Amor en vacaciones, o Un chico rico busca trabajo

Capítulo 7.4. ¡Saldremos de esta!

Capítulo 7.4. ¡Saldremos de esta!

Apenas se cerró la puerta tras los hombres, Valentín empezó a aplaudir.
—Te lo he dicho mil veces: el teatro perdió a un gran actor contigo. Entrar con tanta determinación a un despacho ajeno como si fuera el tuyo... eso no lo ha hecho nadie jamás —se reía Valentín—. Ni siquiera la placa con el nombre te frenó.
—¿Acaso tenía tiempo de ponerme a mirar la placa? Iba a paso ligero para esconderme en cualquier parte de esas miradas curiosas —dijo Max—. Por cierto, ¿dónde está mi despacho?
—Al lado.
—Pues vamos. A ver qué pasa por allí sin mí —dijo Max, a lo que Valentín rodó los ojos, porque mientras Max disfrutaba de la vida, era Valentín quien trabajaba en su despacho. En la puerta había dos apellidos: el de Max y el de Valentín.
—Marina Nikoláyevna, ¿y por qué no me dijo que... —Max miró la puerta con la placa— que Kiril Románovich no estaba en su puesto?
—Yo... yo... —se quedó de piedra la secretaria.
—En fin, estaré en mi despacho. Traiga el café allí —terminó de rematarla Max.
Con paso firme, Max se dirigió a su despacho contiguo, mientras Valentín apenas podía contener la risa.
Solo cuando entraron a su propio despacho y Valentín cerró la puerta, este rompió a reír a carcajadas.
—Máximus, eres un jefe temible —dijo Valentín entre risas.
Mientras tanto, Máxim recorría el despacho con la mirada. Había dos escritorios. Uno era para Max y el otro pertenecía a Valentín. Sobre el papel, Máxim Veliky era el director del departamento de publicidad de la empresa de su padre, pero en la práctica era Valentín quien llevaba todo el peso. Él firmaba los acuerdos con las agencias, y Max solo estaba presente en las fotos. Máxim se fijó en varias fotografías donde salía él con Valentín. Para Valentín, Máxim era la persona más cercana. Había fotos del colegio, de los entrenamientos, de la universidad. Valentín era un amigo de verdad.
—Gracias —dijo Max.
—¿Por qué? —se extrañó Valentín ante el cambio de tono de su amigo.
—Por existir, por aguantarme y por apoyar todas mis ideas, por muy descabelladas que sean —dijo Máxim con total seriedad.
—Yo soy el que te da las gracias... —no alcanzó a terminar Valentín cuando, tras un breve toque a la puerta, el mismísimo Román Vasílievich apareció en el umbral.
—¡Buenos días! —saludó el hombre, estrechándole la mano a su hijo y a Valentín—. Valentín, ¿cómo lo conseguiste?
—¿Conseguir qué? —preguntó Valentín, sabiendo perfectamente a qué se refería, pero había que seguir con el teatro.
—Convencer a Máxim de venir a la oficina. Me quedé helado cuando los vi a los dos esta mañana, y después de que la secretaria me dijera que querían asistir a la reunión y que habías pedido el informe, casi se me cae la mandíbula. Pudiste habérmelo avisado. Mi salud ya no está para estos sustos —dijo el hombre dándole una palmadita en el hombro a su hijo. La salud de Román Vasílievich, efectivamente, estaba empeorando a pasos agigantados. No quería contárselo a la familia, pero su esposa se había enterado de que tenía problemas de corazón. Margarita Mijáilovna lo obligó a hacerse un chequeo completo y vigilaba atentamente que se tomara las pastillas a tiempo.
—Papá, si nos lo permites, nos gustaría estar presentes en la reunión. Valentín y yo tenemos algunas ideas —soltó Max, mientras Valentín por detrás hacía gestos desesperados con las manos indicando que no había ninguna idea...
—Por supuesto. Me va a encantar escuchar lo que se les ha ocurrido —dijo con orgullo Román Vasílievich—. Bueno, no los distraigo más. Voy a dar una vuelta por la oficina para que todo el mundo vuelva al trabajo, porque ahora mismo solo hay un tema de conversación: Máxim Veliky en la oficina.
—De acuerdo. Gracias —respondió Máxim.
—¿Qué ideas? —preguntó de inmediato Valentín cuando la puerta se cerró tras Román Vasílievich—. ¡Si no tienes ni la menor idea de lo que está pasando aquí ni de cómo va la publicidad! —se indignó Valentín.

—¡Que no cunda el pánico! Acuérdate de la universidad —dijo Max con calma—. La improvisación, las emociones y la primera idea que se te venga a la cabeza son siempre las mejores. ¿Acaso nos preparábamos siempre para las clases? ¿Y sacamos algún suspenso alguna vez?
—Ay, tú podías convencer a cualquiera con tu Labia —respondió Valentín sonriendo al recordar sus años de estudiantes.
—¡Saldremos de esta! Pero más nos vale revisar qué ha estado haciendo la empresa sin mí por aquí —dijo Max mientras se acomodaba en su sillón tras el escritorio.




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