sí, hay que pensar algo —asintió Max y entró en su habitación.
—¿Hay algo de lo que no me esté enterando? —le preguntó a su esposa Román cuando los hijos se fueron a sus habitaciones.
—¿A qué te refieres? —no entendió Margarita Mijáilovna.
—Me acuerdo de cómo se peleaban entre ellos, que había que mandarlos a puntas opuestas de la casa, y miren ahora qué unión. Y hasta mienten juntos de forma tan convincente —dijo Román Vasílievich.
—¿De dónde sacas que están mintiendo?
—El coche se caló no sé por qué y, mientras el chófer lo revisaba, me di un paseo por la calle. Nadie estaba pintando nada, pero ellos apestan a pintura a un kilómetro a la redonda. Aquí hay gato encerrado —adivinó el hombre.
—Ay, no seas tan picajoso —dijo la esposa—. Dondequiera que se hayan impregnado de esa pintura, el resultado merece la pena.
—Estoy de acuerdo. Tampoco es que hayan estado pintando ellos mismos —dijo sonriendo Román Vasílievich.
—Creo que nuestros hijos aún nos van a dar alguna sorpresa —añadió la mujer, y no le faltaba razón, porque su marido se quedó de piedra en medio de la oficina cuando vio a Máxim, quien, vestido con un traje elegante, caminaba con paso firme por la oficina a la que antes no se le podía atraer ni con amenazas ni con dinero.
¡Cosas veredes!