Capítulo 7.3. Sensación
Sonriente, Max se paseaba por la oficina. Los empleados conocían su cara perfectamente, pues era el hijo del jefe. Veían su vida brillante y despreocupada en las redes sociales y nadie esperaba encontrárselo por los pasillos. Parecía que la oficina se hubiera congelado por un instante. Las mujeres vieron en Max a un macho carismático al que les encantaría domar y ya se estaban subiendo las faldas, marcando escote, cambiándose a los tacones y pintándose los labios. Los hombres miraban al hijo del jefe con cierta sorna. Casi todos los que habían oído hablar de Max lo consideraban un pijo superficial y egocéntrico. Para ellos era el típico chico que había nacido con un pan bajo el brazo y un representante de la "juventud dorada" de la que hablaba todo el mundo.
Acompañando a Max iba Valentín, que se había pasado toda la tarde anterior hablándole del "plancton de oficina", porque al pobre le remordía la conciencia por haber dejado al falso obrero haciendo las reformas totalmente solo. Valentín le había descrito a los empleados con bastante detalle y colorido, y le había enviado a Max un breve resumen sobre los proyectos en los que trabajaba la empresa. Valentín técnicamente seguía de vacaciones (las cuales estaba pasando con su amigo haciendo reformas en el liceo).
Max veía el impacto que causaba en los demás ¡y le gustaba un demonio! Solo por ver esas caras desencajadas y de asombro valía la pena venir a trabajar de vez en cuando. Max se giró para guiñarle un ojo a Valentín y no vio que en su camino se había cruzado un hombre con una pila de documentos y un café en vaso de cartón. El empleado, de gafas grandes, todavía no se había despertado del todo y no miraba por dónde caminaba. La colisión fue inevitable. La montaña de papeles salió volando por los aires y el café barato de la máquina expendedora se derramó sobre el carísimo traje beis de marca de Max.
Una escena épica...
Si antes todos se habían quedado paralizados por la sorpresa, ahora estaban hechos de piedra, con los ojos clavados en los dos hombres en medio de la oficina, esperando la reacción de Max.
El de las gafas era un becario al que traían mareado de departamento en departamento poniéndole los recados más insignificantes. Y esta vez llevaba unos documentos para revisar, pero ahora estaban desparramados por todo el suelo.
—Disculpe, por favor —fue Max el primero en pedir perdón—. No lo vi.
—¡Ay, la culpa es mía! —dijo el de las gafas, mirando el café derramado en el traje carísimo. El hombre se despertó al instante y ya estaba calculando cuántos meses tendría que trabajar para pagar esa chaqueta arruinada. Las piernas apenas lo sostenían y estaba a punto de perder el conocimiento.
Max empezó a recoger los documentos del suelo y Valentín se puso a ayudar a su amigo.
El de las gafas reaccionó al ver a los dos hombres recogiendo los papeles que él ni siquiera había logrado llevar a su destino.
—No, por favor, yo solo... yo lo recojo todo. Déjenlo —pidió el becario, poniéndose a recoger los folios a toda prisa.
Max y Valentín juntaron rápidamente los documentos y se levantaron. El de las gafas vio la enorme mancha de café que se expandía por la chaqueta. ¡Una chaqueta carísima! El hombre no entendía de modas ni de marcas, pero sabía de sobra que allí le tocaría trabajar duro y parejo para pagarla.
—Lo siento muchísimo, le devolveré el dinero de la chaqueta —dijo flojito el de las gafas, bordeando el desmayo.
—¿Cómo te llamas? —le preguntó Max, tuteándolo directamente porque el hombre parecía bastante más joven que él.
—Soy Grinch. Grin... esto, Gregorio —dijo el de las gafas con inseguridad—. Gregorio Grinchenko.
—¿Llevas poco tiempo aquí? —preguntó Valentín, que no conocía a este empleado porque había empezado a trabajar cuando él ya estaba de vacaciones.
—Sí. Trabajo en el departamento de publicidad, pero por alguna razón mis propuestas no gustaron y me mandaron a correr por la oficina llevando papeles de mesa en mesa. Me siento bastante inútil —dijo el hombre con gran tristeza—. Pero aquí prometían un buen sueldo si pasaba las prácticas. Necesito este trabajo.
—Muy bien, Gregorio. Ve a entregar esos papeles y pásate por mi despacho dentro de media hora —le pidió Max.
—¿A... a su despacho? —Grinch se puso verde. Entendía que tenía delante a alguien adinerado, pero no imaginaba que fuera un directivo. Y encima lo había llamado por su nombre de pila, cuando ya estaba acostumbrado a que todos le gritaran "¡Grinch!".
—Sí, a mi despacho —dijo Max, quitándose la chaqueta estropeada—. Y puedes tutearme. Quiero escuchar tus propuestas.
Max y Valentín continuaron su camino por el pasillo, dejando a todos estupefactos. Max no dijo a qué despacho iban exactamente porque no se acordaba muy bien de dónde quedaba. Su navegador particular por la oficina era Valentín.
Máxim había invitado a Grinch a su despacho porque en sus ojos había visto tal nivel de desesperación y tristeza que le dieron ganas de echarle una mano en lo que fuera.
—¿Máxim Románovich? —se sorprendió la secretaria, que se había estudiado el perfil de Max en redes sociales un sinfín de veces y soñaba con verlo en el trabajo—. ¡Buenos días! ¿Le preparo un café?
—Sí, por favor, prepare tres cafés americanos y tráigalos a mi despacho dentro de media hora —dijo Max en tono profesional—. Disculpe, no suelo dejarme ver mucho por aquí, pero pienso solucionar esta falta. ¿Cómo puedo dirigirme a usted?
—Marina —respondió la secretaria con voz melosa, bajando la mirada.
—¿Y su patronímico? —preguntó Max.
—Nikoláyevna —añadió la secretaria, un poco contrariada.
—Marina Nikoláyevna, tráigame el informe de los últimos tres meses sobre el rendimiento de nuestro departamento y los planes de futuro —pidió Max muy serio y formal.
—Hoy a las diez hay una reunión sobre la publicidad del próximo trimestre. ¿Va a asistir? —preguntó Marina, aunque sin albergar muchas esperanzas.
—Por supuesto que iré. Por favor, infórmele a Román Vasílievich de que nosotros también estaremos presentes en la reunión —dijo Max, haciéndole una seña a su amigo.
—De acuerdo, le aviso de inmediato —dijo Marina parpadeando sorprendida.
—Espero el informe ahora y el café dentro de media hora. Vamos a tener una visita: Gregorio Grinchenko. Mientras esté con nosotros, no deje pasar a nadie, tendremos una reunión importante —dijo Max, para luego desaparecer tras la puerta de su despacho junto a Valentín, causando una auténtica sensación en la oficina.